CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas 2014

Crítica: Chailly dirige el 'Requiem' de Verdi en la Scala

5 de octubre de 2014

Chailly rinde homejane a Abbado en La Scala de Milán

BAJO LA LUZ DE CLAUDIO ABBADO

Por Alejandro Martínez

04/10/2014 Milán:Teatro alla Scala. Verdi: Requiem. Anja Harteros, Elina Garanca, Matthew Polenzani, Ildebrando D´Arcangelo. Orquesta y Coro del Teatro alla Scala. Ricardo Chailly. dir. musical. Bruno Casoni, dir. del coro.

   ¿Quién no tiene en su memoria las imágenes de ese Requiem de Verdi que Karajan filmó precisamente en la Scala con Price, Cossotto, Pavarotti y Ghiaurov? Ese mismo escenario acogía en esta ocasión dos representaciones del Requiem verdiano, para honrar la memoria del desaparecido Claudio Abbado, otrora director titular de la Scala, puesto que ahora desempeña su discípulo Riccardo Chailly. A decir verdad el homenaje fue tan monumental como sincero y no en vano la interpretación se cerró con al menos medio minuto de completo y estremecedor silencio en la colosal sala de la Scala.

   La Scala parece haber encontrado en Chailly la esperada figura de un titular idóneo y firme, con autoridad y personalidad suficientes e italiano para más señas. Hay de hecho en él algo de la más arraigada tradición de las batutas italianas al tiempo que parece insuflar un cierto aire nuevo en su enfoque. El gesto, elegante y claro, se traduce en un sonido igualmente nítido y compacto, poco dado a manierismos. De hecho, en líneas generales Chailly dispone un Requiem menos teatral y operístico que el que firma hoy en día Muti, como tuvimos ocasión de ver hace apenas unos meses en el Teatro Real. Chailly devuelve más bien a esta partitura todo su sentido litúrgico, desde una contención muy bien medida, en la que la luz se entremezcla con las tinieblas dejando lugar a una recóndita esperanza. No es el suyo pues un Requiem tormentoso y atormentado, casi barroco, como el que otras batutas han dispuesto a veces. Desde un enfoque muy transparente, Chailly ilumina la partitura con gran elegancia, incluso con cierto desapego, paradójicamente reverencial, articulando con verdadera brillantez a un coro en estado de gracia y a una orquesta que sonó como en sus mejores días. Nota al pie para la excelsa prestación del coro, preparado por Bruno Casoni y dirigido de forma espléndida por Chailly durante todo el concierto.

   La voz de Anja Harteros centró la atención de este Requiem por encima de cualquier otro elemento. Es curioso, pero se diría que cuanto menos canta, mejor lo hace. Y es que la encontramos con una firmeza, comodidad y seguridad como hacía tiempo que no se le veían. Cuando su agenda se llena de compromisos aparece en su franja aguda una cierta fatiga traducida en tensión, cosa que desapareció por completo en esta ocasión que nos ocupa, en la que la voz de Harteros sonó uniforme, hermosa y firme. Como un ángel, no se me ocurre mejor resumen: templada, vibrante, capaz de recrear un sonido pastoso al tiempo que etéreo. Verdaderamente memorable cada una de sus intervenciones, destacando sobremanera el Liberame domine y ese regulador colosal y estremecedor que firmó en el Ofertorio.

   Elina Garanca fue la otra triunfadora del cuarteto vocal de la noche, con una voz grande, bien timbrada, homogénea y hermosa, y un canto infalible, de legato inatacable y emisión variada. Si acaso cabe reprochar a Garanca una contención a veces excesiva, que redunda en una engañosa frialdad. No estamos en su caso ante una intérprete fría y distante, pero sí hay momentos donde la pluscuamperfecta cualidad de su canto debiera dar margen a una mayor desenvoltura dramática. Vestida, como Harteros ,de un elegantísimo y ceremonial negro, ambas contribuyeron a generar una interpretación memorable, imperiales y elegantísimas en su canto. Fue realmente emocionante escuchar a ambas sonar al unísono en el Recordare y en el Agnus Dei, sin duda dos de los momentos más logrados de la velada.

   No nos vamos a engañar: tras la cancelación de Jonas Kaufmann no nos esperábamos gran cosa de su recambio, el norteamericano Matthew Polenzani, que saltaba a la Scala desde los ensayos de Idomeneo en Londres con Minkowski. Era la primera vez que podíamos escucharle en directo y decir verdad la impresión ha sido menos desfavorable de lo que cabía suponer. La voz corre con general fortuna y aunque el timbre es algo leñoso y genérico, Polenzani convence por lo voluntarioso del acento, buscando a menudo abundar en una emisión variada y logrando algo muy parecido a una emisión en piano de buena factura. No estamos ante un tenor memorable, pero sí ante un solista digno, lo que como decimos es ya más de lo que esperábamos. No en vano Polenzani venía de cantar la 9ª sinfonía de Beethoven con Muti en Chicago y tiene una agenda cuajada de citas en Nueva York, Viena, Londres, Berlín, Zúrich y Múnich. Una agenda internacional de cierto relumbrón no es garantía de nada; son multitud las voces mediocres que han hecho carreras por todo lo alto, pero algo tendrá el agua cuando la bendicen. Nos quedamos pues con una impresión, si no entusiasmante, si al menos favorable de Polenzani.

   Ildebrando D´Arcangelo fue el menos firme del cuarteto vocal. La voz seduce siempre en su caso por su color y la firmeza del centro, aunque se destimbra levemente en los extremos, un tanto engolado a veces. Quizá algo indispuesto, su voz titubeó en al menos un par de ocasiones y hubo más de una nota de afinación desigual. Tampoco su acentuación del texto brilló por su intencionalidad y esmero, sino que defraudó más bien por su rutina y desinterés. Veremos pronto qué tal se desenvuelve como Attila en Bilbao.

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