Pablo Sánchez Quinteiro y Miguel Pazos Otón entrevistan a la violinista española Raquel Areal, portada de Codalario durante el mes de septiembre de 2026
Raquel Areal Martínez, violinista: «Llega un punto en la vida en el que hay que escucharse a uno mismo»
Una entrevista de Pablo Sánchez Quinteiro y Miguel Pazos Otón
No es frecuente que una trayectoria tan joven alcance, en tan poco tiempo, uno de los destinos más exigentes y simbólicos del panorama orquestal internacional. Desde hace un año, Raquel Areal se encuentra en periodo de prueba -trial- con la Orquesta Filarmónica de Berlín, un logro que la sitúa no solo entre las intérpretes españolas con mayor proyección de su generación, sino también dentro de un selectísimo grupo de músicos que han superado uno de los procesos de selección más duros y transparentes del mundo musical.
Natural de Tui, Raquel Areal encarna una combinación poco habitual de talento, rigor y determinación. Su incorporación a la Filarmónica de Berlín es la culminación lógica de un recorrido sólido, forjado en una formación de altísimo nivel y en una comprensión profunda del oficio orquestal. En un contexto donde el acceso a las grandes orquestas europeas es cada vez más competitivo, su presencia en Berlín invita a reflexionar sobre los caminos reales de la excelencia musical, el papel de la formación internacional y el lugar que hoy ocupan los músicos españoles en la élite interpretativa.
Esta entrevista propone, adentrarse en ese recorrido: los orígenes, las decisiones clave, la experiencia desde dentro de una orquesta mítica y la mirada crítica de una intérprete que, pese a haber alcanzado una meta soñada por muchos, sigue concibiendo la música como un proceso en permanente construcción.
En primer lugar, queremos felicitarle por su titularidad con la Filarmónica de Berlín. No es frecuente que una trayectoria tan joven alcance, en tan poco tiempo, uno de los destinos más exigentes y simbólicos del panorama orquestal internacional. Proceder de Tui, tan lejos de los grandes centros musicales, ¿Fue un condicionante que hubo que superar o un elemento que acabó fortaleciéndote?
Creo recordar que empecé a escuchar música clásica gracias a mis abuelos, pues ellos siempre la escuchaban, pero no vengo de una familia de músicos. El interés por la música surgió a partir de mi hermana mayor, Sara, que en la actualidad es violinista en la Sinfónica de Galicia. Ella en seguida, con sólo tres años, dijo: “Quiero tocar el violín”. Mis padres al principio no le hacían mucho caso porque les sorprendía que una niña tan pequeña quisiera ya tocar el violín. Pero a los seis seguía diciendo lo mismo con lo que mis padres, a pesar de no ser músicos, empezaron a llevarnos a conciertos y a interesarse por la música, lo cual fue un paso muy importante, pues es algo que no suele pasar en familias que no son músicos. Y digamos que todo nació ahí. Incluso recuerdo como tocando el otro día en Santiago de Compostela me dije a mi misma: “Vine aquí de pequeña a escuchar a Janine Jansen, que ahora es mi violinista favorita, ¡Y me quedé dormida nada más empezó a tocar!”
Es normal. Era muy pequeña.
Sí, es una anécdota. De hecho, se lo dije a ella no hace mucho. Que lo sentía. Incluso en el concierto mi padre me había dicho: “Sácate una foto con ella, que ya verás que el día de mañana lo vas a agradecer, y mira, ahora la tengo ahí ¡En el estuche del violín!”. Y así empezó todo. Y como mi hermana siempre ha sido mi referente, aunque ella empezó primero, siguiéndola a ella yo sí que empecé a los tres años. Al principio fue muy duro. Ya sabemos que el violín es un instrumento que suena muy mal, durante mucho tiempo. Se olvida, pero ahora, dando alguna clase, se da una cuenta de lo difícil que es llegar a tener un sonido limpio.
Mis padres empezaron a ver que Sara quería avanzar un punto más. Ella siempre daba los primeros pasos y yo la seguía pues para mí siempre ha sido el referente y siempre lo será. Como somos de Tui empezamos a echar un ojo a unas escuelas públicas que tienen en Portugal, con un sistema integrado para músicos, que es muy interesante y que funciona muy bien. Escuelas públicas, gratuitas y con enseñanza musical conjunta con las asignaturas del instituto. Ella probó primero y al año siguiente ya fui yo también.
«En Portugal me ayudaron mucho»
¿En qué ciudad era?
Estábamos en Santo Tirso. Cerca de Oporto. Pero posteriormente yo me fui a Espinho, más al sur de Oporto, donde también tenían otra escuela.
¿Fue una apuesta muy importante de sus padres?
Sí, porque además yo quise dejarlo varias veces. No me gustaba nada estudiar, ni el instrumento ni estudiar en general. Lo quise dejar, sobre todo antes de irme a Portugal. Pero recuerdo que decidí irme también a Portugal porque tuve una buena clase con el profesor de mi hermana. Me dije: “Jolín, venga, va, me gusta. Me empieza a gustar”.
Fue fundamental que mis padres tomasen la decisión de llevarnos tan jóvenes. Y eso que ellos no tenían mucha idea de música. Para ellos también fue un poco saltar al vacío, ¿no? Y además es que venimos de una familia muy humilde. Mi padre trabajaba en la Citroën de Vigo y mi madre trabajaba en casa. Fue un paso muy importante.
Para mí la clave, clave… (repite la palabra varias veces) para dedicarme a la música fue mi primer encuentro aquí con la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. Tocábamos la Décima de Shostakovich con James Ross. Un buen maestro. Y en ese momento me dije ¡Esto es lo mío! Nunca había tenido esa sensación de trabajar en equipo, ¿no? Y además, es tan grande en Shostakovich. Ahí me enamoré. ¡Me gustó tanto tocar en equipo!
¿Y en ese momento estaba todavía en el instituto, en Portugal, completando tus estudios?
En ese momento era mi primer año en Portugal, que digamos que es el primero de la ESO en España. O sea, me fui de casa con 12 años. Realmente me fui muy pronto a Portugal. Estábamos juntas las dos hermanas, pero estábamos allí, lejos de casa. Mis padres, los pobres decían: “Tan pequeñas y fuera de casa”. Y mucha gente alrededor, desde la ignorancia cuestionaban esta decisión. Pero realmente desde Tui es sólo una hora y media de coche. Pero no podíamos ir y venir de forma diaria.
«La clave para dedicarme a la música fue mi primer encuentro aquí con la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia»
¿Vivían allí solas?
Sí; con una señora que era como nuestra abuela. Había algún colega más que venía del sur de Portugal, incluso más lejos que nosotras.
Fue una apuesta muy fuerte. ¿Mereció la pena?
Sí. Sin duda nos ayudó mucho. Estuvimos tres años en un centro y luego yo me cambié porque mi hermana volvió a España. En décimo curso, que es el bachiller de allí, me fui para Espinho y ya en mi último año de bachiller entré a la vez en Madrid, en la Escuela Reina Sofía. Es decir, ese año entero estuve viajando entre Portugal y Madrid. Fue un poco locura, pero en Portugal me ayudaron mucho. Tuvimos que pedir incluso un permiso al ministerio de Portugal, para que me hiciesen una reducción de exámenes, asignarme trabajos, etc. para facilitarme algo el proceso. Fue una suerte. También me quitaron las clases de violín. Se portaron increíble. Toda la parte musical me la quitaron en Portugal; así la hacía enteramente Madrid. De hecho, vivía sobre todo en Madrid, y tras completar el instituto me fui definitivamente para allí. Estuve cinco años en el Reina Sofía.
¿O sea, ingresó muy joven como alumna?
Empecé con 17. Yo quería estudiar con el asistente de mi profesor, que era Yuri Volguin. Mi profesor era Zahar Bron, pero sabía que el profesor con el que realmente iba a trabajar y el que estaba viviendo en Madrid era el asistente. Entonces lo pensé: Quien en serio me tenía que gustar era el asistente, porque si vas a por el titular, realmente éste sólo estará una vez al mes. Fue muy buena decisión. Estuve muy contenta y, además, montamos allí un cuarteto que funcionó muy bien: el Cuarteto Asisa. De hecho, estuvimos tres años dando muchos conciertos, y hasta participamos en un concurso. Quisimos seguir, pero fue muy complicado. Cada una se mudó a un sitio distinto. Pero diría que esa parte de cámara, el cuarteto, supuso para mí un importante crecimiento adicional a las clases de violín. Me ayudó mucho vivir a fondo el trabajo en equipo. Al final, el cuarteto es como una relación. Cuando le dedicas mucho tiempo debes tener en cuenta tantísimas cosas: Escuchar, ensayar, dialogar mucho, ser muy amable unos con otros. Pienso que el cuarteto me enseñó muchas cosas en lo musical y en lo humano. Me gustó mucho esa fase. Estoy muy agradecida por esta época.
«Cuando estudiaba en Madrid montamos allí un cuarteto que funcionó muy bien: el Cuarteto Asisa»
Es de lo más recomendable su vídeo del Segundo cuarteto de Bela Bartok, con ese segundo movimiento dificilísimo.
Sí, sí lo es (se ríe). Lo tocamos en el concurso de Juventudes musicales.
¿Cree que la Escuela Reina Sofía únicamente le preparó de cara a la excelencia artística o también para enfrentar la realidad profesional del músico?
Al ser una escuela tan pequeña, es un medio que te genera muchas posibilidades. Por ejemplo, surgen muchos conciertos en los que participar con otros compañeros. Teníamos encuentros de orquesta y también como mínimo un grupo de cámara con profesores maravillosos. El nuestro era Heime Müller, del Cuarteto Artemis. Y el número de clases individuales es una locura. Muchísimas. El resultado es un aprendizaje inmenso. Lo que sucede es que, como toda institución, muchas veces está muy cerrada y parece que no hay más mundo fuera de la escuela. Y de repente te das cuenta de que también hay muchísimo nivel fuera. Como la escuela es tan potente en España parece que no hay nada más, pero en un momento dado te das cuenta: “Es solo España; en el fondo somos unas hormiguitas”. De hecho, mi profesor preparaba principalmente a solistas y por eso le gustaba mucho que los alumnos hicieran concursos. Y yo es cierto que hice uno, pero me dije; esto no es lo mío. No me gustan en absoluto, incluso a pesar de que fue un proceso muy positivo. La preparación de un par de concursos que hice me permitió aprender y crecer mucho, evolucionar mucho y muy rápido, pero todo lo que engloba un concurso no me gusta. Es muy competitivo, creo que no tiene tanto sentido. Enseguida empecé a querer hacer cosas de orquesta y, en general completar un poco más mi formación. Y ahí es cuando ya empecé a pensar: “Algún día quiero estar en la Karajan”. Ahí empecé a darle vueltas. Y a pesar de estar muy cómoda en Madrid, que me encantaba y donde tenía amigos maravillosos, me dije “¡Buf! A ver qué hago. Quiero irme fuera”. Pero hice las pruebas de la ONE y entré en la orquesta (lo dice con mayor naturalidad).
«La preparación de un par de concursos que hice me permitió aprender y crecer mucho, evolucionar mucho y muy rápido, pero todo lo que engloba un concurso no me gusta»
¿Con qué edad?
En la Orquesta Nacional de España, creo que con veintiuno. Yo en ese momento no tenía nada concreto por delante. Justo acababa mis estudios. Ese semestre quería esperar para hacer las pruebas en Berlín, con lo que volví a mi casa, a Galicia. El volver a casa fue un cambio un poco raro. Hice la mudanza desde Madrid. La prueba fue en septiembre y ¡En octubre otra vez mudanza de vuelta a Madrid! La prueba fue muy bien, a pesar de nunca haber hecho unas pruebas de orquesta. La parte del concierto como solista fue muy bien. Pero claro, hay que prepararse a fondo los extractos orquestales y eso hay que entrenarlo mucho. Había tenido alguna clase en el Reina Sofía de Preparación Orquestal que me ayudó mucho, pero es cierto que no preparé esas pruebas con nadie. Lo hice sola y la verdad es que es un proceso que dio un poco de vértigo. Llevaba desde los seis años trabajando siempre con un profesor y de repente me veía preparándome sola. Pero me lancé a tope; tomándome esa prueba como un gran reto, pero sin presión.
Yo no quería esa plaza. Entiéndeme; me refiero a que no quería ganar la plaza de mi vida, quedarme ya toda la vida en el mismo sitio con sólo 21 años. Como que sentía que tenía que hacer más cosas, pero me dije; bueno, vamos a empezar por aquí; hay que entrenar estas cosas y al fin y al cabo es la Orquesta Nacional de España. Está cogiendo mucho nombre. Suena muy bien. Vamos allá. Y fue bien. Claro que fue muy bien. De hecho, cuando la saqué, yo estaba flipando. Me decía: “¿Cómo?” En el momento que dijeron el nombre y te explican, vamos a hablar de cuando empiezas, yo estaba así, como en shock. Bueno, bueno; menudo giro acaba de dar mi vida. ¿Qué es esto? ¡No me veía trabajando!
Era demasiado joven y además tenía el sueño de Berlín.
No sé si era eso. Pero la vida es así. Hay que coger las cosas como vienen.
«En la vida hay que coger las cosas como vienen»
¿Y entonces qué sucede?
Me mudo, empiezo la temporada y siento que estoy viviendo una vida muy cómoda, con unos compañeros increíbles. De hecho, fue un año extraordinario que disfruté muchísimo, pero me dije: “Esto es demasiado cómodo para mí.” Cuando pasé los seis meses del trial, empecé a pensar. O me voy ahora, o no me voy, porque de verdad, te acomodas un poco, ¿Sabes? Además, tenía mi cuarteto ahí; musicalmente me podría quedar en Madrid, pues seguro saldrían muchos proyectos sin problema. Pero yo tenía el runrún de que quería tocar con la Filarmónica de Berlín alguna vez en mi vida ¡Fuera como fuera!
Sabía que la manera era la Academia Karajan, pero para entrar en ella, aunque obviamente invitan a gente de todo el mundo, es cierto que estando en Berlín tienes muchas más posibilidades. Además, todavía me quedaba el máster por hacer, pues nunca había hecho un máster. Entonces, apliqué a la Hans Eisler, en concreto dos veces. La primera no me cogieron. Y la Karajan igual; la primera vez tampoco me cogieron. Recuerdo llevar un gran chasco, porque claro, hasta ahí, como que todo iba rodando. Incluso hasta el punto de decirse a uno mismo: Demasiado bien va todo. Por suerte no tuve que hacer el viaje a Berlín.
¿La selección era por vídeo y currículum?
Sí, la primera selección en la Eisler era por currículum y vídeo, y en la Karajan sólo currículum, al menos en ese momento. Ahora ya es con vídeo lo cual es un poco mejor, pienso; aunque un currículum al final puede decir muchas cosas.
¿Y entonces le admitieron a la segunda?
Sí, me invitaron a la audición de la Hans Eisler. Había seleccionado en la solicitud como profesores a Antjie Weithaas o Kolja Blacher. Antjie ni siquiera estaba en la prueba. Bueno, tocar… Allí en las pruebas de acceso son muy particulares. Reúnen a todos los violinistas en la misma sesión y de repente, en cuanto tocas, aunque haya una lista de 50, sale el profesor y te dice si te da la plaza o no. Es un sistema un poco extraño. Al menos en violín, no sé en los demás instrumentos. Yo toqué enseguida, claro. Era la primera o la segunda, por Areal. Toqué y en nada salió Blacher y me dijo, admitida. Imagínate, y es que a ese hombre le tenía un respeto increíble. Tanto verlo en los vídeos de Abbado (se ríe emocionada).
Blacher, ni más ni menos. Concertino en Lucerna, también con la Filarmónica de Berlín. Hijo de Boris Blacher.
Pues así realmente empecé en Berlín. Fue una vez más ir a la aventura. Había mandado la solicitud sin ni siquiera haber dado clases con los profesores. ¡Profesores tan sumamente solicitados los dos que me parecía imposible! De hecho, a muchos jóvenes les dicen; si quieres, pásate a escuchar una clase, pero no damos clase. Están hasta arriba, y de hecho, admiro mucho la capacidad que tienen de en tan poco tiempo poder captar en la audición si esa persona les interesa o no. Porque muchas veces no se quedan con el mejor. Buscan algo en la persona que pueden exprimir. Si la persona tiene capacidad para cambiar rápido, por ejemplo. No sé; como que en sólo en cinco minutos ven algo que el violinista debe tener. Hay que tener muchísima experiencia para leer tan bien a una persona. Y así empecé el máster. ¡De hecho sigo estudiando! No acabé el máster todavía.
¿Y cómo ha hecho con la ONE? ¿Está de excedencia?
Sí, tras trabajar un año la puedes pedir. Estuve un año y en noviembre me fui para allá. Lo entendieron perfectamente.
«Antes no me gustaba la enseñanza. Creo que muchas veces porque no sabía cómo explicarla. Y ahora siento que le encuentro también su idioma; sé de dónde vienen las cosas»
¿Y cómo fue su experiencia con Blacher?
Para mí es la persona más perfeccionista que he conocido en mi vida. La persona que va más al detalle de todo, a la que no se le pasa nada. No pasa una. Con él hay que tocar perfecto. Y no solo eso; es un libro abierto de la técnica. Él le encuentra solución a absolutamente todo. Y si hace falta le da tantas vueltas a todo, que, si hoy no lo entiendes, mañana te va a buscar la manera de que lo entiendas. Va a estar toda la noche dándole al runrún para aportar una solución nueva.
Y eso, la verdad es que es impagable. Pero también es cierto que no fue nada fácil. No es todo un camino de rosas. Es muy difícil con él, porque llega un momento en el que te frustras. Tú imagínate que estás tocando con él ¡Y no sales de primer compás! De hecho, mi primer semestre yo solo toqué técnica. No toqué ninguna obra; me puso a hacer técnica. Piensa que es un máster, ya no un bachelor. Que dices, yo vengo aquí a perfeccionar mis estudios, por mucho que siempre hay que aprender, ¿no? Pero, claro, no esperas esto. Por encima, te mudas a un país nuevo. El clima de Alemania… a las cuatro ya era de noche. Yo a las cinco me dormía por las calles. Iba por la calle que parecía sonámbula. Idioma nuevo, gente socialmente muy diferente de nosotros. Yo me decía, no sé si aguantaré aquí bien. De verdad fue duro.
Y peleando al mismo tiempo con la técnica.
Sí. Y por encima no me encontraba, claro. Imagínate, cambiar todo lo que llevaba hecho al violín ¡Absolutamente todo, todo! A día de hoy estoy agradecida, super agradecidísima. Es más, antes no me gustaba la enseñanza. Creo que muchas veces porque no sabía cómo explicarla. Y ahora siento que le encuentro también su idioma; sé de dónde vienen las cosas. Según lo estoy contando, revivo todo lo que aprendí de él.
«Blacher es la persona más perfeccionista que he conocido en mi vida»
¿Y aparte de la interpretación, él iba más allá? Porque en Alemania la enseñanza es en ocasiones muy intelectual, muy transversal.
Podía meterse un poco en otros terrenos, pero diría que en general era mucho más técnico. Él siempre decía: “Para mí la música sale de la técnica. Cuanta más libertad técnica tengas, más libertad musical tienes.” Y es muy cierto. O sea, si tú controlas mucho el instrumento, tienes la libertad de hacer lo que quieras. Y si tú estás dudando sobre la marcha, cortando las frases, te limitas. Tiene todo el sentido del mundo. Cuanto más domines y trabajes la técnica, mejor resultado.
Me da la impresión de que en el pasado los violinistas estaban mucho más especializados: solistas, orquesta, cámara, etc. Hoy en día un violinista debe ser mucho más flexible. ¿Blacher le formó más como violinista solista, como músico de orquesta… o como profesional capaz de sobrevivir en un entorno extremadamente competitivo?
Sí, hoy en día hay que ser muy versátil. De hecho, aún el otro día le dije: “Voy a ir a escuchar una clase”, pues con todas estas pruebas hace mucho tiempo que no voy a clase. Y él le decía a una estudiante: “¿Ya pensaste por dónde quieres tirar?” Porque la chica es un portento. Toca increíble cámara, solo, orquesta, etc. Todo lo hace bien. Y él decía; coge un camino, pero hoy en día es muy diferente a su época. Y ahora ves a todos, Janine Jansen, Julian Rachlin, haciendo enseñanza, cámara, incluso algún proyecto de concertino, director y solo. Incluso hay mucha gente que dice, orquesta no, pero por lo que sea se ve obligado a cambiar de parecer. La orquesta no es nada malo. Afortunadamente está empezando a cambiar esa idea de que los que no valen para esto, para orquesta. Y no es así; son mundos diferentes.
Pienso que Kolja siempre vio que yo tiraba para orquesta. Pero sí es cierto que él siempre quería y me insistía mucho en que hiciera pruebas de concertino; así que me dijo, hay que empezar a hacer pruebas. Resulta que ya me habían llamado para ir de refuerzo a la Staatskapelle Berlín, la orquesta de Daniel Barenboim, de ayuda de concertino y concertino. Había hecho ya algún programa con ellos, por ejemplo, con Andrés Orozco Estrada dirigiendo. Imagínate, yo asustada porque nunca había tocado óperas. Nunca. Y en la ópera allí es ensayo general y concierto o incluso a veces, función directamente. Creo que nunca lo pasé tan mal en mi vida. La concentración de la ópera, el esfuerzo de horas. Y mira que era Tosca, en una función maravillosa, pero aún así fue muy duro. En ella fui ayuda de concertino. maravilloso. De concertino había hecho un ballet y La flauta mágica. Los músicos llevan años tocando así pero claro, a mi me ponen de concertino así de repente ¡Ay, ay, ay, ay!
«Cuanto más domines y trabajes la técnica, mejor resultado»
¿Y con qué tiempo de preparación puede hacer algo así?
No queda más remedio que estudiar mucho, muchísimo. Para eso hay que estudiar mucho, mucho, mucho. ¡Y confiar mucho en ti! Decirte, confía, va a salir bien, porque llega un punto en que no puedes atender a tantas cosas. El caso es que Blacher me dijo que me presentase a las pruebas de ayuda de concertino. La verdad es que yo no quería, porque quería hacer la Karajan Akademie. Sin embargo, él no estaba muy a favor de que lo hiciera. Me lo decía porque la academia quita mucho tiempo de estudiar para uno mismo. Es algo que entiendo. Al mismo tiempo le dije que quería presentarme a las pruebas de concertino de la Sinfónica de Galicia. Le expliqué que es una orquesta en España; una orquesta que suena muy bien; no una orquesta cualquiera y además es la de mi casa.
¡Pues el destino quiso que todas las pruebas fuesen la misma semana! Las tres pruebas de mi vida, quitando la de la ONE. Lunes, Karajan; miércoles y jueves Staatskapelle de Berlín, y lunes y martes de la semana siguiente la Sinfónica de Galicia. ¡Nueve rondas hice! Porque Staatskapelle fueron cuatro.
¿Y además fragmentos diferentes, me imagino?
Sí, Staatskapelle fue todo ópera, con la OSG muchos tutti y concertino. Y en la Akademie era un concierto de Mozart y un concierto romántico, y ya está.
¿Sólo de solista?
Sí, sólo repertorio solista. Para la prueba de plaza de la Filarmónica solo se toca repertorio de solista. Es muy curioso.
Pues parece una contradicción. ¿Y cómo fue todo?
Pues no me podía creer la que se me venía encima. Y es que, además, al día siguiente tenía clase. Yo quería sacar la plaza en la Academia. Era mi sueño.
Yo, honestamente, no quería esa plaza de la ópera. Es un orquestón, pero yo no me veo en un foso de ópera. No es mi perfil. No es lo que yo busco, ¿no? Y, claro, hago la prueba… y la verdad es que ya no me acuerdo ni de lo que pedían. Pero bueno, eran pasajes operísticos, concierto romántico y Mozart. Toco. Paso la primera, paso la segunda. Al día siguiente había más rondas. Las dos primeras habían sido solo con los violinistas de la orquesta. Y al día siguiente tocas para toda la orquesta; siempre con cortina. Paso la tercera prueba y llego a la última. No; no puede ser, me decía a mi misma.
¡Que venga aquí un genio que me eche! Debió pensar.
Llegué agotada a la última prueba. Y resulta que me piden el tercer movimiento del Concierto de Brahms y no me lo había estudiado.
¿Pero estaba en el repertorio?
Estaba en el repertorio, pero yo tenía en la cabeza lo que pedían en Coruña y lo que pedían en la Karajan. Ya era demasiado a la vez. Y empecé y dije, lo siento. Aun así me aplaudieron igual, que eso es siempre muy buena señal.
¿Lo tocó entonces?
Toqué sólo el primer y el segundo movimiento. Ah, llegar al tercero paré. No pasa nada. Fue el destino, y ya está.
¿Lo había tocado alguna vez como solista?
No. Lo voy a tocar ahora en el Algarve.
Hay un video suyo del Doble de Brahms; en Espinho.
“Xa choveu” (Ya llovió, dice en gallego).
El azar, entonces, le alejó de la Staatskapelle.
Sí. Pero de verdad, yo estaba muy, muy aliviada. Y nada; me vine para Coruña, reventada. Porque imagínate el desgaste.
Volver a tocar prueba tras prueba. Los nervios. Muchos pasajes era la primera vez que los tocaba. De hecho, recuerdo que en una de las rondas de la Staatskapelle me pidieron que tocara un solo de El lago de los cisnes varias veces. Es algo normal.
Quedé muy contenta; fue una experiencia muy satisfactoria porque todo era una locura. Porque realmente ya te digo, imagínate que la gano. Hubiera sido un dilema. Y no es lo que realmente quería.
Y luego Coruña. Y... ¿Cuántas rondas eran? Es que fue hace tanto… bueno, realmente sólo han sido dos años, pero fue un proceso muy largo. Estaba muy bien hecho el proceso. Pruebas, con cortina en las primeras rondas; tres o cuatro, y llegamos a la final, cuatro. Tres gallegos, de hecho, y la cuarta, Olatz, la chica que al final la ganó. Tras las pruebas nos dieron un trial a los cuatro. Durante un año teníamos que venir a Coruña cada uno, dos semanas. Una de ellas con el titular, Monjas. Y hace un año se acabó y dieron el resultado. Y aquí viene la parte más graciosa de todas. Yo estaba contenta en Alemania, donde yo ya había empezado en octubre la academia Karajan y en enero, Andrés Lacasa me llamó para darme el resultado de la Sinfónica de Galicia. ¡Y al día siguiente yo tenía la primera ronda en la Berliner para la plaza de violinista! Y lloré mucho porque tenía muchas ganas de volver a casa. El principio de la academia no había sido como yo me esperaba. A nivel musical sí, obviamente, pero lo que es estar ahí yo no lo estaba llevando bien. La presión, el nivel de perfección al que se toca.
¿Ya había empezado a tocar en la temporada de la orquesta desde el principio?
Sí, claro. Desde el principio empiezas a tocar con ellos. Prácticamente tocaba dos o tres semanas por mes ya desde octubre. Se toca mucho en la academia; sobre todo los violines. Siempre hacen falta.
El término academia es entonces algo engañoso. ¿Es un profesional más?
Sí, es formación, pero también aprendizaje continuo y preparación para la vida laboral a un altísimo nivel. Yo tenía un mentor que era Thomas Timm, el principal de los segundos violines. Con él dábamos clases todas las semanas: de Mozart, de Brahms, de lo que tú quisieras. Incluso si hay algún un pasaje del ensayo que quieres ver, pues también. Es un proceso de adaptación bastante largo porque el nivel de la orquesta es muy alto y todo e mundo se lo toma muy en serio, como tiene que ser.
Y entonces, de verdad, tanto quería la plaza aquí, en Galicia.
De verdad quería volver; estaba desesperada. Era un, ya creo que está bien. Si hubiese ganado aquí la plaza, hasta que empezara aún podría haber alargado un poco más mis estudios e incluso hasta acabar la academia. Y la OSG hubiera sido la plaza de vida; la del sitio donde te quieres quedar ya para siempre. Y se sumó que estaba en un momento duro por la presión de la Berliner. Deseaba mucho esa plaza aquí. Y, claro, llevé un chasco, una desilusión, pero al día siguiente ya era la primera ronda de Berliner y yo me estaba preparando muy bien, la verdad es que muy bien, a nivel físico, también, yendo al gimnasio con regularidad para mantenerme fuerte mental y físicamente. Tenía una rutina muy buena. Incluso, me escribía mis planes de trabajo y al acabar el día me escribía un pequeño diario, diciéndome como me sentía, qué quería mejorar, las cosas que había hecho bien ese día. Todo muy mental. Una preparación muy, muy buena. La verdad es que siempre que tuve pruebas, tanto, ONE, Karajan, etc. siempre me organicé muy bien. Los objetivos a corto plazo me van muy bien; me enfoco muy bien.
Y así fue como al día siguiente de tener el resultado de la OSG tuve la primera ronda de Berliner, solo con los violinistas. Tocaba sólo para ellos y únicamente un concierto de Mozart, primer y segundo movimiento del Quinto.
¿Es como canónico interpretar bien Mozart?
Es donde ves muchas cosas. Es como muy transparente. De hecho, mucha gente buenísima se muere de miedo al tocar Mozart. Toqué y quedé muy contenta.
¿Es con cortina esa fase?
No, en la Filarmónica no hacen cortina. No va con ellos. Lo tienen muy claro. Eran dos días para la primera ronda. Y es que éramos muchísima gente para la primera fase, con vídeo, y presencial invitaron a 80, con lo que nos repartimos 40 cada día. Había cuatro plazas de violín en ese momento. Pasé y al día siguiente éramos ocho de los ochenta. Ya es con toda la orquesta, en la sala grande, ¡la sala! (enfatiza), con toda la orquesta sentada en las butacas del público.
¿Y el director?
El director no está. Si quiere, tiene el mismo voto que los demás, sólo un voto, pero nunca va. La Berliner se gestiona por los propios músicos. Es una filosofía muy diferente. No se me olvida ese día. Tenía a Wollenweber, el corno inglés, que es enorme, justo delante de mí. ¡Dios mío! Pensaba. Además, yo acababa de empezar la academia, con lo que ya te conocen un poco. No es lo mismo que ir sabiendo que no te conocen nada, con la tranquilidad de que si lo haces mal no pasa nada. Pero no era el caso; estaba temblando. Mi mentor, Thomas, me había dado muchas clases. El día anterior estuvo ahí, hasta el último momento, exprimiendo la última energía que me quedaba. Yo creo que él veía que realmente iba muy bien preparada, pero que ni yo me lo creía, y decidió que hasta el final había que ir a tope. En esta fase se vuelve a tocar Mozart, pero para toda la orquesta. Hicieron un descanso, y pasamos cuatro a la última. En esta había que tocar romántico y yo toqué Brahms.
«Mucha gente buenísima se muere de miedo al tocar Mozart»
¿Podía elegir usted?
Sí, podía. Empecé el Brahms; todo muy bien, pero de repente el violín se me desafina muchísimo; y me siento que está todo perdido. Que rabia, con lo bien que iba. ¡Si había sido el Mozart de mi vida! Nunca toqué un Mozart así, y de hecho, luego me lo dijeron, ganaste la prueba en el Mozart. La verdad es que es un concierto que es tan bonito, “el Turco”. Es tan divertido. Se usa en tantas pruebas que parecería que aburriría, pero no; a mi me encanta.
Y la desafinación, ¿Cómo pudo ser?
Son cosas que pasan. Los arcos sufren mucho. Por ejemplo, en mi concierto de la semana pasada con el Prokofiev en Santiago, a pesar de estar recién encerdado quedó imposible; tal vez por la humedad. El caso es que toqué Brahms bien, quedé contenta, pero el violín estaba desafinado. Salí, y me dije, bueno, ya está, no hay más que hacer. Como allí la deliberación es al momento me fui a la cantina justo detrás del escenario a esperar con los demás candidatos y algunos colegas de la academia, siempre apoyándonos unos a otros. Imagínate la angustia. Pero de repente empiezo a ver a toda la orquesta que viene hacia mí, me abrazan y no sé, creo que mi cara fue un auténtico poema ¡Ojalá me hubieran grabado! Felicitándome y yo diciendo, ¡No, no…! Estaba en shock. Lo tengo grabado en la cabeza. Fue un momento increíble. Y luego llamar a mis padres, todos llorando. La verdad es que se me pasó la pena de Galicia. Me vino muy bien, porque lo de la OSG fue como una patada para mi. Que eso no quiere decir que no fuese una opción posible. El nivel era muy alto y Olatz es una violinista increíble, una musicaza. Era algo que creo que nos pasaba a los tres gallegos; los tres queríamos conseguir esa plaza.
¿Y si la hubiese obtenido; tal vez desistiría en Berlín?
Al día siguiente tenía la prueba de Berlín. Pienso que ya que estaba preparada la hubiese hecho igual.
Y probablemente tendría que elegir entre concertino con la OSG en su tierra o tutti en Berlín ¿Qué hubiera hecho?
Nunca lo sabremos (se ríe).
En el fondo lo sabe …
Yo creo que hubiera ido a Berlín ¡Es un sueño estar ahí! ¿Quién rechaza una plaza en la Berliner? Tras el concurso seguía tocando como academista, porque no empecé oficialmente en mayo. Son dos años de trial. Aunque a veces con uno y medio es suficiente.
Y en su situación actual en Berlín, como miembro de la orquesta, ¿Qué es lo más exigente para usted?. ¿La cuestión técnica, la cuestión emocional, la presión, la responsabilidad, saber que se retransmiten todos los conciertos, que todo el planeta está viendo cada concierto?
Creo que todo lo que acabas de decir está ahí. La presión es enorme. Creo que lo que peor llevo es tocar súper, súper bien cada ensayo, cada concierto. Y así semana tras semana, con obras nuevas y siempre exigentes. Cada semana algo totalmente nuevo y ya estar ahí desde el primer ensayo a tope. Es tal nivel de profesionalidad que no lo vi nunca en ningún lado.
¿Es por el carácter alemán o va más allá?
No diría que es algo específicamente alemán. Es la personalidad de esta orquesta, en la que las cosas se trabajan mucho. Y si no se trabajan, no están contentos. Si vienen directores que no profundizan, tampoco se quedan contentos, porque obviamente esto baja el nivel de la orquesta. La presión al principio la llevaba muy mal, hasta el punto de estar físicamente un poco bloqueada a la hora de tocar, porque al final la parte mental allí juega todo el papel. Y hasta que no empecé a decirme: recuerda todo lo que hiciste, por qué estás aquí, por qué te eligieron, no lo superé. Fue un proceso muy meditado, con un trabajo muy constante. Necesitaba realmente reforzar constantemente la parte mental. A partir de un momento dado lo superé y ahora llevo ya un par de meses que disfruto plenamente.
Pero es mucha presión. Empiezas a pensar, ¡Jolín!, ¿Y si ahora no pasas el trial? Te sientes que estás en los ojos de mucha gente. Miran muchas cosas, no solo cómo tocas, cómo te comportas. No es solo tu papel en la silla. Y al final del trial vota toda la orquesta. También hay una parte social bastante importante, que tienes que cuidar. Creo que ahora ya están un poco adaptados a mí también. Es todo un proceso y desde que conseguí relajarme, también creo que estoy tocando mejor y creo que les gusta. Creo que están contentos.
¿Es como una familia adoptiva?
Sí, al final, también en mi sección la mayoría son alemanes. Tienes que aprender un poco a entrar en su forma de ser. Es todo un proceso. Yo diría que a día de hoy ya estoy muy bien. Otro aspecto que no he comentado es a que a los que estamos en trial nos mandan siempre a los primeros atriles. Llevo en el primer atril, siete, ocho veces ya. Pero lo más complicado es que tú nunca sabes si te va a tocar así. Porque no hay una plantilla con los lugares donde te vas a sentar cada semana indicados. Tú llegas el día del primer ensayo y te sientas donde haya un sitio libre. Pero los de trial tenemos que estar sentados como máximo en el tercer atril. Y claro, hay obras en las que te tienes que estudiar todas las voces, porque muchas veces se dividen las voces de los violines. Te viene un Zaratustra de Strauss donde hay cuatro voces y te tienes que saber todas, porque no sabes cuál te va a tocar. Es un nivel de preparación intensísimo. Pero es su filosofía: aquí todos somos buenos. Obviamente, si está el principal y el ayuda del principal, ellos siempre tienen que estar adelante de todo. Pero muchas veces el ayuda libra, por ejemplo. En esos casos, un tutti tiene que ir para adelante. Y ese tutti tengo que ser yo. Es algo que no te puedes imaginar ¡Impone!.
Imagínese con la Octava de Mahler
Lo bueno con esa sinfonía es que como nadie la toca nunca, no está tan interiorizada. Al primer ensayo vamos todos algo de nuevas. Te sientes bien. Te dices a ti misma. Vale, son humanos también. Y es que para mi todo es nuevo, pero ellos es que se lo saben de memoria todo. Créeme, me impone más un Beethoven que se toca mucho que cualquier otra obra más nueva en la que vamos todos un poco de puntillas ¡Incluso mis compañeros!
Para usted todo esto ha debido suponer un cambio muy significativo, porque su trayectoria había estado marcada por el trabajo individual y el perfeccionamiento técnico con un repertorio de cámara y solista. De pronto, sin embargo, se encuentra ante una realidad muy diferente: el estudio intensivo y constante de repertorio orquestal, semana tras semana, con todas las exigencias que ello conlleva. Trabajar a fondo compositores como Mahler, Strauss que para el violín escriben de lo más endiablado que uno se pueda imaginar. Y todo sin el apoyo de un profesor como ha tenido siempre.
Sí, es una etapa muy exigente, pero te vas entrenando a ti misma. Ahora siento que consigo preparar las cosas muy rápidamente, por ejemplo. También es cierto que quiero ser previsora y voy viendo lo que vamos a ir tocando y decidiendo que va a necesitar más antelación. Por ejemplo, este año hemos iniciado el Anillo en el Festival de Pascua de Salzburgo al que va a ir la orquesta en pleno. Completamos el ciclo en los próximo tres años. Antes íbamos a Baden-Baden y a partir de este año será Salzburgo. Ya me duele la cabeza y aún no hemos empezado (se ríe). Va a ser una experiencia increíble, pero claro, es muy denso para nosotros. Y físicamente muy exigente, claro. Es algo que en cuanto vuelva a Berlín me tengo que poner ya. Pero como digo, es algo que se va entrenando. Poco a poco.
«Me impone más un Beethoven que se toca mucho que cualquier otra obra más nueva en la que vamos todos un poco de puntillas»
¿Cuántas horas al día estudia en casa?
Depende mucho. Piensa que hay días que llego a casa del ensayo a las cuatro y media y he entrado en el auditorio a las ocho y media, pues además siempre quiero estar en la sala una hora y media antes del ensayo. Es una norma que siempre me marco para calentar bien y tener todo en orden. A la tarde ya es noche cerrada y estoy muerta, pero también quiero hacer un poco de deporte. Con lo que al final todo depende del día. El domingo y el lunes es día libre, con lo que aprovecho y esos días practico más.
Lo físico es crucial también.
Sí, estar bien físicamente es obligado. Recuerdo lo dura que fue la semana de la Décima de Shostakovich con Andris Nelsons.
Su sinfonía favorita.
Favorita por el encuentro de la Joven de la Sinfónica de Galicia. Sí, sin duda. E imagínate con Nelsons. ¡Uno de los mejores en ese repertorio! Sus grabaciones con Boston en directo de Shostakovich son oro. Y lo que hizo con nosotros, ¡lo que transmitía! Y yo ahí, tocando en primera fila. Me decía a mi misma: ¡Dame palomitas que lo quiero disfrutar a tope! Fue tan inspirador. Para mí es una sinfonía tan sumamente especial. De hecho, estoy leyendo un nuevo libro sobre la vida de Shostakovich. Hay tantos aspectos de ella que desde hace muchos años me fascinan que quieres leer más y más. Es inolvidable ese concierto. Llega un momento en que el corazón se te va. Te dices, tranquila Raquel, relájate que te va a explotar la patata. Es además una sinfonía físicamente muy exigente. Recuerdo esa semana estar cansada del brazo. Y aún así, en los trémolos todo el mundo se venía arriba. Piensa que son tres conciertos más el ensayo general por la mañana. Es especialmente duro, sobre todo el primer día, el jueves, con el ensayo general por la mañana y el concierto a la noche. Ese día cansa especialmente. Son sólo allí dos horas, pero dos horas dándolo todo, ¿sabes? El esfuerzo, el nivel de concentración, todo agota. Es una locura.
Al principio llevaba mal la presión y los nervios. Salía de los conciertos muerta. No era persona. Llegaba a casa y tenía que tirarme a la cama. Pero tenía la adrenalina a tope. Después de semanas así, con Shostakovich o Mahler Ocho, que son súper emocionantes, no te duermes. Yo estaba muy cansada, realmente exhausta, pero no podía dormir. Estás acelerada, ¿sabes? Pero a la vez es maravilloso. De verdad. Y cada vez me gusta más. Inspira tanto cada semana. Es tan inspirador.
O sea, ¿Que está muy feliz en esta nueva etapa?
Estoy en un momento que, de verdad, es buenísimo. Pero hace unos meses, no era así, porque al final si tú no llevas bien la situación de estar en la Berliner y todo lo que eso conlleva, lo pasas fatal. No disfrutas. No me acuerdo de muchas cosas de esas semanas, de los nervios que tenía. Me podías preguntar en ese momento qué habíamos tocado la semana pasada y no me acordaría. Y todo por la situación de nervios que tenía.
¿Y no tiene algún tipo de soporte psicológico?
No. Lo gestiono por mi cuenta. Busco la ayuda psicológica fuera y trabajo mucho la parte mental, pero no tenemos apoyo dentro. En la academia hay algunas workshops, en las que trabajamos estos aspectos. Pero no existe nada específico y es una parte muy importante que estoy segura que muchos por nuestra cuenta abordamos. Para mí es una cuestión crucial. De hecho, yo pensaba: “Vamos a ver. Esta es mi vida, esta es mi carrera ¿Por qué hago música? ¿Cómo puedo estar sufriendo la música? Esto no puede ser”.
Hay un momento en que te dices, por mucho que sea la Berliner o el Real Madrid, si no disfrutas esto es una pesadilla. Y yo no hago música para sufrir. Ahí es cuando te empiezas a plantear, a decirte: lo dejo. Si esto va a ser un sufrimiento yo lo dejo; yo no hago música para esto. Me dije: a lo mejor esta élite no es para mí; no pasa nada, no es para todo el mundo. Tener el trial en la cabeza te come: que son dos años, que no se qué, que no se cuánto… Hasta que realmente interiorizas lo que todos pensamos: Son dos años de momento; pues disfruta esos dos años. Pase lo que pase, que esos dos años no te los quite nadie. Y ahí es cuando lo interiorizas de verdad; porque al principio intentaba relajarme, pero nada funcionaba. Cuando realmente lo interiorizas hay un clic. Incluso creo que desde ese momento toco mejor, todo va mejor, todo fluye. Y creo que va muy bien. Me sorprendería que no fuera bien el trial por lo que me están diciendo los compañeros. Pero bueno, seguro sea lo que sea, estos dos años, disfrutándolos a muerte, no te los quita nadie.
«Trabajo mucho la parte mental»
Al mismo tiempo que ocurre todo esto, está también su faceta como solista. Ha tocado recientemente en Hong Kong el Bruch y esta temporada el Segundo de Prokófiev con la Real Filharmonía. ¿Hasta qué punto es compatible esta intensa actividad orquestal con su carrera como solista? ¿Le permite la orquesta desarrollarla con libertad? Y, a nivel personal, ¿Sigue teniendo interés en avanzar por esa línea, que además está dando resultados tan brillantes?
Han sido magníficas experiencias, y me encantaría disfrutar de muchas más. En la orquesta, como tutti somos muy afortunados por tener más o menos una semana al mes libre; es decir, 8 o 9 en toda la temporada, aparte de las vacaciones. Es un montón. Te da la oportunidad de tener otros proyectos. Pero mi prioridad está clara.
Una flexibilidad fantástica ¿Y quien es vuestro interlocutor en la orquesta para estas cuestiones?
Estas cuestiones se hablan con el encargado de los servicios de mi sección, el Diensteinteiler. Él hace sus cálculos en función de las semanas libres de las que dispongo y me deben dar. Es algo fantástico, pero aún así son semanas de trabajo muy duras. Por ejemplo, el mes de enero fue especialmente exigente porque a la vez que estaba trabajando con la orquesta, estaba preparando Prokofiev, y al mismo tiempo me tuve que mudar. Veía que llegaba el concierto de solista y me decía: no llego, no llego. De hecho, toqué el Prokofiev con partitura, eso que yo nunca toco con partitura; no estoy cómoda tocando con ella, me bloquea. No pasa nada por hacerlo, cada vez se toca más con ella sin que sea un problema, pero yo no estoy tan cómoda ¡Y veía que no me daba tiempo!
Pero lo cierto es que el concierto fue un gran éxito, probablemente uno de los mayores de la temporada y también hubo una magnífica asistencia de público. ¿Qué significa para usted volver a tocar en Galicia, un escenario en el que ya ha estado en otras ocasiones y donde incluso interpretó el Concierto de Tchaikovsky con la Joven Orquesta de la Sinfónica de Galicia?
Tanto el Tchaikovsky en Coruña como tocar con la Real Filharmonía fue muy especial; es sentirse en casa. Tocar en casa tiene siempre un significado muy especial, y sobre todo haciéndolo con gente que te vio tocar desde niña, que me han dado clase. Es un sentimiento alucinante. El recuerdo del Tchaikovsky con la Joven OSG también es único. Yo también era muy joven y estaba rodeada de amigos, muchos todavía en la orquesta. Me sentí como una más; me lo paso pipa, la verdad. Con la Real Filharmonía igual y además estaba en los cellos Manuel Millán con el que vamos a tocar ahora. Fue fantástico; Baldur Brönimann también ayudó mucho. Estuve muy a gusto también por el contacto con los jóvenes, que se aproximaban continuamente a charlar. Atraerlos no es fácil. Está un poco muerta esa parte. Por eso me alegró mucho ver que venían muchos chavales de conservatorio, que incluso venían con los profesores y eso es buenísimo. Ver que puedes motivar a otra gente te hace muy feliz.
¿Tiene más proyectos de solista en mente?
Sí, tengo un concierto en el Algarve en el que toco Brahms y en septiembre un concierto que no es de solista, pero que me hace muchísima ilusión, en el que tocaré en versión de sexteto Noche transfigurada con Torleif Thedéen, un chelista que para mí es top 3 ¡Me encanta! Y claro, cuando me llamaron para tocar de violín primero, me dije. ¡Dios mío, es con el que toca Janine Janssen y que la tiene grabada con ella! Con Berliner tenemos una gira por Latinoamérica en noviembre, creo que Colombia, Brasil y Argentina. Luego vuelvo dos semanas a Berlín y después toco de solista el Bruch en Chile.
¿Entre todo este bagaje que ha acumulado, qué directores le han marcado más? Nos ha hablado de Nelsons, de Petrenko… ¿Qué otros maestros le han dejado una huella especial?
Para mi Roberto [González Monjas] es increíble. Me encanta trabajar con Roberto. Aquí fue con La alpina, que además era una de las obras de mi trial. Fue algo espectacular. Me parece un musicazo. Además, el hecho de que toque también el violín y que haya tocado y siga tocando así de bien, tanto como solista, como músico de orquesta, lo pone a otro nivel. Es muy bueno y creo que tiene una carrera por venir top. De hecho, ya es realidad. En Berlín (piensa), a veces va un poco ligado con el repertorio, pero son muchos los directores tan, tan buenos, que he visto. Rattle me parece una persona muy especial, que dirigiendo me transmite bondad; que es buena gente, ¿Sabes? Y eso me gusta. Petrenko es la perfección ¡No se le escapa nada! ¡Ni en un ensayo se equivoca! A veces te dices a ti misma: “Ay, equívocate” ¿sabes? De verdad Petrenko es un fuera de serie. ¡Cómo suena la orquesta con él! No me voy a olvidar nunca de la Novena de Mahler que hicimos en Concertgebouw y en París, porque además la llevamos a una gira en mayo, la que fue mi primera gira -justo había acabado de empezar- y la volvimos a llevar en la gira europea de septiembre. Él quería madurar mucho esa obra y la verdad es que quedó espectacular. Y en el Concertgebouw, un auditorio que me encanta; es tan bonito y además en la orquesta tengo muchos amigos. Es una orquesta que también me encanta.
«Petrenko es la perfección»
¿Ha tocado con ellos alguna vez?
No, todo llegará. Y ahora nos viene Blomstett, que está muy mayor y que nunca trabajé con él. Es también un señor que me da como ternura. Cuando vio su entrevista del año pasado, con el Digital Concert Hall, fue una emoción enorme ¡Es entrañable, me lo llevaría a mi casa, ¡Qué abuelito más encantador! Da mucho gusto encontrarse a gente así, de este nivel y que no es nada pedante Esto está cambiando mucho. Cada vez más, la gente es un amor, muy cercana. Además, yo siento mucho que con Berliner hay un trato muy tú a tú con los solistas, los directores. Es como si no hubiese superioridad.
También me gustó mucho Klaus Mäkelä. Con el hicimos la Alpina, a gran nivel. Creo que saca una parte de la orquesta muy diferente a la que obtiene Petrenko. Me gustó mucho tener a Petrenko y a la semana siguientes a Klaus, porque Petrenko lleva muy al detalle todo y Klaus confía mucho en la orquesta y eso te lleva a un grado de escucha y de estar pendiente muy diferente. Es muy joven; acaba de cumplir los treinta y sí, tiene mucho que mejorar, como todos, pero me parece que es un grande que va a estar ahí. Hay tantos nombres...
¿Y en la Nacional de España?
Me gusta mucho Afkham. Creo que ha hecho un gran trabajo con la ONE. Todos los ciclos llegan a su fin. Bajo mi punto de vista, él hizo un excelente trabajo. Ahora comienza una nueva era.
«Me gusta mucho Afkham. Creo que ha hecho un gran trabajo con la ONE»
Cuando hablábamos antes de tocar en tutti con la orquesta, me surgía una cuestión. Tiene una vertiente muy marcada como músico de cámara y como solista, pero tocar dentro de una orquesta exige una actitud completamente distinta: hay que integrarse, escuchar de otra manera, quizá incluso contenerse un poco. ¿Cómo se consigue ese equilibrio? ¿Cómo se trabaja para llegar a funcionar como un verdadero organismo sonoro dentro de la sección? ¿Hacéis, por ejemplo, trabajo por secciones o ensayos seccionales?
No, no hacemos seccionales y yo creo que justamente en esta orquesta, la Berliner, si hay algo en que es distinta a todas, es que todos los músicos son muy solistas, el sonido es como solista y eso puede que se deba también al auditorio. Es una orquesta que toca a reventar y en los pianísimos también, al máximo. Todo va al extremo y yo no siento que la gente se cohiba mucho. Es una mezcla entre poner tu granito de personalidad junto a la idea de querer tocar juntos. Pero no veo que la gente tenga esa cosa de cohibirse. Yo no me cohíbo tocando con ellos. Cuando tengo que tocar con un sonido grande, toco con sonido grande, pleno. En otras orquestas, yo no podría tocar así, porque es diferente la orquesta y el auditorio y la manera de tocar de la orquesta. Pienso que justamente esta orquesta es peculiar por eso; porque es como que -sobre todo en la cuerda- muchos de los músicos tienen carreras de solistas. Notas que siempre tocan como si fueran solistas y sin embargo funciona. ¡Es mágico! Yo no lo entiendo. A día de hoy me sigo diciendo ¿Cómo es posible esto? Es increíble. Son personalidades muy diferentes a la hora de tocar y sin embargo funciona porque sí que es cierto que la institución está por encima de todo. La orquesta está por encima de todo. Puede haber en algún momento algún problema, pero hay un respeto tan grande por lo que es la institución, que esta va a estar por encima de todo. Todo el mundo quiere dar lo mejor de sí. Es algo que me alucina. Lo hablaba ayer con mi compañero de Ecos de Breogán, Millán. Le decía, yo no sé si podría irme ahora a un sitio donde veo que las cosas no se trabajan hasta el final, en el que no se saca lo mejor que se puede dar.
Creo que cuando empiezas a buscar la perfección, que es inalcanzable, pero la buscas, ese proceso de búsqueda genera algo increíble. A veces llegas al ensayo general y te dices; no sé cómo va a ser el concierto; obviamente sonando increíble, pero eso no quita que tengas dudas. Y llega el concierto y salgo siempre alucinando. No lo entiendo, es mágico. Hay algo ahí que hace que estemos todos entregados con el máximo respeto por la música, por el público, por nuestros abonados, por el digital concert hall. Todo es alucinante. La orquesta está por encima de todo. También te digo que es un nivel de compromiso que no sé si todo el mundo puede hacerlo.
«Creo que cuando empiezas a buscar la perfección, que es inalcanzable, pero la buscas, ese proceso de búsqueda genera algo increíble»
¿Y cómo es el ambiente entre los compañeros españoles? Con Roxana Wisniewski, Luis Esnaola y Joaquín Riquelme.
Riquelme es increíble. Yo no sé si es amigo, padre, todo. Estamos siempre juntos y por encima, me llaman para ir a dar clase a la Barenboim Said en Sevilla y él también está. ¡Hasta en vacaciones te veo!, le digo (se ríe). Luis es un amor, Roxana también. A ver si seguimos aumentando la cantera.
Surge una pregunta que todos nos hacemos. En los últimos años estamos viendo a muchísimos músicos españoles jóvenes desarrollando carreras fuera de España y alcanzando un nivel que hace unas décadas quizá habría parecido casi utópico. ¿A qué cree que se debe este salto? ¿Ha mejorado de forma decisiva la formación en los conservatorios, existe una generación especialmente talentosa, o simplemente estamos descubriendo que los españoles tienen un talento especial para la música?
Creo que eso va muy en la persona; no creo que sea un talento especial, pero es cierto que lo que se fomenta desde abajo es muy importante, y creo que las orquestas jóvenes son clave para esto. Yo nunca estuve en la Jonde…
Normal, dado lo vertiginoso de tu carrera.
A ella van profesores de muchísimas orquestas y es una oportunidad muy buena para que te escuchen. Te dicen, oye, ¿Por qué no pruebas a tocar para tal orquesta? o ¿Por qué no te presentas a esta universidad? Al final todo está muy conectado, ¿No? A mí en su día, Massimo (concertino de la OSG), por ejemplo, me ayudó mucho, me motivó mucho. Creo que es también clave saber moverse un poco. ¿No? Pero sí, las orquestas jóvenes yo creo que son la clave. Hay que seguir apostando por ese modelo.
El paso por ellas nos ha marcado a todos. Es algo que tenemos en común. Lo hablo con Iria Folgado, con mi hermana Sara, con quien sea y todos coincidimos: donde aumenta el gusto por la música es ahí. Ahí es donde creas el amor hacia ella y donde experimentas sensaciones, que hasta que no las ves con un grupo de colegas haciendo lo mismo, no lo notas. A lo mejor ir a un concierto solamente no te vale. El concierto es algo bueno, muy bueno, que hay que vivirlo, hay que estar ahí. Pero no es lo mismo. Y por encima tocar en una orquesta joven es algo accesible para todo el mundo, pues esta es otra cuestión. Tener los medios no siempre es fácil. Para nosotras, que nacimos donde nacimos, y lejos de ciudades como Madrid, Barcelona, Berlín, pues no es tan fácil.
«Riquelme es increíble. Yo no sé si es amigo, padre, todo»
¿Tuvo apoyos económicos?
Lo que tuve fue mucha suerte con mi familia. Un apoyo de decir, vamos hasta las últimas, aunque sea rascando el último euro. Esto fue muy clave; que estuvieran siempre ahí, que nos llevaran a clases particulares, cursos de verano. Eso lo hizo todo posible. Luego te ve alguien de repente en un concierto y te dice: Tienes que venir a tocar a tal sitio. Y eso ya te hila con otro, y eso con otro. Y también ahora, con las redes sociales, todo es mucho más fácil, la verdad.
Y volviendo al tema de la enseñanza. ¿Qué diferencia fundamental notó entre el estudio en la Hans Eisler y la Reina Sofía? Entre el sistema alemán o el de la Reina Sofía.
Es difícil comparar porque no es lo mismo hacer un grado superior que un máster. En el máster hay mucha más libertad, tienes muchas menos asignaturas. De hecho, en Berlín, yo sólo tenía una teórica y el profesor ¡Era de Vigo!
No me lo puedo creer.
Sí, de estudios culturales en la Hans Eisler, ¡un paisano!
¿Y las daban en español o en galego?
No, eran en inglés, porque había más alumnos, claro, en las clases. Pero ya te digo, es difícil comparar. Cada una, en su lugar, obviamente, hacen una gran labor. Madrid es muy rico a nivel cultural, pero Berlín es una animalada. Siete orquestas con sus respectivas academias. Las posibilidades que hay son notorias, enormes. Pero Madrid ahora está creciendo mucho y las orquestas son buenas. Creo que, poco a poco, podemos converger.
«En Berlín, yo sólo tenía una teórica y el profesor ¡Era de Vigo!»
Se plantearía en ese caso volver a España.
No sé lo que va a pasar el día de mañana, pero también es cierto que todos queremos estar en casa. Se está muy a gusto (lo repite un par de veces). Pero claro, las condiciones no son las mismas y a ver, Berlín no se puede comparar... Pero nunca se sabe.
La morriña la lleva muy dentro.
Sí, la morriña está ahí; siempre la llevo muy dentro. Soy muy casera. Me gusta mucho estar con mi familia, con mis amigos.
Sin embargo, la Berliner es una orquesta con una movilidad enorme. Hay una estadística que determinó que el 2025 la Berliner fue la primera orquesta que más países visitó en giras por el mundo, junto a la Filarmónica de Viena y la Budapest Festival. ¿Cómo lleva el tema de la movilidad, estar tantos días fuera de casa, hoteles?
Es un tema muy interesante. La verdad es que tal y como lo organizan, muy bien. Aún estoy empezando y aprendiendo. El tour de noviembre en Asia, en el que fuimos a Corea, Japón, China y Taiwán, fue el más largo que hice. Fueron tres semanas y claro, el jet lag lo llevé horrible. El tercer día fue mortal. Estábamos todos que parecíamos zombies y era el día del primer concierto. Pero es cierto que ellos siempre lo organizan muy bien. Viajamos habitualmente en charter; todo el avión para la orquesta. Casi todo el mundo en primera clase; los mejores hoteles; si pasamos de ciertas horas, al día siguiente tenemos todas las horas libres. Y se libra algún programa, no tocamos todos en todos. Siempre hay tiempo de visitas, de relajarse. Además, de este tour creo que nunca me voy a olvidar, pues coincidimos con el Concertgebouw donde tengo tan buenos amigos, así que íbamos siempre juntos. Se creó muy buen rollo entre ambas orquestas. Salíamos a cenar juntos. Fue muy bonito, la verdad. Las salas de concierto, el contraste cultural. Yo aluciné en Japón. Aplauden todos a la vez y se callan todos a la vez. Estás de repente con un ruido abrumador, como aplauden ellos. Y luego, todos de repente se quedan en silencio. Era como si el director dijera, ¡Hasta aquí! Se giraba en el podio y se hacía el silencio. Y el fenómeno fan allí es una cosa para ver. Colas y colas, firmando autógrafos, sobre todo algunos compañeros como Sarah Willis, Stephan Dohr, Daishin Kishimoto. Bueno, cómo no; él estaba en su tierra. No podías hacer planes con él (se ríe).
«Sí, la morriña está ahí; siempre la llevo muy dentro. Soy muy casera»
Un extraordinario músico Kishimoto. Tuvimos la suerte de disfrutarlo en A Coruña en un recital organizado por la Sociedad Filarmónica hace poco más de un año.
Es fantástico. Este mes fue el concertino en la Sinfonía número 8 de Mahler. A la semana siguiente tocó el Shostakovich de solista con la Berliner. Y la semana anterior, había sido otra vez concertino. ¡Y se marcó un Shostakovich, loco!
Qué gran concertino, como también Noah Bendix. Y recientemente contaron con la primera concertino de la Berliner mujer, Vineta Sareika.
Sí, pero ya no está. Dejó el puesto tras dos años. Ganó el puesto estando de trial de tutti, pero tampoco siguió como tutti. Es muy activa a nivel solista y cámara y profesora en la universidad, en la UDK (Universität der Kunst). Todos los concertinos de la orquesta son maravillosos. Impone tocar en primera fila con los pedazos instrumentos que tienen ellos.
¿La orquesta les ayuda a financiar el instrumento?
La orquesta tiene un banco de instrumentos, pero claro, ya los tiene gente. Y en trial no los dejan. A ver si aparece alguien.
Pues que conste en Codalario que busca un mecenas que ceda su instrumento.
Sí. Es un tema complicado.
Todo esto que nos cuenta es como un sueño, ¿No? Cada día se debe despertar sin terminar de creérselo. No se puede llegar más arriba.
Sí, pero eso que al principio era como: “Esto que debería ser un sueño está siendo una pesadilla.” Al principio era muy duro, muy duro, de verdad. Además, no dormía bien porque era como un bucle, demasiada presión. No fue nada fácil. Pero cuando aprendes, si sales de ahí, la experiencia increíble. En los conciertos y muy especialmente en las giras. La gente está súper contenta en ellas. Se nota muchísimo un buen rollo. Incluso Petrenko siento que arriesga más, que deja ir a la orquesta. Pasan cosas mágicas. Tiene mucho encanto. Compartir con cada público, cada auditorio que es diferente. Es una maravilla.
¿En qué momento podía haber imaginado que la música iba a llenar tanto su vida? ¿Qué le ha dado la música? Y, mirando hacia atrás, ¿qué siente que le ha dado la música, no solo como profesión, sino también como forma de estar en el mundo?
Es que me lo ha dado todo, casi todo. La mayor parte de mis experiencias vitales fueron con la música. La persona que soy, lo es también por todo el camino, por todos los buenos momentos, pero también por las negativas que llevamos. Es un aprendizaje de vida.
Y los músicos, ¿Sois a su vez conscientes de lo que le dais a la gente? De que llenáis la vida de muchas personas.
Sí, sin duda. Es bonito. Sí, sí, sí, es muy bonito. Sobre todo, cuando te lo dicen: No puedo olvidar el Mahler 8. No recuerdo haber visto el bar de la Berliner tan lleno de gente como en esos conciertos. Con muchísima gente, pero, además, se respiraba un aura único. Como si hubiera sido un momento histórico. Como algo que pasaba a la historia. Varios amigos vinieron a ver el concierto y me decían: Raquel, que hayas tocado dentro de la orquesta nos alegra un montón, pero es una pena que no hayas visto desde atrás la reacción del público, la gente llorando.
Fue una grandísima interpretación.
¡Cómo lo hizo Petrenko! Lo difícil que es tener en cuenta a toda esa gente, coros, músicos, los niños.
Más que un director de orquesta, eres un controlador aéreo.
Yo creo que adelgazó esa semana el pobre hombre del estrés. Es que además se deja la vida.
Y en los ensayos también, ¿no?
Cada ensayo es así; él es así. Es brutal; él sí está al servicio absoluto de la música, ¡Madre mía, pienso muchas veces!
Y para ir terminando, una pregunta que puede parecer sencilla, pero que en realidad es muy difícil, especialmente para alguien joven que todavía está construyendo su relación con la vida y con la profesión. Hace muchos años se la planteé a Herbert Blomstedt para Codalario, y él me respondió con una claridad absoluta qué sí. La pregunta era ¿Lla música nos hace mejores personas? De algún modo, él volvió a expresar esa misma idea en su reciente entrevista en el Concert Hall con vuestra orquesta. Pero también hay quien discrepa y sostiene que la música no ennoblece necesariamente a nadie: la historia está llena de grandes amantes de la música que no fueron precisamente ejemplos morales. Usted, desde su experiencia, ¿Cree que la música tiene realmente el poder de hacernos mejores personas?
Sí, muy difícil. Yo creo que sensibiliza más a la gente, la música. Pero no te hace mejor persona. (lo medita). No lo creo.
Entiendo lo que dice. Quizá Blomstedt, por su propia trayectoria, por su vínculo con Leipzig, con Bach y con una cierta idea espiritual de la música, sí cree firmemente en ese poder moral del arte. Hay en esa tradición un idealismo muy fuerte: la idea de dedicar la vida a algo inmaterial, abstracto, aparentemente inútil en términos prácticos, pero profundamente necesario. Para mucha gente, un concierto puede ser más importante que una consulta médica o que una sesión de fisioterapia, en el sentido de que le ayuda interiormente, le da consuelo, le abre algo. Si no fuera así, no acudirían miles de personas a escuchar una orquesta. Pero te entiendo, y más siendo joven, viendo tanta injusticia en el mundo que tenga dudas.
Sí, por lo que dices creo que puede sensibilizar y sanar, pero... no mejorar a las personas. Hitler seguía haciendo barbaridades, a pesar de gustarle a la música. Te ayuda, pero tienes que ser una persona más abierta, más receptiva a empatizar, a sentir lo que está pasando alrededor. Pero no sé si te va a cambiar.
No puedo dejar de preguntarle por el último proyecto que le ha traído a Galicia: Ecos de Breogán. ¿Qué le atrae especialmente de esta propuesta? Imagino que hay una dimensión emocional muy fuerte: hacer música con amigos y hacerla desde Galicia
Sí, en primer lugar, un recuerdo muy, muy especial porque lo grabamos en Tui y porque se tocó por primera vez allí. El público era de casa, tocar con mi hermana, el buen ambiente en el ensayo; no parábamos de reírnos; la ilusión de que somos todos de aquí, gallegos. Y con un nivelazo. De verdad, se está creando una escuela increíble, con mucha gente muy buena y con mucha complicidad. Creo que nuestra generación es mucho más empática en general. Eso hizo que los ensayos no fuesen duros. En cámara hay que ser muy abierto de ideas, muy tolerante. Asumir que tu idea no siempre es la que está bien. Es que realmente todas están bien, pero hay que llegar a acuerdos. La música de cámara sí que creo que nos hace mejores, ¿Ves? Hoy en día en un cuarteto de cuerda hay más y mejor comunicación.
«Hitler seguía haciendo barbaridades, a pesar de gustarle a la música»
Y por último una pregunta tópica pero no menos importante ¿Qué es el talento para usted?
El talento es el trabajo. Yo creo que es mucho más importante el trabajo que el talento. El talento se trabaja. La disciplina es lo que define la vida de muchos músicos. Por supuesto, tampoco sin obsesionarse, sabiendo cuándo hay que descansar, pero descansar sin dejar de tocar.
¿Y la exposición de un músico al público? ¿No le resulta dura?
Yo es que creo que no somos tan importantes.
Pero es una exposición muy mediática; todo el día en el foco. Cuando hay mil personas mirándote, uno y otro día ¿No desgasta?
Sí, pero si están es porque quieren y vienen a disfrutar de la música. Y cuando dejas de pensar que te están juzgando lo disfrutas. Y quien venga sólo a juzgar… me extraña.
Hay algo un poco doloroso en todo esto. A veces parece que en España cuesta reconocer de verdad a los músicos clásicos, incluso cuando están desarrollando carreras extraordinarias fuera. Los medios muchas veces no ayudan, porque tienden a quedarse siempre en el mismo tipo de nombres, de historias o de titulares, y no siempre dan espacio a trayectorias que merecerían mucha más visibilidad. Usted ha tenido repercusión y ha concedido entrevistas a menudo, pero un músico como usted debería ocupar un lugar mucho más central en la conversación cultural. En Alemania o en otros países, en cambio, parece que la relación con este tipo de carrera es distinta: allí se reconoce casi de inmediato el valor de tocar en una gran orquesta o de formar parte de determinados proyectos.
Sí, en Alemania admiran mucho a los músicos de la Filarmónica, pero también a cualquier artista. Cuidan y fortalecen continuamente la Cultura. Cualquier persona en Alemania sabe qué es la Filarmónica de Berlín. Como digo, no somos tan importantes como individuos, pero la Berliner Philharmoniker es parte de la identidad. Eso dice mucho de un país.
Pues que mejor forma de terminar la larga entrevista que con una nota de optimismo. Todo llegará. Lo importante, en cualquier caso, es que existen trayectorias como la suya, que demuestran que desde Galicia y desde España se puede estar en la primera línea musical internacional. Qué sigamos contándolo y celebrándolo.
Foto: Belen Ferrer Thuillier