CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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CRÍTICA: 'DON PASQUALE', EN LA ÓPERA DE OVIEDO, BAJO LA DIRECCIÓN MUSICAL DE MARZIO CONTI. Por Rubén Martínez

20 de noviembre de 2013
La Ópera de Oviedo lleva a buen puerto su Don Pasquale capitaneado por un incombustible Carlos Chausson

 A BUEN PUERTO

 

    El pasado domingo se estrenaba el tercer título de la presente temporada operística ovetense. Se trata del Don Pasquale de Gaetano Donizetti, obra estrenada en Paris el 3 de enero de 1843 y que simboliza un nexo de unión entre la tradición de un género buffo que daba claros síntomas de decadencia a mediados del siglo XIX y el romanticismo imperante en el melodrama italiano.

     No es Don Pasquale una de las obras más representadas del maestro de Bérgamo a nivel mundial, a pesar de ser una de las más inspiradas. Sin duda son las Lucia di Lammermoor, Elisir d'amore y Fille du Régiment las que ocupan el podio donizettiano en cuanto a preferencias de los programadores internacionales. Así, por ejemplo, en el coliseo ovetense sólo había estado presente con anterioridad en cuatro temporadas. En 1960 con un jovencísimo Alfredo Kraus como Ernesto, en el festival de 1971, en el de 1982 con la italiana Mariella Devia como Norina y en 1990 con el emblemático bajo buffo Enzo Dara en el rol titular acompañado de una María Bayo al inicio de su carrera.

     La representación a la que asistimos transcurrió de forma apacible, fluida, con una Orquesta Oviedo Filarmonía que ofreció un sonido de una calidad superior al nivel al que nos tiene acostumbrados, a las órdenes de su titular, Marzio Conti, quién firmó una versión aseada y solvente de la partitura donizettiana, ágil y vivaz, chispeante por momentos, generosa en variaciones dinámicas, jugando con las regulaciones temporales y las intensidades, sin que la tensión en el foso decayese prácticamente en ningún momento.

     La producción ofrecida, firmada por el murciano Curro Carreres y que se estrenó en la Ópera de Las Palmas de Gran Canaria en 2006, traslada la acción en el espacio y en el tiempo, situándola en un crucero en los años 30 del pasado siglo. La intención del regista es hacer un guiño a las comedias burguesas cinematográficas que tanto proliferaron en la década de los 30 y 40 intentando lograr una estética propia del cine clásico en blanco y negro, algo a lo que contribuye especialmente la iluminación de Eduardo Bravo. Funcionan especialmente bien algunos cuadros como el momento del embarque que acompaña a la obertura, el melancólico preludio de trompeta del "Povero Ernesto" en el pub de la embarcación o la escena final nocturna en cubierta con el cielo estrellado. De este modo, con un elemento escenográfico único que permite recrear y alternar a buen ritmo escenas en cubierta con otras en interiores, se presenta una producción agradable, sobre todo en términos estéticos, que no traiciona en exceso la esencia del libreto aunque no exenta de ciertas incoherencias y alguna dosis de confusión por mucho que se modifiquen ciertas palabras del mismo, algo que no deja de ser discutible y que no impide momentos en los que el texto chirría con la escena. La presentación de Norina y Malatesta como una pareja de timadores que parecen tener entre ellos algo más que un interés crematístico común no termina de casar con el desenlace final de la obra salvo que el casamiento con Ernesto sea más fructífero que con Don Pasquale a estos efectos. El marketing empleado por la Ópera de Oviedo en varios mupis de la ciudad en forma de un impactante cartel de Carlos Chausson como El Padrino, aunque de impecable ejecución, no parece que guarde especial relación con la obra ni con la producción más allá de un leitmotiv cinematográfico. Ya puestos, sí se aprecian más similitudes entre el carácter caprichoso e indómito de la protagonista de Historias de Filadelfia, interpretada por una legendaria Katharine Hepburn, y la Norina operística, lo que justifica mejor la presencia de un fotograma de este film en la portada del programa de mano.

    El veterano bajo Carlos Chausson dio vida al rol titular. A sus 63 años sigue exhibiendo una envidiable forma física y vocal. Ponerle algún pero sería muy difícil. Su instrumento sigue luciendo presencia sonora, rotundidad, homogeneidad, decibelios y seguridad a raudales. Su mimetización con el personaje es sorprendente y su prestación actoral irreprochable, especialmente en los numerosos recitativos que incluye su parte. En ningún momento se aprecia que atraviese dificultades, ni siquiera en su dúo con Malatesta del tercer acto, con una articulación tan endiabladamente veloz como perfecta. Es un auténtico lujo haber podido contar con este extraordinario artista que ya no se prodiga en exceso en los escenarios pero que es un verdadero ejemplo para las jóvenes generaciones, un cantante que, en cierta similitud con el gran Alfredo Kraus en términos de enfoque profesional y longevidad vocal, se ha concentrado en un puñado de roles en los que se ha evidenciado como genuina referencia, preservando magistralmente la esencia y calidad de su instrumento.

     El papel de Norina fue encarnado por la soprano asturiana Beatriz Díaz, a la que afortunadamente la Ópera de Oviedo le está confiando roles protagónicos y ya no sólo en segundos repartos. El instrumento de Beatriz es lírico, con abundante metal y considerable tamaño. La tradición ha hecho que el rol de Norina haya sido afrontado en no pocas ocasiones por voces muy ligeras, casi soubrettes. Recientemente, sin embargo, instrumentos de mayor calibre como el de la rusa Anna Netrebko, han incorporado esta parte a su repertorio obteniendo, como en su caso, importantes éxitos. En nuestra opinión el carácter indómito de Norina permite y casi demanda un acercamiento de cierta densidad vocal y es en esta línea en la que Beatriz Díaz ha hecho justicia al personaje, guardando, si se me permite, cierta similitud con la aproximación que su maestra, la gran Mirella Freni, hiciese al mismo en el registro discográfico de EMI bajo la dirección de Riccardo Muti. Musicalmente intachable resultó un torbellino en el escenario, llenándolo a pesar de su pequeña estatura y alcanzando momentos brillantes en sus enfrentamientos con Chausson.

     El Ernesto fue asumido finalmente por José Luis Sola, tras haber tenido que abandonar la producción durante los ensayos el crevillentino Antonio Gandía. Sola ofreció una dignísima recreación de un personaje que se adapta mejor a sus características vocales que el Alfredo de Traviata del que encarnó una única representación el mes pasado en el mismo teatro. Rol de tesitura endiablada, demanda un excelso control sobre el canto en la zona de paso, con multitud de notas en ese registro, y ya desde su primera gran intervención "Sogno soave e casto" pasando por la exigente "Mi fa il destin mendico" que, en esta versión, no se hizo a doble vuelta. Se apreció en el tenor una mayor homogeneidad en la emisión con respecto a otras ocasiones y, sobre todo, una menor presencia de esos pequeños quiebros de su instrumento en los finales y transiciones entre frases que en ocasiones afean su discurso e incrementan la sensación de una emisión tensionada. Resolvió con musicalidad, valentía y control diafragmático su gran escena "Povero Ernesto!- Cercherò lontana terra - E se fia che ad altro oggetto" aunque sin culminarla en do sostenido. La voz corre de forma sobrada por la sala a pesar de que cierta parte del público se quejase de que el "Com'è gentil" llegaba demasiado lejano.

     El Doctor Malatesta del barítono Bruno Taddia nos dejó sensaciones contradictorias en el sentido de que es difícil sacar más partido a un material tan pobre, tan carente de mordiente, ausente de metal, falto de armónicos y extensión tan limitada. Diríamos que es hasta cuestionable que su instrumento pueda definirse como lírico en términos de emisión, con un concepto muy personal del apoyo y unos graves sonrojantes. En este sentido Taddia parece haber hecho de la necesidad virtud y en cierto modo compensa la escasísima calidad de su sonido con una recreación actoral muy solvente, aunque un tanto sobreactuada, así como una articulación del texto más que notoria, sobre todo en los recitados, hasta el punto de que a veces logra hacer olvidar al espectador lo paupérrimo de su material.

     El barítono Bruno Prieto cumplió con creces en su papel de Carlotto como falso notario. El Coro de la Ópera de Oviedo volvió a demostrar sus tablas, su musicalidad y su empaste. Cuando la dirección escénica acompaña, como en este caso,  los números que ofrece esta formación coral son de lo más interesante de la velada. Su "Che interminabile andirivieni!" cosechó una de las ovaciones más intensas y sinceras de la noche a telón abierto.

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