CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas 2014

Crítica: Ciofi y Lemieux protagonizan "Tancredi" en el Teatro Campos Elíseos de París

22 de mayo de 2014

CIOFI EN ESTADO DE GRACIA

Por Alejandro Martínez

19/05/14 París: Théâtre des Champs Elysées. Rossini: Tancredi. Marie-Nicole Lemieux, Patrizia Ciofi, Antonio Siragusa, Christian Helmer, Josè Maria Lo Monaco, Sarah Tynan. Orchestre Philarmonique de Radio France. Choeur du Théâtre des Champs Elysées. Enrique Mazzola, dir. musical. Jacques Osinski, dir. de escena.

  Desde 2012 en Berlín, a las órdenes de Zedda, no retomaba Patrizia Ciofi una de sus mejores y más acabadas creaciones, la Amenaide de Tancredi de Rossini. Y asombra comprobar hoy la plenitud e idoneidad de medios, temperamento y adecuación estilística con que continúa abordando esta parte. A estas alturas de su trayectoria ya sabemos dónde residen las virtudes y flaquezas de Ciofi, superando con creces las primeras a las segundas, dicho sea de paso. En esta ocasión mostró un dominio absoluto del papel, cómoda de principio a fin, con un timbre menos áfono que en sus últimas actuaciones y abundando en una interpretación intensa, de entrega constante. No destaca Ciofi tanto por el material que ofrece, como sí por el magisterio con que administra su canto. El belcanto, como concepto, es exactamente lo que hoy personifica Patrizia Ciofi con realizaciones como esta Amenaide. Antes de abundar en el comentario del resto de intervinientes, conviene recordar que un jovencísimo Rossini de 21 años tuvo su primer gran triunfo con una ópera seria allá por 1813, en Venecia, con este Tancredi, que fue acogido entonces como una propuesta revolucionaria. Estamos ante una partitura deslumbrante, preñada de imaginación, de vocación creativa y con una teatralidad singular. Una obra maestra que ponía al joven Rossini, sin duda, a la altura creativa de un joven Mozart. Si bien el propio argumento facilita una trama muy reducida y encorsetada, sorprende la brillantez con que Rossini consigue recrear los afectos de los personajes. La partitura incorpora además páginas de una belleza arrebatadora, como esa introducción a la escena cuarta del segundo acto.

  En estas representaciones de París se ha empleado el final de Ferrara, el segundo propuesto por Rossini tras el estreno de Venecia, que presenta a Tancredi moribundo en la última escena, muriendo en brazos de Amenaide, de acuerdo con el texto original de Voltaire. Se trata de un final espléndido e inusual, con la orquesta callando conforme Tancredi fallece, casi al modo del final del muy posterior Otello verdiano. Se incorporaban también alganos cortes y revisiones debidos a la revisión final de Milán de 1813.

   En el papel titular, retomando un rol ya interpretado antes en Toronto, destacó la mezzo de origen canadiense Marie-Nicole Lemieux. Su fonación, un tanto gutural, nada homogénea y con un regusto ventrílocuo, recuerda sin embargo a la de la gran Marilyn Horne, con la que de hecho comparte Lemieux una cierta especialización en el repertorio y un común acento teatral. Horne fue, no en vano, una de las grandes y primeras defensoras del rol de Tancredi en los 80, antes de que Podles, primero, y Barcellona, después, se adueñasen de su interpretación ya entrados los 90. Lemieux, si hacemos abstracción de esa citada emisión ventrílocua y gutural, es una artista muy solvente. No sólo muestra una buena línea, netamente belcantista, sino que es capaz de construir un papel totalmente creíble en escena. Y no estamos tampoco ante una actriz memorable, pero su canto es lo suficientemente expresivo como para trasladar los diversos estados de ánimo y temperamentos por los que atraviesa el rol de Tancredi. Bordó su página más conocida y popular, el archiconocido “Di tanti palpiti”, y fue una réplica perfecta para Ciofi en sus muchos dúos a lo largo de la partitura. Administró también con lograda contención la emoción de su página final, falleciendo en manos de Amenaide.

   Muy estimable el italiano Antonio Siragusa como Argirio. No posee un timbre eufónico, pero domina el lenguaje rossiniano y la emisión es limpia y canónica. Solvente también en la coloratura y en los pasajes más ágiles, así como eficiente en el sobreagudo. Buenos medios los del joven bajo Christian Helmer como Orbazzano, aunque inmaduro en la emisión y en el acento. Y muy solventes las dos comprimarias, Josè Maria Lo Monaco como Isaura y Sarah Tynan como Roggiero, luciendo esta última especialmente en su breve "Torni al fin ridente".

   Firmó un buen trabajo en el foso, en términos generales, el director italiano de origen español Enrique Mazzola, que se asienta poco a poco como un rossiniano a seguir. Al frente de la Orchestre Philharmonique de Radio France, dispuso una dirección marcada por dos virtudes: la solvente concertación con las voces durante toda la función y la recreación de un sonido variado, ora vivo y vertiginoso, ora lírico y contemplativo. Tras una obertura un tanto gruesa y poco matizada, el resto de la función transcurrió por un cauce mucho más afortunado.

   Irrelevante desde todo punto de vista el trabajo escénico de Jacques Osinski, con escenografía y vestuario de Christophe Ouvrard e iluminación de Catherine Verheyde. Visiblemente abucheada, esta nueva producción del Teatro de los Campos Elíseos no es otra cosa que una mera traslación de época en el vestuario y en la escenografía; totalmente hueca. Con un parca y genérica dirección de actores, termina por ser casi una versión en concierto con decorados en el sentido más antiguo y rancio del término. Decepcionante.

Foto: Vincent Pontet/WikiSpectacle

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