CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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CRÍTICA: RAMÓN TÉBAR DIRIGE UNA 'LUCIA DI LAMMERMOOR' DE ALTURA EN EL FESTIVAL DE ÓPERA DE LA CORUÑA. Por Alejandro Martínez

14 de septiembre de 2013
Foto: Miguel Ángel Fernández

SPANISH LUCIA

Lucia di Lammermoor (Donizetti). Festival de Ópera de A Coruña, 10/09/2013

 

     El mismo día en el que se cumplían catorce años del fallecimiento de Alfredo Kraus, el Festival de Ópera de A Coruña, en su 61ª edición, ponía en escena la ópera Lucia di Lammermoor con Celso Albelo, el tenor español más destacado de nuestros días y confeso admirador del fallecido maestro canario, cuya hija, Rosa Kraus, se encontraba entre el público asistente. Junto a Albelo, en el rol titular, se había dispuesto la presencia de la soprano María José Moreno, seguramente la voz ligera más destacada del panorama español, aunque con una proyección internacional injustificadamente escasa.

     La pareja protagonista rindió a un nivel excepcional, si bien el primer acto fue algo más titubeante, una suerte de calentamiento general que coronó en un brillante "Verranno a te". Albelo comenzó así con un timbre algo seco y nasal, aunque pronto ubicó la voz donde acostumbra, recreando además un fraseo romántico y vibrante. Ante tal suma de lirismo y gallardía, poco más cabe demandar para un Edgardo, servido además con derroche de medios en el sobreagudo. Celso Albelo fue justamente ovacionado en su escena final y se entregó sin contemplaciones durante el segundo acto, destacando sobremanera en el "Hai tradito" y en el sexteto, coronado con voluminoso sobreagudo. No faltan hoy quienes le reprochan cierta tendencia a imitar a Kraus. Francamente, no vemos inconveniente alguno en inspirarse en el maestro para labrar su propio camino, como Albelo viene haciendo.

     María José Moreno ofreció una Lucia impresionante en las páginas de puro belcanto, destacando sobremanera su impecable y logradísima escena de la locura. En el debe, se echa en falta un fraseo más maduro y entregado en las partes más dramáticas, como el dúo con Enrico. La coloratura durante el primer acto ("Regnava nel silenzio") no fue tampoco tan pluscuamperfecta como demostró después. Asimismo, la dicción admite mejoría por momentos. El timbre, homogéneo en toda la extensión, ofrece un sonido luminoso, pleno, brillante y esmaltado en el sobreagudo. Como decíamos, su escena de la locura fue un derroche de medios y técnica, digno de poner en pie a cualquier teatro internacional de primer nivel. Así las cosas, una Lucia a la altura de Ciofi, Rancatore o Damrau, seguramente las tres mejores Lucias de los últimos años, junto a otras no menos destacables como las de Mosuc o Pratt.

     El coruñés Javier Franco fue un esmerado y solvente Enrico. Entregado en todo momento, buscó los agudos añadidos por la tradición, apoyándose  siempre en un retrato firme y fiero -quizá demasiado fiero a veces- del rol. El bajo G. E. Iori fue un correcto Raimondo, de emisión no siempre homogénea. Destacó, eso sí, su esfuerzo en ofrecer variaciones, no demasiado logradas también hay que decirlo, en la repetición de la cabaletta hacia el final del primer acto. Igualmente solvente el Arturo de José Francisco Pardo.

    Al frente del foso se encontraba Ramón Tébar, el director titular de la Ópera de Miami. Encontramos en él una batuta inspirada, rica en contrastes, solvente en la recreación de atmosferas, atenta a la melodía y a las voces y con una destacada vocación teatral. En el debe, sea o no responsabilidad suya, la decisión de cortar la escena de la torre, como ya es costumbre, por desgracia. La Orquesta Sinfónica de Galicia sirvió con buenos mimbres, aunque echamos de menos a veces un sonido más ligero, menos contundente. Más que apreciable la labor del Coro GAOS, no siempre empastados pero con un material destacable.

     La producción de Alfonso Romero, su segunda Lucia en apenas un año, tras la vista en Pamplona, no presenta demasiados alardes aunque puede defenderse como un aprovechamiento más o menos solvente de materiales anteriores, procedentes de un taller italiano de escenografía (Soc. Oxa di Mario Amodio), con vestuario de Lorena Marín (Sastrería Tirelli). Se trata de telones pintados y escenografías fijas, de esmerada factura en ocasiones, pero que lo mismo podrían valer para Lucia que para Macbeth. Romero intenta ir algo más allá de esa escenografía fija y plana, con una dirección de actores irregular, a veces inspirada, a veces intuitiva, y con una iluminación (Rafael Mojas) no siempre lograda, generalmente demasiado oscura. Destaca, eso sí, la inclusión del cadáver de Arturo durante la escena de la Locura. Seguramente el bajo coste de una producción como esta sea su principal aval, pero no es menos cierto que en líneas generales estuvo muy por debajo del espectáculo vocal servido por la pareja protagonista.

 

Fotografía: Miguel Ángel Fernández

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