Pablo Sánchez Quinteiro entrevista a la gran pianista argentina Martha Argerich y al pianista español Pablo Galdo para Codalario. Martha Argerich y Pablo Galdo conversan en Vigo sobre el piano, los concursos, los jóvenes intérpretes, la enseñanza, Nelson Freire y un mundo en cambio que está rehaciendo nuestra relación con la música
Martha Argerich: «Es mejor reinventarse que imitarse»
Una entrevista de Pablo Sánchez Quinteiro
Hay artistas cuya sola presencia modifica la dimensión de un acontecimiento. Martha Argerich pertenece desde hace décadas a esa categoría excepcional. Su llegada a Vigo para la X edición del “Concurso Internacional de Piano Ciudad de Vigo” ha trascendido a la habitual visita de una gran figura invitada. Argerich inauguró el certamen compartiendo piano con Pablo Galdo, director y alma mater de la competición, y a continuación permaneció durante toda la semana entregada a una intensa sucesión de audiciones como presidenta del jurado que culminaron en la gran final con la participación de la Sinfónica de Galicia.
El concierto inaugural, celebrado en el Auditorio Martín Códax, permitió escuchar a Argerich y Galdo en un programa dedicado a Ravel, Debussy, Schubert y Shostakovich, al que se sumó posteriormente “El carnaval de los animales de Saint-Saëns”, con el ilustre oscarizado Jeremy Irons como narrador. Fue el comienzo de una edición particularmente ambiciosa de un concurso que ha conseguido reunir en Vigo como jurados de la presente edición a nombres tan ilustres como Paul Lewis, Robert Levin, Valerian Shiukashvili y Mauricio Vallina junto a la propia Argerich y Galdo.
Argerich habla como si cada pregunta pudiera llevarla inesperadamente hacia otro lugar. Sus respuestas pueden ser brevísimas y, de repente, una asociación abre una historia: Friedrich Gulda, Scaramuzza, Michelangeli, el Concurso Chopin, la desaparición de las tiendas de partituras, los niños absortos ante el teléfono móvil o la necesidad de que el intérprete no se sitúe nunca por delante de la música. Y aparece Nelson Freire. Entonces las palabras se hacen más difíciles.
Pablo Galdo ocupa en esta conversación una posición singular. Es uno de los pianistas españoles con mayor proyección internacional, comparte teclado con Argerich y es, al mismo tiempo, creador y responsable de un certamen que, en apenas diez ediciones, ha conseguido situar Vigo durante una semana en el centro del mundo pianístico.
¿Qué sensaciones les dejaron el concierto inaugural?
(M.A.) Fue un concierto muy alegre. Me gustó. Hubo algo especial. Y el público fue muy interesante, muy lindo, muy cálido.
(P.G.) Nos entendimos muy bien, como siempre. Me dejó muy buen sabor de boca. El público estuvo muy receptivo y tocar con Martha siempre es un lujo.
¿Recordaba haber tocado anteriormente en Galicia?
(M.A.) Sí. Habíamos hecho un concierto con Pablo y también con Sergio Tiempo. Tocamos en Ferrol. Y seguramente estuve alguna otra vez hace muchos años. No sé por qué, tengo también la impresión de haber pasado por A Coruña.
(P.G.) Compartir escenario con Martha y con Sergio fue un evento muy especial en 2019. Nunca sabe uno lo que va a pasar en el futuro, por lo que me satisface muchísimo que posteriormente hayan venido varios conciertos más con ella.
Ha vuelto a compartir escenario con Pablo Galdo. ¿Cómo lo describiría?
(M.A.) Me gusta tocar con Pablo. Es un pianista con el que se entiende una muy bien y eso se traduce en una buena colaboración. Hemos tocado varias veces juntos.
«Estamos tan acostumbrados a lo visual que a veces se mira esto demasiado. A veces no se escucha suficientemente bien porque se está mirando»
¿Y usted a Martha?
(P.G.) Un músico necesita un buen oído, una buena mano, una buena cabeza y un buen corazón y espíritu, y ella tiene todos esos ingredientes. Pero independientemente de otras muchas palabras que pudiéramos utilizar, creo que las todas se quedarían cortas para definirla como pianista.
Desde fuera parecía existir una gran compenetración.
(M.A.) Sí, creo que sí. A nosotros sí nos lo parece.
(P.G.) Cada vez que tocamos juntos sentimos que hay mucha conexión, pero incluso diría que cada vez es mayor. La conexión, en mi opinión, ha ido creciendo.
¿Es especialmente complejo tocar a cuatro manos y más aún con dos pianistas tan temperamentales como ustedes?
(M.A.) Además de lo musical influye la parte física. De si una persona utiliza mucho los codos, de si es más alta... de dónde se coloca cada uno. Todas esas cosas también cuentan. Con algunas personas se puede incluso tocar en la misma banqueta y con otras puede ser un lío terrible. Los codos, el tamaño de cada persona... Si una persona es muy corpulenta y la otra no, por ejemplo. Hay bastantes cuestiones de ese tipo.
Conoce muy bien lo que significa compartir teclado con Martha. ¿Hasta qué punto puede prepararse previamente una interpretación con alguien cuya manera de tocar conserva tanta libertad en el momento del concierto?
(P.G.) La verdad es que no me resulta tan difícil ni tan complicado entender su libertad, porque yo también soy muy libre. Me es más fácil comprender su libertad. Por otra parte, el conocimiento que tienes de la otra persona y el hecho de que tengamos ideas musicales muy similares hacen que todo sea mucho más fácil y fluido, especialmente en el repertorio a cuatro manos y a dos pianos, donde es realmente muy importante tener al menos una intuición y un conocimiento musical parecido.
En El carnaval de los animales contaron con la narración de lujo de Jeremy Irons. ¿Había trabajado anteriormente con él?
(M.A.) No. Era la primera vez. Y también era la primera vez que yo hacía El carnaval de los animales en inglés. Siempre lo había hecho en francés.
¿Cambia mucho?
(M.A.) Sí, mucho. Es muy diferente hacer la versión francesa. Pero funcionó muy bien. Y también disfruté trabajando con los músicos tan jóvenes.
Y al día siguiente comenzó inmediatamente el concurso. Viéndola durante las sesiones daba la impresión de que realmente disfrutaba escuchando.
(M.A.) Sí. Porque me gusta escuchar. Soy curiosa.
«Me gusta escuchar. Soy curiosa»
¿Qué le ha interesado especialmente de este concurso?
(M.A.) Una de las cosas que más me han gustado es que aquí no hay límite de edad. Puedes tener cinco años u ochenta y cinco. En principio, en teoría, cualquiera puede presentarse. Eso me parece muy interesante. También me gusta mucho que no haya límites de repertorio. Cada concursante puede elegir lo que quiere tocar. Solamente está fijada la duración. Eso no sucede normalmente en los concursos.
¿Qué permite descubrir esa libertad?
(M.A.) Muestra la personalidad del concursante. Lo que escoge, lo que le conviene, lo que le gusta tocar y aquello que piensa que toca bien. Ves dónde se siente más cómodo. Naturalmente, también puede complicar las cosas. A veces es muy difícil comparar determinadas obras. Este año hubo, por ejemplo, en la semifinal una chica que tocó una pieza que le había sido dedicada ella. También se escucharon cosas menos habituales. Si alguien tocara únicamente algo así sería muy difícil juzgarlo, pero como se interpretan otras obras también puedes hacerte una idea. El resultado es un poco más caótico que un concurso con un repertorio establecido.
¿Y eso le gusta?
(M.A.) Sí. Es divertido.
También para el público.
(M.A.) Sí, también para el público.
Esa ausencia de límite de edad y esa libertad absoluta de repertorio son dos de las características más singulares del concurso. ¿Por qué decidió plantearlo de esta manera? ¿Ha sido así desde un principio?
(P.G.) La libertad de repertorio y la ausencia de límite de edad han estado ahí desde el principio. Fue algo en lo que yo creía. No lo planteé para hacer diferente al concurso, sino porque realmente no creo que la edad, un número, sea importante para hacer música. Y respecto al repertorio, creo que cada pianista debe interpretar aquel con el que se encuentre más cercano en cada momento.
Y hay una pregunta inevitable. ¿Cómo se consigue reunir en Vigo a un jurado de esta categoría?
(P.G.) El Concurso de Vigo ha tenido siempre la suerte de tener un jurado de gran categoría, pero no he tenido que hacer nada extraordinario: simplemente invité a quienes yo consideraba adecuados en cada momento y la verdad es que a la mayoría les gustó la filosofía del concurso y desde el primer momento aceptaron formar parte del jurado.
«Una de las cosas que más me han gustado del concurso es que aquí no hay límite de edad»
¿Qué le impulsa a asumir año tras año semejante esfuerzo?
(P.G.) El esfuerzo organizativo es inmenso. Hoy mismo va a haber más de mil personas presentes en el auditorio presenciando la final, lo cual es un récord absoluto. Creo que no hay demasiados concursos que tengan más de mil personas en una final, y eso implica muchísimo esfuerzo y muchísima dedicación. Y, por supuesto, sin mi equipo, sin el equipo que tiene el concurso, nada de esto sería posible.
¿Hasta dónde puede crecer todavía el concurso?
(P.G.) El concurso puede crecer todavía muchísimo, año tras año, pero la realidad es que necesitamos también el apoyo de las instituciones. Instituciones como la Xunta de Galicia prácticamente aportan la misma cantidad que el primer año, hace diez años, cuando comenzó el concurso, y hay otras instituciones que incluso ni siquiera te reciben. Es bastante frustrante. Creo que las instituciones públicas deberían apoyar muchísimo más un proyecto de estas características.
¿Qué le ha parecido el nivel, Martha?
(M.A.) Altísimo.
¿Percibe una evolución positiva en las nuevas generaciones de pianistas?
(M.A.) El nivel medio ha subido muchísimo. Eso no quiere decir necesariamente que haya más grandes figuras o más grandes personalidades. No estoy hablando de eso. Pero el nivel medio, el nivel general, ha subido muchísimo. Además, antes de llegar aquí hay una selección previa. Y eso también es muy difícil. Depende de los gustos. Ha ocurrido en concursos muy conocidos que una persona inicialmente no fuese admitida, después pudiera entrar por alguna circunstancia y terminara ganando el primer premio. Eso ha pasado.
¿Hasta qué punto es fiable juzgar a partir de una grabación?
(M.A.) Depende mucho de cómo esté hecha. Una persona puede presentar una grabación muy buena, con un vídeo muy bien realizado, y otra un vídeo peor. La impresión cambia mucho. Y estamos tan acostumbrados a lo visual que a veces se mira esto demasiado. A veces no se escucha suficientemente bien porque se está mirando.
(P.G.) La preselección es muy complicada porque hay muchísimos pianistas y tenemos un jurado de cuatro o cinco personas. La mayoría son fantásticos y, efectivamente, hay vídeos de mayor o menor calidad, pero siempre se intenta ser comedido en los juicios y llegar a una conclusión que permita encontrar a los mejores a través de esos vídeos de preselección. Es cierto lo que dice Martha acerca de las limitaciones del vídeo, pero es el método más fiable que tenemos, porque hacer una preselección presencial y obligar a todos a pagar el viaje para venir hasta aquí sería también inviable.
«El concurso puede crecer todavía muchísimo, año tras año, pero la realidad es que necesitamos también el apoyo de las instituciones»
¿Les convence la idea de realizar audiciones a ciegas?
(M.A.) Se ha hecho en algunos concursos. Estuve hace muchísimos años en un concurso en el que la primera prueba era detrás de una cortina. El jurado no veía al concursante. Ni siquiera era una prueba pública. El concursante tampoco podía hablar ni hacer señales para que alguien del jurado pudiera reconocerlo. Hay muchas maneras de hacer un concurso.
(P.G.) Al final creo que lo visual también cuenta. Es un cómputo general. Ver a una persona, ver cómo un artista se mueve, cómo se expresa… Creo que el cuerpo y los gestos son también una forma de expresión; no solamente la música.
¿Está satisfecha con los finalistas de Vigo?
(M.A.) Sí. Los tres pianistas que llegaron a la final están muy, muy bien. Podrían haber llegado más personas, naturalmente, pero solamente podían ser tres y fueron estos tres. Y nadie protestó. He estado muy contenta con este concurso. He escuchado a mucha gente muy valiosa, gente con carácter.
(P.G.) Mi valoración es igual a la de Martha. Los tres finalistas son fantásticos. Tenemos mucha suerte de tenerlos y esperemos que la gente disfrute todo lo posible. El auditorio va a estar abarrotado y creo que vamos a poder disfrutar de una gran final.
¿Qué busca usted cuando escucha a un intérprete?
(M.A.) Para mi es muy importante que haya una cierta modestia con respecto a la música. No ponerse por delante de la música. Eso es muy importante. Hay intérpretes que pueden deformar cosas que no están escritas así, que no tienen suficiente respeto por la composición. Ese tipo de intérprete también existe. Hay que recordar que somos intérpretes. No estamos improvisando y no estamos haciendo nuestra propia obra. Estamos haciendo la obra de otra persona.
Entonces, ¿dónde queda la personalidad?
(M.A.) Tiene que existir un equilibrio entre el temperamento y la personalidad del intérprete y el respeto a la música. Porque la personalidad de todas maneras se siente. Cuando escuchas tocar a alguien se escucha su personalidad. Y el mal gusto también. Todo eso se escucha.
¿Cómo definiría entonces el papel del intérprete?
(M.A.) Podríamos ser como un fotógrafo. Dos fotógrafos pueden hacer una fotografía de la misma realidad y uno puede conseguir que esa fotografía tenga muchísimo más interés que la del otro, aunque fotografíen la misma escena. Aunque también hay intérpretes que son pintores y otros que son fotógrafos...
¿Y usted cuál es?
(M.A.) Eso ya no sé. [Se ríe.] Pero tiene que haber un equilibrio.
¿Qué consejo le darían a todos esos pianistas jóvenes que han juzgado estos días?
(M.A.) Es difícil dar un consejo general. Si tienen pasión por la música, si realmente les interesa, que continúen con respeto hacia la música, con amor por la música y con entusiasmo, si pueden. Eso es lo más importante.
(P.G.) Uno que me dio a mí una vez Zoltan Kocsis y que no he olvidado: primero, que lo que hagan lo hagan con motivación; y segundo, -el orden realmente no altera el producto-, que intenten siempre buscar la verdad de la música y del compositor.
«Para mí es muy importante que haya una cierta modestia con respecto a la música»
Usted empezó siendo muy pequeña. ¿Cuándo decidió que quería ser pianista?
(M.A.) Yo no elegí nada.
¿La eligió la música a usted?
(M.A.) Se puede decir así, qué sé yo... Pero yo no elegí nada.
¿Ya existía entonces ese entusiasmo?
(M.A.) Supongo que sí. Pero creo que es una cuestión de temperamento. Y probablemente se manifestaba también en otras cosas. Si yo corría, por ejemplo, también estaba ahí. Creo que el temperamento de una persona se manifiesta en muchas facetas.
Después de sesiones larguísimas, incluso 14 horas, hasta bien entrada la madrugada, sorprende verla mantener ese entusiasmo juvenil. ¿De dónde sale tanta energía?
(M.A.) No tengo ni idea.
Algún secreto tendrá.
(M.A.) ¿Qué quiere que le diga? ¿Qué tomo vitamina C?
Sería una información extraordinariamente útil.
(M.A.) No tomo vitamina C. Y no sigo ninguna dieta especial ni nada de eso.
¿Entonces no hay fórmula?
(M.A.) No. Aunque la verdad es que sí tomo vitamina C (se ríe y nos reímos).
Después de una carrera tan larga, ¿su forma de enfrentarse al piano sigue siendo la misma?
(M.A.) No. Es muy diferente.
¿Qué cambia?
(M.A.) Depende del repertorio, depende de las circunstancias, depende de las posibilidades... Depende de muchísimas cosas diferentes.
¿También cambia una obra que lleva décadas interpretando?
(M.A.) Siempre. Siempre cambia. Algo se enriquece, me parece. El material se enriquece.
¿Escucha sus propias grabaciones de hace tiempo?
(M.A.) No muy a menudo.
¿Raramente?
(M.A.) A veces, por curiosidad. Alguna cosa. O para recordar. Pero hay que tener cuidado de no imitarse a uno mismo. Eso también es un peligro. Pienso que es mejor reinventarse que imitarse.
¿Esa necesidad de cambio explica también que el concierto permanezca vivo?
(M.A.) Sí. Y además un concierto en vivo no tiene nada que ver con una grabación.
Si una persona joven no llega a vivir nunca un concierto en vivo es mucho lo que se pierde ¿Le preocupa que las nuevas generaciones puedan alejarse de esa experiencia?
(M.A.) Hay muchos cambios en la vida actual. Ahora tenemos todo lo audiovisual. La gente puede quedarse en su casa y mirar todo lo que quiera. Entonces no viene a los conciertos. En algunos lugares se nota la falta de público. Y hay cosas que están desapareciendo y son reemplazadas por otras.
«Gulda fue muy importante para mí»
¿Por ejemplo?
(M.A.) Las partituras. Hay incluso orquestas que utilizan solamente tabletas. Desaparecen las bibliotecas, las librerías, las tiendas de música... En Ginebra, por ejemplo, que es una ciudad donde hay una ópera, un conservatorio importante y una vida musical muy grande, desapareció la última tienda donde se vendían partituras. Ya no existe.
¿Le produce tristeza?
(M.A.) Sí. Ese tipo de cosas está sucediendo mucho últimamente y cambia nuestra manera de vivir. También cada vez se lee menos. Es muy difícil encontrar jovencitos que lean libros. Y los teléfonos móviles ocupan ese espacio. Pero no solamente los jóvenes. Hasta los niños pequeños. Están con el teléfono y hacen juegos entre ellos con el teléfono. Usted habla de jóvenes; yo hablo de niños muy pequeños.
Esperemos que la obsesión con el móvil sea una moda y que con el tiempo pase y se recuperen otros estímulos.
(M.A.) No lo sé. O que eso pueda conectarse también con otras cosas. Lo importante es que no se pierda la sensibilidad de base. Eso es muy importante.
En su propia historia hubo maestros extraordinarios. ¿Qué significó por ejemplo Friedrich Gulda?
(M.A.) Fue muy importante para mí. Yo ya era fan de Gulda en Argentina. Lo había escuchado cuando era niña. Después él me escuchó y una vez le gustó mucho cómo tocaba. Al principio me dijo que tenía que estudiar con mi propio maestro porque él no daba clases. Después hizo unas clases magistrales en Salzburgo y parece que allí se dio cuenta de que podía enseñar. Entonces me escribieron diciéndome que había decidido tener un alumno y que para eso me había elegido a mí. Y así fue.
¿Era realmente su única alumna?
(M.A.) Sí. No tenía más alumnos. Yo era su única alumna.
Aquello terminó llevando a toda su familia a Viena.
(M.A.) Sí. Tuvimos que hacer muchas cosas para poder venir a Europa porque yo era Argentina. Mis padres terminaron trabajando en la Embajada Argentina en Viena. Fue un cambio muy grande.
Pero antes de Gulda había habido otra figura esencial.
(M.A.) Sí. Vicente Scaramuzza. Era una maravilla. Un personaje muy especial.
¿Cómo eran sus clases?
(M.A.) Conmigo no tocaba. Había sido un buen pianista, pero yo nunca lo escuché. Durante mis clases no mostraba nada en el piano. Me daba las indicaciones sin tocar. Pero parece que con otros alumnos sí lo hacía.
¿No le extrañaba?
(M.A.) No. Hay muchos maestros que no muestran las cosas en el propio instrumento. Rostropovich, por ejemplo, era violonchelista, naturalmente, pero también tocaba el piano. Y durante sus lecciones muchas veces se ponía al piano y mostraba desde el piano, no desde el violonchelo. Hay muchas maneras de enseñar.
¿Quiénes fueron después importantes en su formación?
(M.A.) Estuve también con la señora Lipatti, la viuda de Dinu Lipatti. Después estuve un poco con Nikita Magaloff. Tuve algunas lecciones con Arturo Benedetti Michelangeli. También algunas con Bruno Seidlhofer. Y más tarde hubo una persona que me ayudó muchísimo a volver a tocar: Stefan Askenase.
¿Había dejado de tocar?
(M.A.) Sí. Había dejado prácticamente de viajar y de tocar hacia los diecinueve o veinte años. Había tenido a mi primera hija y habían pasado muchas cosas. Askenase y su esposa me ayudaron muchísimo, sobre todo psicológica y emocionalmente. Entonces volví a tocar.
¿Y poco después llegó el Concurso Chopin?
(M.A.) Sí. Volví alrededor de los veintitrés años y después me presenté al Concurso Chopin.
«Cada vez se lee menos. Es muy difícil encontrar jovencitos que lean libros»
«Askenase y su esposa me ayudaron muchísimo, sobre todo psicológica y emocionalmente. Entonces volví a tocar»
Esta edición de Vigo recuerda además a Tamás Vásáry. Usted ha conocido a un número extraordinario de grandes pianistas. ¿Cómo recuerda aquel mundo?
(M.A.) Vásáry era un gran amigo. Había personalidades muy diferentes. Muchísimas.
Y entre ellas estuvo Nelson Freire.
(M.A.) Sí... [Argerich se detiene.] Nelson era muy importante para mí.
¿Cuándo se conocieron?
(M.A.) Nos conocimos muy jóvenes, en Río de Janeiro, en un concurso. Nelson tocaba el Emperador de Beethoven y allí estaba también Bruno Seidlhofer, que formaba parte del jurado y después sería su profesor en Viena. Él se marchó muy joven, solo, a Europa para estudiar. Después coincidimos en Viena.
¿Qué edad tenían?
(M.A.) Nos conocíamos desde que teníamos unos quince años. Fue una amistad para toda la vida.
¿Era posible separar la amistad de la música?
(M.A.) No realmente. Todo estaba unido.
Volver a Galicia le ha hecho recordarlo especialmente.
(M.A.) Sí. Tengo mucha nostalgia por su ausencia. La vez anterior que estuve aquí él estaba también.
Aquí se le quería muchísimo.
(M.A.) Sí...
¿Le cuesta hablar de él?
(M.A.) Sí. No puedo.
Lo entiendo.
[Silencio.]
Mañana la final contará con la Orquesta Sinfónica de Galicia, una formación con la que Nelson Freire mantuvo una relación muy fructífera durante muchos años.
(M.A.) Sí, tengo oído que es una gran orquesta.
Lo es. Tiene sólo treinta años de historia: músicos extraordinarios, muchísimo entusiasmo y una energía especial. En Galicia estamos muy orgullosos de ella. Y que esté mañana acompañando a los tres finalistas es también una muestra de la dimensión que ha alcanzado el concurso.
(M.A.) Sí, claro.
«Nelson Freire era muy importante para mí...»
Entre los grandes pianistas que conoció aparece también Alfred Cortot, ligado a una historia muy singular de sus primeros años en Argentina.
(M.A.) Sí. Cortot vino a Buenos Aires a dar un concierto extraordinario. Tocó los Preludios y los Estudios de Chopin: un bloque en una parte del recital y el otro bloque después. Y precisamente durante aquel concierto se anunció la muerte de Evita Perón.
¿Se suspendió?
(M.A.) No. Fue una conmoción enorme en Argentina, naturalmente, pero el concierto no se suspendió. Cortot continuó y terminó su recital.
Hay también una historia española detrás del apellido Argerich.
(M.A.) Sí. Mi familia era de origen catalán. La historia se remonta al siglo XVII. Fuimos incluso al pueblo de donde procedía la familia y vimos las tumbas. Era muy curioso porque la grafía del apellido iba cambiando. Aparecía escrito de diferentes maneras, pero eran nuestros antepasados. El primer antepasado que llegó a Argentina desde Cataluña, a mediados del siglo XVIII, era médico. Y después se formó allí una saga importante de médicos. Incluso existió un Hospital Argerich en Buenos Aires.
¿Es entonces un apellido relativamente conocido allí?
(M.A.) Sí. Hay bastantes Argerich que proceden de esa familia. Y hubo también un Argerich relacionado con los primeros trabajos de identificación de personas mediante las huellas dactilares.
Después de compartir escenario con Martha y de verla durante toda una semana escuchando concursantes, ¿qué es lo que más te sorprende de ella?
(P.G.) Después de toda una semana escuchando participantes, lo que más me sorprende de Martha es su energía y su vitalidad. Cuando hemos tenido que escuchar a más participantes porque realmente lo merecían y a todo el jurado nos parecía interesante, estaba dispuesta a hacerlo. Su energía, su espíritu… en realidad, todo. Siempre que está en el jurado de Vigo es enormemente profesional.
¿Qué significa para el concurso que Martha no venga únicamente a ofrecer un concierto, sino que participe de esta manera tan intensa en toda la competición?
(P.G.) Es un lujo auténtico y una suerte por la que siempre hay que estar agradecidos a la vida. Vigo y el Concurso de Vigo deben considerarse afortunados y yo también me considero así. Tengo la suerte de tener amistad con ella, porque además es una persona estupenda, pero poder realizar juntos este tipo de proyectos profesionales es algo realmente extraordinario.
«Mi familia era de origen catalán»
Y personalmente, ¿Qué significa haber conseguido construir una relación musical que permite compartir escenario con ella?
(P.G.) Para mí es un lujo, pero independientemente de su nombre: lo es por la calidad de la música que produce. Siempre me ha gustado tocar con músicos fantásticos y, si además son geniales, muchísimo mejor. No hay realmente otro objetivo que disfrutar haciendo buena música, música de calidad, con una música extraordinaria. Para mi carrera pianística, por supuesto, es algo increíble. Si hace veinte años me hubieran dicho que iba a tocar varios conciertos con Martha Argerich, no me lo habría imaginado. Mi primer contacto con ella fue escuchándola la Sonata en si menor cuando yo era un niño y siempre me encantó; siempre estuvo entre mis pianistas favoritas. Poder tocar ahora con alguien que ha sido uno de tus ídolos de toda la vida es muchísimo. Y obviamente, sentarme al piano con una artista de esta dimensión supone otro paso en mi carrera por el que solo puedo dar las gracias.
Martha ¿Qué se lleva finalmente de estos días en Vigo?
(M.A.) Me ha gustado mucho venir aquí.
¿Entonces volverá?
(M.A.) Sí.
¿También al concurso?
(M.A.) Sí.
Aunque después de semejante maratón de audiciones quizá necesite descansar del concurso durante un tiempo.
(M.A.) No. Al contrario. Lo malo es que ya se termina.
Lo dice después de varios días escuchando piano durante horas, de sesiones que se prolongaron hasta bien entrada la madrugada y de una conversación en la que vuelve una y otra vez a los mismos conceptos: curiosidad, respeto por la música, sensibilidad.
Tal vez ahí se encuentre también parte de la respuesta a la pregunta que Argerich con su voz dulce, leve y sorprendentemente juvenil, despachaba entre risas asegurando no conocer ningún secreto para conservar su energía. A sus ochenta y cinco años, después de dedicar una vida entera al piano y de haber convivido con buena parte de la historia pianística del último siglo, Martha Argerich mantiene intacta una fórmula esencial contra la rutina: «Es mejor reinventarse que imitarse».
Fotos: PSQ