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CRÍTICA: RECITAL DE ANGELA MEADE EN EL FESTIVAL DE PERALADA. Por Alejandro Martínez

28 de julio de 2013
Foto: Toti Ferrer
LA GRAN PROMESA AMERICANA

Angela Meade (soprano). Danielle Orlando (piano). Festival Castell de Peralada, 19/07/13

      El Festival Castell de Peralada se ha consolidado ya como una de las citas de referencia en el panorama musical veraniego español. Ofrece una oferta musical variada y de primer nivel en la que no faltan las citas con contenido operístico, como este recital de Angela Meade que nos ocupa, y al que seguirán no pocos conciertos de interés: el estreno en España de Das Liebesverbot de Wagner (en una versión de orquestación reducida), un recital del tenor P. Beczala, un recital dedicado a Britten por el tenor D. Alegret, una representación de Norma con Radvanovsky en el rol titular y el primer acto de Die Walküre con Westbroek, dentro de un concierto con Gergiev a las órdenes de la Orquesta del Mariisnky. Dentro de esta atractiva propuesta, la presencia de Meade destacaba especialmente, ya que no está previsto su regreso por Europa con demasiada frecuencia en los próximos dos años.
      La joven Angela Meade, nacida en 1977, regresaba por segundo año consecutivo a Peralada. El pasado verano fue la gran revelación de esa edición, deslumbrando como Leonora en un Trovatore en versión concierto. Meade ha llevado una trayectoria imparable este año, con notables éxitos y debutando además en el Met, donde ha interpretado Leonora (Trovatore), Elvira (Ernani) y el rol titular de Anna Bolena, y donde además está previsto su regreso como Norma.

 

      La voz ofrece un caudal contundente y bien timbrado. Un instrumento esmaltado y brillante, con gran presencia, sobrada extensión y con un sonido percutiente en la franja aguda. Como intérprete, plantea un concepto siempre melódico y belcantista de los que se trae entre manos, ya sea el belcanto puramente dicho de Bellini, Rossini y compañía o un repertorio más distante, como los lieder de Liszt o Strauss. Pero si por algo nos fascinó Meade, además de por sus privilegiados y apabullantes medios, fue por la intencionalidad a la hora de buscar, como las grandes, una teatralidad genuina compuesta de técnica y ortodoxia vocal. Asimismo, se mostró resulta en repertorios, lenguas y estilos variados, dando la impresión de ser una intérprete valiente, decidida y con un alto concepto del ejercicio del canto, lo que no siempre puede decirse de todos los intérpretes que se dedican a este trabajo. Además, cabe elogiar la apuesta por un recital hecho de música y no meramente de highlights populares. La inclusión de los fragmentos de Beatrice di Tenda, Il Corsaro y Semiramide nos hablan de una intérprete bien consciente del repertorio que se trae entre manos, así como del instrumento que mereja.
      El recital dio comienzo precisamente con una muestra irrebatible de valentía y seguridad. Sin recurrir al lied como un ejercicio de calentamiento, como hacen tantos de forma cuestionable, como si fuese un género de segunda, Meade abrió su recital con el 'Casta diva' de Norma, generando un silencio sepulcral en la sala nada más abrir la boca. Sonó afinadísima, melódica, teatral, segura; al modo de las grandes, apabullante. Sentó ya ahí, de partida, las bases para un recital de altura.

 

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       Esta primera parte, tras las canciones de Strauss y Liszt que siguieron al fragmento de Norma, se cerró con la escena "Ah! se un' urna è me concessa... Ah! la morte cui m'apresso", de Beatrice di Tenda de Bellini. Una pieza que volvió a demostrar el domino de Meade sobre el canto spianato, con una regulación ejemplar del fiato y con una capacidad sobresaliente para el diminuendo, así como una escalofriante capacidad para la emisión en piano. Y sobre todo, una lograda teatralidad a partir de la variedad en la emisión; expresividad a partir de la técnica. Idéntica sensación a la que dejó con su recreación de "Non so le tetre immagini" de Il Corsaro de Verdi, abriendo la segunda parte. Bravísima interpretación también, de nuevo con la dosis exacta de dramatismo y vocación belcantista, con un fraseo tan temperamental como lírico.
      Angela Meade no es una intérprete singularmente versada en la recreación de lieder, pero mostró un esfuerzo y una intencionalidad dignas de elogio con este repertorio, amén de una resuelta dicción en alemán. Las piezas de Strauss escogidas, grandiosas partituras (Ständchen, Zueignung, Allerseelen, Befreit, Cäcilie), requieren seguramente una dosis mayor de efusividad y naturalidad, y Meade se mostró aquí algo más impostada, como si todavía tuviera que recorrer un cierto camino hasta apropiarse de estas partituras con más soltura en el fraseo y en el acento. En todo caso, loable trabajo en una de sus primeras incursiones por estos derroteros. Lo mismo cabe decir de las canciones de Bellini (Vaga luna, Ma rendi pur contento) y Verdi (È la vita un mar d'affanni, L'abandonnée), en las que pesó un tanto la ausencia de una demanda teatral evidente, que tan bien asumió Meade en los fragmentos propiamente operísticos del recital. La soprano ofreció aquí una línea de canto nítida, melódica, pero de nuevo algo ayuna de esa espontánea naturalidad que embauca en aquellos intérpretes más logrados e idiomáticos del cancionero italiano. Nos convenció mucho más, precisamente por implicar una teatralidad más evidente, con las piezas de Liszt incluidas en la primera parte, tras los lieder de Strauss: "Enfant si j'étais roi", "Oh! quand je dors", "Comment", "disaient-ils". Con una impecable dicción francesa, con una emisión vaporosa y con una teatralidad hecha de pequeños acentos aquí y allá consiguió componer una estupenda recreación de unas partituras tan infrecuentes como magníficas.
      Meade culminó el recital por todo lo alto, con una recreación apabullante del "Bel raggio lusinghier" de la Semiramide de Rossini. Belcantismo por arrobas, con una coloratura nítida y brillante y con una emisión siempre ágil, recordando a las grandes rossinianas de antaño. El recital se cerró con tres propinas, bien variadas, como el propio programa de la velada. En primer lugar el aria "Ebben? Ne andrò lontana" de La Wally de Catalani, desgranado con un legato ejemplar, con una dosificación impecable de la respiración que imprimió un aliento desgarrador a su fraseo. Le siguió "Summertime", del Porgy & Bess de Gershwin, cantado con una naturalidad insultante y llena de sentimiento, tan sensual como melancólico. Y el colofón final fue 'Pace, pace, mio Dio' de La forza del destino de Verdi. Fue impresionante, tremendamente teatral, escuchar esta plegaria de Leonora en un marco tan apropiado como la iglesia de Peralada, con Meade ante el altar. Bárbara conjunción entre escenario y partitura, amén de una recreación deslumbrante por parte de Meade, con una regulación insultante del sonido ya desde el primer 'Pace', dominado a placer. Y por supuesto, tensión teatral, auténtico melodrama italiano. En el debe, un extremo agudo alcanzado en ocasiones con una emisión física en exceso, algo tensa pues, y redundante en un sonido más abierto y destimbrado de lo deseable, seguramente debido a la fatiga de la velada antes que a una cuestión de naturaleza técnica. Toda una sorpresa, en todo caso, la incursión de este fragmento entre las piezas del recital, dando una última muestra de su citada versatilidad y ejemplificando la extensión potencial de su repertorio.
      El acompañamiento al piano de Danielle Orlando estuvo a la altura de las circunstancias, con sobrada eficiencia en estilos netamente distintos y buscando siempre un sonido brillante, teatral y de fraseo lírico y comunicativo. Sin alardes, pero perfectamente compenetrada con la soprano, con su respiración y con su fraseo. No podemos cerrar esta crítica si destacar la esmerada organización del Festival, con un nutrido equipo de profesionales que completan con su labor la atractiva oferta musical de un Festival que cada vez justifica más su alcance internacional, trayendo a figuras como Angela Meade, que no frecuentan en demasía nuestro país, siquiera Europa.
 
Foto: Toti Ferrer 

 

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