CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas 2015

Crítica: 'Il viaggio a Reims' en la Dutch Opera de Amsterdam

25 de enero de 2015

UN VIAJE A NINGUNA PARTE

Por Alejandro Martínez

22/01/2015 Amsterdam: Dutch Opera. Rossini: Il viaggio a Reims. Eleonora Buratto, Nino Machadize, Carmen Giannatassio, Michael Spyres, Elena Goryachova, Juan Francisco Gatell, Roberto Tagliavini, Nicola Ulivieri, Bruno de Simone y otros. Netherlands Chamber Orchestra. Chorus of Dutch National Opera. Stefano Montanari, dir. musical. Damiano Michieletto, dir. de escena.

   La que fuera la última ópera de Rossini en italiano fue compuesta de hecho como una ópera de circunstancias, en torno a las festividades para la coronación del rey Carlos X de Francia en 1825, siendo reutilizada casi toda su música cuatro años después en Le comte Ory. El libreto gira en torno a un absurdo difícil de escenificar huyendo de literalidades. Grosso modo, es la crónica del viaje de un grupo de aristócratas a Reims para asistir a la coronación del citado rey Carlos X. Durante su periplo sufren un contratiempo y, por falta de caballos para continuar su viaje, deben quedarse en un hotel, lo que da lugar a varias escenas de comedia y enredo, en una suerte de totum revolutum en el que Rossini hace gala de su virtuosa mano para transitar de páginas cómicas a páginas dramáticas con igual destreza, brindando asimismo páginas solistas de indudable brillo y colosales números de conjunto con el extenso reparto requerido.

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   Ciertamente Michieletto, con esmerados decorados de Paolo Fantin y elaborado vestuario de Carla Teti, acierta a subrayar el surrealismo que anida en el libreto mismo, pero insiste tanto y de tal modo en ello que termina por resultar tedioso y exagerado, un punto extravagante y al mismo tiempo manido, habida cuenta de la ya tan traída referencia al espacio museístico. Y es que parece que los museos y galerías de arte se han puesto de moda sobre los escenarios operísticos. Ya fue el caso del Trovatore estrenado este verano en Salzburgo, a cargo de Alvis Hermanis, y así vuelve a suceder con este Viaggio a Reims escenificado por Michieletto en Amsterdam. No hace mucho nos referíamos al cuestionable Ballo in maschera de este joven director italiano, demasiado ocurrente y poco estimulante. No sucede exactamente lo mismo con este Viaggio, pero tampoco son mucho mejores las conclusiones una vez visto el espectáculo, que apenas se sostiene sobre el esmerado trabajo escenográfico de Fantin, Sobre la citada idea, ya manida, de actualizar el libreto en torno a una sala de exposiciones, Michieletto sitúa la acción en la inauguración de la Golden Lilium Gallery, que sustituye así al original hotel Golden Lily del libreto en el que se sitúa la acción, del mismo modo que la citada inauguración de la galería sustituye y se funde con la coronación misma del rey Carlos X. Qué duda cabe que la recreación final del cuadro como tal de la coronación de François Gerard al cierre de la representación es un ejercicio teatral vistoso y si me apuran virtuoso, pero al final al espectador, al menos a quien firma estas líneas, le queda la sensación de haber asistido a un viaje a ninguna parte, a un enredo a mayor gloria del supuesto ingenio del regista. En su descargo cabe preguntarse, en todo caso, si cabe otra posibilidad habida cuenta de la absurda naturaleza del libreto, que es en sí mismo ya un viaje a ninguna parte.

   En otro orden de cosas, ciertamente estamos ante una obra tan agradecida como exigente, puesto que requiere casi una quincena de solistas de cierta entidad. El reparto armado por la Dutch Opera de Amsterdam quizá no tuviera los quilates de antaño (cómo olvidar esos repartos que reunió Abbado, con Caballé, Ramey, Valentini-Terrani, Ricciarelli, Gasdia, Raimondi, Chausson, Merritt, Araiza, Cuberli, Nucci, Dara, Furlanetto…) pero a la vista de sus resultados podemos concluir que fue un equipo solvente, con sus luces y con sus sombras, como pasamos a detallar.

   Seguramente frente a todo pronóstico, la solista más encantadora de la noche fue la joven soprano Eleonora Buratto con la parte de Corinna. De algún modo se robó la función con sus dos intervenciones solistas, sobre todo con la maravillosa lección de canto spianato que Rossini le brinda en el “All'ombra amena”, acompañada por el arpa. A decir verdad, tanto Nino Machaidze como Carmen Giannatassio se presentaban en este reparto como dos sopranos de cierto relumbron, llamadas a elevar la temperatura de la representación, pero ninguna de la dos terminó de levantar el vuelo en sus intervenciones. La fotogénica Nino Machadize es dueña de voz de entidad, bien timbrada, aunque no es una virtuosa belcantista. Genérica en el fraseo y con un sobreagudo solvente pero no descollante, su Condesa no pasó de discreta. A su lado, la italianísima Carmen Giannattasio apenas tuvo ocasión de mostrarse en la parte de Madame Cortese, más actuada que cantada. El tenor Michel Spyres es un cantante de emisión ciertamente particular, con unos sonidos blanquecinos en el agudo que de tanto en tanto sorprenden al oyente, pero su actuación en esta ocasión tuvo momentos brillantes, sobre todo en el magnífico dúo con la espléndida Melibea de Anna Goryachova, una joven mezzo rusa de estimable instrumento y muy resuelta con el lenguaje rossiniano.

   Del resto del extenso reparto, encontramos muy tosco el trabajo del barítono italiano Mario Cassi como Don Alvaro. El tenor argentino Juan Francisco Gatell no estuvo tan fino como en las anteriores ocasiones en que le hemos podido escuchar, más tenso en el extremo agudo. La sombra de Samuel Ramey es alargada y el estimable trabajo de Roberto Tagliavini no llegó tan lejos aunque es digno de aplaudirse, sin la menor duda, habida cuenta de lo exigente de su escena en solitario, muy resuelto con la coloratura. Tagliavini podría asentarse como un valor seguro para este tipo de roles, a la vista de su buen desempeño; nos gustaría escucharle un Assur, por ejemplo. La voz de Nicola Ulivieri no está ya para muchos trotes, gastada y no siempre audible, por mucho que retenga una cierta facilidad para los pasajes más ágiles y ese típico sillabato rossiniano. Impecable en cambio el veterano Bruno de Simone, elevando el nivel de los numerosos concertantes con su indudable oficio.

   A la dirección de Stefano Montanari, que también llevó el continuo desde el fortepiano, le sobró excentricidad y le falto brillantez, más concentrado en sus ademanes con la batuta y en hacer gala de su informal atuendo que verdaderamente desempeñado a la hora de obtener un sonido redondo y aquilatado. No fue la suya una dirección mediocre u errada, ni mucho menos, pero se echó de menos algo más de vuelo y trascendencia, junto a esa lograda vivacidad y brío que presidió constantemente la representación.

Fotos: © Clärchen & Matthias Baus

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