CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: Pepe Rivero y su quinteto rinden homenaje a Ernesto Lecuona en el FIAS 2021 de Cultura Comunidad de Madrid

27 de febrero de 2021

De ida, vuelta y retorno

Por David Santana | @DSantanaHL
Madrid. 25-II-2021. Sala Verde, Teatros del Canal. FIAS 2021 de Cultura Comunidad de Madrid. Arreglos de Pepe Rivero sobre obras de Ernesto Lecuona. Pepe Rivero Quintet.

   Empiezo a convertir en tradición el aprovechar el FIAS [Festival Internacional de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid] para redefinir el concepto de composición contemporánea. Pero en este caso la relación es evidente. Resulta, además, natural la transformación de las piezas de Ernesto Lecuona, compuestas para ser disfrutadas, para tocarse en salones de baile y, por supuesto, bailar con ellas; nunca como piezas de museo. Son, además, en sí mismas, arreglos del sonido de la Cuba que fue: Europa, América y África condensadas en una isla. Bailes europeos que, tras mutar en su encuentro con la cultura popular caribeña, tornaban a la metrópoli envueltos en un exotismo que volvía loca a la burguesía de finales del XIX. Y ahora, Pepe Rivero las hace retornar una vez más, en esta ocasión con otros ritmos que siguen sonando exóticos en las salas de conciertos.

   Pepe Rivero se consagra, una vez más, como un pianista más que virtuoso al complicar enrevesadas obras de Lecuona como es Córdoba de la Suite Andalucía, no sólo mezclándola con la Córdoba de Albéniz, sino añadiéndole también unos bajos característicos del jazz cubano, es decir, esgrimiéndole su sello propio. El resultado es una superposición de varias líneas melódicas difícilmente imaginables para ser tocadas únicamente con dos manos; bailable, pero también elegante; europea y caribeña; formal e informal... En resumen, una maravilla.

   Pero la agilidad de Rivero quedó patente en todo el concierto. Me llamó la atención en la obra resultante de la mezcla de A la Antigua y La Cardenense, dos de las Danzas criollas de Lecuona, como se creó una disociación entre imagen y sonido: Rivero movía las manos con fuerza sobre el teclado del piano. Y sin embargo, el sonido, además de contundente era ligero, fino y elegante. ¿Cómo pudo hacerlo? No lo sé.

   También en las danzas afro-cubanas pudimos ver una complejidad rítmica que contrastaba con la sonrisa y naturalidad del pianista cubano que parecía tener todo aquel dionisíaco ditirambo bajo un control absoluto.

   Pero no fue el único miembro del quinteto que destacó, ¡ni mucho menos! Pues entre el quinteto contábamos con un músico de la talla de Javier Colina. Contrabajista pamplonés destacadísimo que ha colaborado, entre otros, con artistas de la talla de Chano Domínguez, Bebo Valdés o Diego «el cigala», porque aparte de en el jazz, también es un referente en el flamenco. Nos brindó un excelente solo En tres por cuatro sin acompañamiento, demostrando una agilidad impensable para este instrumento con el que incluso llegó a guitarrear.

   Otro instrumento que quizás haya encontrado en el jazz la relevancia que la música académica no le ha dado es el vibráfono, interpretado en esta ocasión por Alfredo Chacón. Destacó especialmente en el arreglo de Ante el Escorial, obra a la que Chacón supo cubrir con un velo de misticismo gracias al timbre de su instrumento.

   La batería, tocada por Georvis Pico devolvió el ritmo caribeño a la música de Lecuona, pero también destacó a solo como virtuoso en el arreglo de la danza afro-cubana Tabou que, no siendo estrictamente de Lecuona, sí fue interpretada por los Lecuona Cuban Boys, grupo al que Rivero también quiso rendir homenaje.

   En Siboney, quizás una de las melodías más conocidas de Lecuona pudimos escuchar a Román Filiú a la flauta, la cual no destacó demasiado por problemas de microfonación. Sí fue memorable su papel con el saxofón. De los diferentes solos, me gustaría destacar el de la propina sobre la pieza para piano La Comparsa. El uso de un bajo repetitivo hace a esta pieza ideal para transportarla al jazz y ejecutar, variando la sencilla pero completamente caribeña melodía, solos repletos de escalas al estilo de un jazz puramente virtuoso.

   ¡Cráneo previlegiado! sin duda el de Pepe Rivero por haber sabido realizar unos arreglos tan exquisitos, por coger las danzas de Lecuona, esas que llaman «de ida y vuelta» y haberlas revestido de nuevas vestiduras caribeñas. Aquellas danzas «criollas» que llevaron los primeros españoles a la isla y que volvieron a la metrópoli transformadas por los exóticos ritmos africanos vuelven ahora a pasar por el filtro de los tiempos, como es natural. Gracias a Pepe Rivero por demostrarnos que la música es una lengua viva y, por tanto, mutable y no estática.

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