CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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CD: 'IDOMENEO' DE MOZART, DIRIGIDO POR PRITCHARD EN 1956.Por Hugo Cachero

29 de septiembre de 2013
Foto: Brilliant
 
 MAGNÍFICA LECTURA
 
Idomeneo, de W. A. Mozart. Richard Lewis (Idomeneo), Léopold Simoneau (Idamante), Sena Jurinac (Ilia), Lucilla Udovich (Elettra), James Milligan (Arbace), William McAlpine (Gran Sacerdote), Hervey Alan (La Voce). Glyndebourne Festival Chorus and Orchestra. Sir John Pritchard, director. 1956.

   No debería ser necesario a estas alturas insistir en las virtudes de Idomeneo, que convierten a esta ópera en una obra maestra. La originalidad de su estructura, el imaginativo uso del recitativo (secco y stromentato), la manera en que se concatenan los diferentes números, la importancia otorgada al coro. el genio mozartiano fue capaz de ofrecer una obra, en la senda de Gluck, que ampliaba los horizontes de la ópera seria de corte italiano de una forma que resultó tal vez demasiado desafiante para sus contemporáneos. No obstante estas virtudes no debía ser tan evidentes en el año 1956, que es el de la grabación que ahora reedita el sello Brilliant Classics en su Opera Collection, con licencia de EMI; registro pues clásico (y el adjetivo tiene aquí varios significados) que corresponde a lo que se conoce como "versión de Viena", adaptación del propio Mozart sobre la original del estreno en Munich, cuya novedad más destacada fue el cambio del personaje de Idamante de castrato soprano a tenor; opción ésta la más habitual en las representaciones de la ópera desde los años 50 hasta que poco a poco logra consolidarse la versión original, donde el papel del castrado es interpretado por una mezzosoprano.
   Por el año de la grabación y por la enorme evolución que ha sufrido la interpretación de este repertorio a lo largo de las últimas décadas (ni tan siquiera se nos ocurriría esperar variaciones en las arias, por ejemplo) sorprende la magnífica lectura que Sir John Pritchard realiza de la partitura al frente de las huestes del festival de Glyndebourne; solamente es necesario escuchar la vibrante obertura para darse cuenta que nos encontramos ante una mozartiano de altura. Es cierto que se puede reprochar excesiva lentitud en algunas arias, pero el resultado global consigue poner de manifiesto toda la intensidad dramática de la partitura y puede mirar a la altura de los ojos a versiones mucho más recientes; en este sentido es paradigmática la larga escena del final del segundo acto o el impresionante coro del tercer acto "O voto tremendo!" que enlaza de forma orgánica con la casi belcantista cavatina de Idomeneo Accogli, o re del mar y su delicado acompañamiento con pizzicato de las cuerdas. Mención especial para el cuidado minucioso puesto en los vientos, tan importantes siempre en Mozart, como puede comprobarse en el aria "Se il padre perdei". En el haber del director también deben anotarse los conjuntos (sobre todo el cuarteto "Andró ramingo e solo", perfectamente concertado) mientras que en el debe, por citar alguna cosa, la intervención del coro "Pietá! Numi pietá!" que resulta algo confusa.

   En su derivada vocal la grabación también tiene gran interés, con  un reparto de nivel en sus cuatro protagonistas (no podemos incluir entre ellos al personaje de Arbace, habiéndosele amputado sus dos magníficas arias), aunque más destacado por el lado de las mujeres que de los hombres. Para la Ilia de Sena Jurinac solamente caben elogios, lo que por otra parte es casi una obligación con esta excelsa cantante; su elegancia quintaesencial se amolda perfectamente al carácter de su personaje y sus intervenciones se cuentan por perlas de un engarce precioso; escúchese por ejemplo   "Se il padre perdei" ya citado, o "Zefferitti lusinghieri", para decubrir ese algo indescriptible que diferencia a los más grandes interpretes del compositor salzburgués. También excelente Lucille Udovick como Elettra, con una parte de gran dificultad que presenta además una gama de sentimientos contrapuestos, desde la ira de "Tutte nel cor vi sento" a la -momentanea- ensoñación amorosa de "Idol mio, se ritroso" (quizás donde mejor está) y por supuesto la Smania y furie de la conocida "D'Oreste, d'Aiace", donde tan fácil es caer en excesos (y no hace falta aquí recordar algunas interpretaciones "wagnerianas", escalofriantes por impropias); nada de ello encontramos en Udovick, que opta por el mejor camino: ceñirse a la música; lástima que no se nos ofrezca la repetición en el aria. El papel titular está interpretado por Richard Lewis, al que no beneficia su pronunciación, aunque el color de su voz trasmite los tintes regios propios del personaje al menos en la zona grave y central (el agudo, blanquecino y afalsetado, es considerablemente menos interesante). Sea como sea, hay que destacar el trabajo desarrollado en la expresividad a lo largo de toda la ópera, en arias y retitativos, lo que se manifiesta en un canto siempre intencionado, de muchos matices emocionales, como en la escena recitativo acompañado-aria "Qual mi conturba i sensi" - "Fuor del mar" (en versión aligerada de coloraturas, aunque se permite incluir al final una cadencia cuyo efecto estético no está demasiado logrado), o en la postrera "Torna la pace al core". Por último, Léopold Simoneau como Idamante realiza también una importante labor de caracterización, moviéndose siempre en unos terrenos de elegancia que podemos calificar como "neoclásica", lo cual es muy adecuado a la obra, aunque lastrada por unos acentos excesivamente blandos. Es justo decir que la visión que hoy podamos tener del papel puede verse comprometida por el recuerdo de su interpretación por mujeres, más habitual en la actualidad (¿llegará el tiempo en que lo veremos también a cargo de contratenores?); en todo caso, la voz de Simoneau ofrece  suficiente contraste con la de Lewis como para mostrar adecuadamente la dicotomía Idomeneo/Idamante, es decir, la de padre/hijo, uno de los temas sobre los que se desarrolla la ópera.

   En resumen, una gran versión con unos mimbres que sobrepasan el mero interés arqueológico y de poco menos que obligado conocimiento para mozartianos de hoy y de siempre, a pesar de los molestos cortes; aunque no la recomendaríamos como primera opción habiendo otras más filológicas.
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