CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas 2020

Crítica: «Cecilia Valdés» en el Teatro de la Zarzuela

2 de febrero de 2020

Bienvenida la Zarzuela cubana

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 29 y 30-I-2020. Teatro de La Zarzuela. Cecilia Valdés (Gonzalo Roig). Elaine Álvarez/Elisabeth Caballero (Cecilia Valdés), Enrique Ferrer/Martín Nusspaumer (Leonardo Gamboa), Eleomar Cuello/Homero Pérez-Miranda (José Dolores Pimienta), Linda Mirabal (Dolores Santa Cruz), Cristina Faus (Isabel Ilincheta), Alberto Vázquez (Don Cándido Gamboa), Isabel Cámara (Doña Rosa), Lilián Pallarés (Charito Alarcón), Eduardo Carranza (Don Melitón Reventós). Coro y Orquesta titulares del Teatro de la Zarzuela. Dirección musical: Óliver Díaz. Direccion de escena: Carlos Wagner. 

   Dentro de la gran variedad de manifestaciones, géneros y subgéneros que se engloban bajo la categoría «Zarzuela española», referida a la Zarzuela restaurada (1850-1950), se encuentra la zarzuela cubana, que hasta el momento no había tenido ocasión de presentarse en el Teatro que lleva el nombre del género. Siempre me preguntaba si alguna vez podría ver en escena alguna de las que conocía por grabación, El Cafetal, María la O, Rosa la China, todas ellas de Ernesto Lecuona o bien, Cecilia Valdés de Gonzalo Roig. Finalmente ha sido esta última la que ha tenido la oportunidad de ser la primera zarzuela cubana que se representa en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y, ante todo, corresponde aplaudir la iniciativa.

   Cecilia Valdés, con un libreto de Agustín Rodríguez y José Sánchez-Arcilla, se basa en la novela romántica Cecilia Valdés o La loma del Ángel de Cirilo Villaverde, una de las más representativas de lo que podría llamarse «Cubanía». El libreto de la obra contiene una parte un tanto folletinesca que recuerda a esas telenovelas sudamericanas que invadieron nuestras televisiones hace unos años. Sin embargo, resulta muy interesante la parte reivindicativa, de denuncia social, sobre el esclavismo, el trato inhumano a los esclavos (hay un momento en que Leonardo, el señorito, azota a un esclavo sin razón alguna y provoca una clara desazón en el público), la prepotencia, abuso de poder e hipocrecía moral de las clases superiores, así como su profundo machismo y actitudes racistas. Todo ello combinado con las fiestas, celebraciones, bailes… es decir, esa alegría de vivir propia del pueblo cubano. En el apartado musical, Cecilia Valdés posee un gran atractivo en su heterógenea variedad. Los ritmos Antillanos y afroamericanos, la habanera, el tango-conga, la guaracha, el danzón, la contradanza… se combinan con pasajes de intenso lirismo, inspiración melódica, diseño de atmósferas y caracterización de personajes. Incluye además el uso del motivo de recuerdo, más que un leitmotiv desarrollado, como es el magnífico tema de Cecilia con el que comienza la obra y, posteriormente, reaparece durante la misma.

   La obra se sirve de un doble reparto para los personajes principales formado en su mayoría por cantantes cubanos, más un uruguayo y algún español como Enrique Ferrer y Cristina Faus. En la función del día 29, el papel titular corrió a cargo de la soprano cubanoamericana Elaine Álvarez, una voz totalmente en agraz, imposible de domeñar, sin afianzar la impostación, con un apreciable descontrol y notas de dudosa afinación. Cierto es que algunos sonidos nos revelan un material originario de calidad, pero con la sensación de estar ante un diamante recién salido de la cantera, sin pulir. Por su parte, Elisabeth Caballero al día siguiente, con un material mucho más modesto, pero de emisión más canónica, demostró mayor control y un fraseo, no especialmente variado ni incisivo, pero compuesto. Fácil en la zona alta, emitió algún agudo de factura, aunque otros no lograron pasar la orquesta. Caballero resultó más sobria en el aspecto interpretativo que una exagerada y un tanto pasada de rosca Álvarez.


   Como siempre, el tenor madrileño Enrique Ferrer pisó el escenario con una seguridad y convicción pasmosas, con esa sensación que dan algunos artistas de que han nacido para subirse a las tablas. Ni que decir tiene que encarnó perfectamente a Leonardo, el señorito hijo del dueño de la Hacienda, caprichoso, vividor, seductor que encauza su deseo y lujuria con Cecilia Valdés a quién le une una pasión tórrida, pero sabe que quién le conviene es Isabel, de su misma clase social, instruida, sensata, prudente, pero poco pasional. Sin embargo, en lo vocal, la prestación de Ferrer baja muchos enteros con una emisión muscular donde las haya, bailona, con la sensación de estar cada sonido colocado en un sitio y un fraseo más bien pedestre. En la representación del día 30, Leonardo fue el tenor uruguayo Martín Nusspaumer, más linfático como carácter y acentos, con un timbre más bien justito de calibre, aunque grato, igual que su canto, al que no se puede negar el buen gusto. Falto de pulimiento técnico –enfermedad crónica en la actualidad lírica-, el ataque a los agudos se solventa mediante el expediente «por las bravas», de gola y sin cubrir el sonido, lo que provocó algún momento que rozó el incidente vocal.


   El papel del barítono, José Dolores Pimienta, enamorado de la protagonista y que pasaporta a Leonardo en plena boda con Isabel, cuenta con una estupenda Romanza «Callar debo este amor que me enajena». En la función del día 29 fue bien delineada por Eleomar Cuello que, con unos medios eminentemente líricos, exhibió un fraseo tan cuidado como efusivo, con lo que resultó preferible a Homero Pérez-Miranda –que asumió el papel en la función del día 30-, quien cuenta con un timbre más reciamente baritonal, pero un fraseo menos interesante.

   La veteranísima Linda Mirabal lució un registro de pecho impactante, especialmente en su Conga Tango «Popopo, Popopo» cantada desde el pasillo central del patio de butacas. Por su parte, Cristina Faus encarnó con su habitual profesionalidad y canto tan pulcro como monótono, a Isabel Ilincheta, dama de la alta sociedad, pero ilustrada, culta, partidaria de un trato humano a los esclavos y que concita en Leonardo, al contrario que Cecilia, respeto y admiración, pero ni pizca de pasión.

   Buen elenco de actores, entre los que cabe destacar a Eduardo Carranza, Amparo Depestre e Isabel Cámara, que puso de relieve apropiadamente la arrogancia e inhumanidad del personaje de Doña Rosa.

   El maestro Óliver Díaz ha declarado que «Cecila Valdés es una perfecta amalgama entre la gran tradición operística centroeuropea, la Zarzuela y la música afrocubana» y, desde luego, su magnífica dirección musical ha sabido poner todo ello de relieve. Por un lado fue capaz de exponer toda la variedad rítmica de las danzas y elementos folklóricos afrocubanos, y, subrayar, al mismo tiempo, el intenso lirismo, voltaje y apasionamiento del Dúo del primer acto entre la protagonista y Leonardo, que contrastó apropiadamente con la delicadeza del que canta éste último con Isabel Ilincheta. Pasión y voltaje, frente a respeto y consideración; fuego frente a sobriedad; la mujer que realmente se ama y te enardece, frente a la que conviene. Todo ello impecablemente plasmado por la música de Gonzalo Roig y por la batuta del maestro Díaz. De gran belleza y refinamiento, asimismo, la interpretación del andante religioso del último acto. Todo ello con el habitual rigor musical y concertador del hasta hace muy poco director musical titular del Teatro de la Calle Jovellanos. El maestro Díaz, que ha completado una magnífica labor estos cuatro años, obtuvo, asimismo, un buen rendimiento de la orquesta dentro de sus limitaciones. El coro a su notable nivel habitual.

   Decepcionante por varias razones la puesta en escena de Carlos Wagner. En primer lugar, porque la escenografía única de Rifail Ajdarpasic se come gran parte del escenario, lo que no es un acierto en una obra llena de escenas de masas y festivas con abundantes danzas y coreografías. A cambio, tampoco es que sea especialmente vistoso el patio de una Hacienda colonial, la fachada a los lados, escalera a la derecha y una vegetación de caña de azúcar excesiva, cuasi opresiva. En segundo lugar, porque el movimiento escénico es más bien torpe y la caracterización de personajes, inexistente. Y en último lugar, porque el montaje es absolutamente esclerótico teatralmente,  sin fuerza teatral ni dramática. Además, no aprovecha, ni incide en las partes más interesantes del libreto, las de denuncia social ya mencionadas, la esclavitud, la denuncia del trato humillante a los esclavos, el abuso de las clases dominantes y su racismo, el machismo… Estupendas las coreografías de Nuria Castejón y gran actuación del cuerpo de baile.

Fotos: Teatro de la Zarzuela / Javier del Real

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