CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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CRÍTICA: EVGENY KISSIN CON IBERMÚSICA EN EL AUDITORIO NACIONAL. Por Gonzalo Lahoz

9 de noviembre de 2013
Foto: Steve J. Sherman
PARÁFRASIS DEL COLOR

4/11/13 Madrid. Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. Obras de Schubert y Scriabin. Evgeny Kissin, piano.

   De todas las sonatas para piano de Schubert, Evgeny Kissin se decantó en esta ocasión por la D850. Una decisión que en principio debería ser la más acertada, dadas las cualidades del brillante pianista ruso y las características de la obra del compositor vienés. Nos encontramos ante una partitura predominantemente rápida y enérgica, repleta de ritmos sincopados, de trinos  - en los que Kissin aprovecha en un acto de virtuosismo circense para secarse el sudor con la otra mano -, a la que él mismo se encargó de insuflar más vitalidad y energía, con una lectura verdaderamente rápida y colorista, digamos desenfadada. Aunque muchos parezcan obcecarse en entender a Schubert como el músico de los grises -que desde luego los hay en su música y en todo caso sublimes grises-, hay muchos más colores dentro de él, ¡pero si en Rosamunde hay colores que no ha visto el ojo humano! El segundo movimiento - Con moto - resulta más introspectivo, con el eminente tema cantabile contrastado y un tanto distraído. Kissin realiza aquí una fuerte contraposición de forte y piano que marca el juego de negras y corcheas que abre el movimiento y quizá ya con ello se aleje de la comprensión y el necesario sosiego de otros grandes pianistas, dando a entender que algo de Schubert aún se le escapa, algo fundamental: la mirada hacia el interior de uno mismo.

   Si a Schubert hay quien lo asocia al gris, el nombre de Scriabin siempre se une a todos y cada uno de los colores, máxime cuando el propio compositor gustaba desarrollar sus capacidades sinestésicas, asociando diferentes colores a las distintas tonalidades. El problema de la sinestesia es que ni siquiera dos personas con esa capacidad tienen por qué ver los mismos colores, lo cual nos vuelve a llevar hasta el ejemplo de Schubert, para quien algo es gris, puede no serlo para otro.
Sea como fuere, Kissin desplegó su mejor hacer con las partituras del ruso, con una evocadora Sonata nº 2, con tresillos espléndidamente dibujados y un juego de dinámicas bien construido, con unos  prodigiosos pianissimi en el extremo derecho del teclado mientras la mano izquierda dibujaba un insinuante juego de corcheas, para desplegarse a continuación en un trepidante finale que rozaba el prestissimo, con el intercambio constante de corcheas y negras entre la mano izquierda y la derecha perfectamente dibujado, tal y como ocurrió con la selección de estudios que preparó a continuación.

   Tres propinas y no más porque el pianista no quiso, dado que el público seguía aplaudiendo de pie en la sala tras escuchar un arreglo de una Sicilianne de Bach que lleva tocando practicamente desde el primer día que se puso delante de un piano; un nuevo estudio de Scriabin, y un Chopin, la Polonaise Op.53, demasiado histriónica. Para gustos, los colores.
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