CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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CRÍTICA: ANGELA GHEORGIU PROTAGONIZA 'LA BOHÈME' DE ZEFFIRELLI EN LA SCALA DE MILÁN

20 de octubre de 2012
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  GHEORGIU TRIUNFA EN LA SCALA CON LA MAGISTRAL "BOHÈME" DE ZEFFIRELLI

Milan. Teatro alla Scala, 26 settembre 2012. LA BOHEME - Giacomo Puccini. Rodolfo , Piotr Beczala; Scahunard, Massimo Cavalletti; Benoit, Domenico Colaianni; Mimì, Angela Gheorghiu; Marcello, Fabio Capitanucci; Colline, Marco Spotti; Alcindoro, Matteo Pierone; Musetta, Ellie Dehn; Parpignol, Cristian Cremonini; Sergente dei doganieri, Ernesto Panariello; Un doganiere, Roberto Lorenzi; Venditore di Prugne, Marco Voleri. Direttore: Daniele Rustioni. Director de escena: Franco Zeffirelli (ripresa da Marco Gandini).

      Para buena parte del público que conoce esta producción, La bohème que se ha podido ver en La Scala desde el pasado septiembre es  La bohéme de "toda la vida". Se ha llevado en gira por los teatros de todo el mundo, desde Rusia a Japón, a partir del afortunadísimo día de su estreno, el 31 de enero de 1963, cuando Herbert von Karajan se subió a la tarima para dirigir a una joven Mirella Freni, la que seria a lo largo de toda su carrera la Mimì de absoluta referencia.

      Tras casi 50 años, esta producción sigue haciendo soñar a miles y miles de personas cada vez que se repone. Franco Zeffirelli, con sus 89 primaveras, saludado con una debida Standing Ovation al aparecer sobre la escena para los aplausos, en silla de ruedas empujada por su discípulo y encargado de reponer la opera, Marco Gandini, dio en esta ópera lo mejor de si mismo, logrando sencillamente la máxima fidelidad y respeto a la voluntad de los autores de libreto y de la música. Esta producción, que sin embargo hace levantar la nariz y el rizo a más de un crítico esnob, que seguramente desearía para ella el retiro inmediato, es en realidad una clase magistral de teatro de ópera. Muchos tememos que cualquier día,  alguna dirección artística "inteligente" decida guardarla en cualquier desván para poner en su lugar uno de esos mamarrachos que se definen como "teatro de regia" y que tanto van de moda al otro lado de los Alpes pero que, pese a algunos intentos, no han logrado cuajar en el Bel Paese, patria del Belcanto.

      No es por ser polémicos pero, puestos a buscar detalles y defectos -¿quién no los tiene?-, en esta ultima replica de la histórica Bohéme se han dado algunas incongruencias, más que nada dictadas por el afán de dar un toque de modernidad a lo que, realmente, no lo necesita. Por ejemplo, la buhardilla del primer acto se ha ido, con los años "amueblando" con objetos superfluos. Otro detalle cambiado: Mimì lee los poemas de Rodolfo (a la luz de la luna, de acuerdo, ¡pero a oscuras!) haciendo poco caso a su declaración de amor en la romanza "Che gelida manina" y, cuando canta en su aria lo de "Mi piaccion quelle cose che han si dolce malia, che parlano d'amore, che han nome poesia..." saca del escote, como Rosina en el Barbiere di Siviglia, un papelito, supuestamente ¡una poesía suya!

      Pecados absolutamente veniales, como también lo son, seguramente por dar más espectacularidad al segundo acto, el borriquito que arrea Parpignol y, sobre todo, la grande y aparatosa calesa, con bonitos caballos blancos, que ofrece una espectacular entrada de Musetta acompanada por Alcindoro. Todo esto, dicho sea de paso, encanta al respetable público que, ilusionado,  puede que asista a su primera Bohéme. Por el contrario, la escena de la Barrera d'Enfer del tercer cuadro, resulta más desangelada, invernal y fría, precisamente donde el drama de Mimì y Rodolfo alcanzan escénicamente la máxima temperatura emocional.Por lo tanto, reconocimiento para el gran Zeffirelli, al que también se debe la escenografía, y al recientemente desaparecido Piero Tosi, cuyo vestuario es sencillamente perfecto y ha sido recogido con amor por Alberto Spiazzi.

      La velada fue la primera de una  larga serie de reposiciones, la mayoría fuera de abono. Tuvo un éxito que rayó el triunfo, sobre todo hacia los dos protagonistas, artistas "invitados": el tenor polaco Piotr Beczala y la soprano rumana Angela Ghorghiu, ella en su debut en una opera en la Scala y que, hasta la fecha, sólo había cantado en un concierto. Hay que subrayar el hecho de que se trataba de un pase "fuera de abono", lo que habitualmente conlleva que el público sea más entusiasta y, sobretodo, "disposto a perdonare". Entendámonos, la Gheorghiu con Mimí está en su elemento. El recuerdo de unas funciones suyas en Napoles -hace más o menos 15 años- todavía está presente por la espontaneidad, naturalidad, en una palabra, "verdad" con la que la artista bordaba el papel de la desdichada griseta, que vocalmente y musicalmente le encajaba -y encaja todavía- a las mil maravillas. Musicalmente, sin embargo, ahora la artista canta lo que se le antoja en más de un momento, obviando notas y matices con unas poses amaneradas e infantiles que resultan un tanto ridículas. El agudo sigue siendo brillante y bien proyectado, pero ha perdido cuerpo y en el centro y en la zona grave tiende a espesar y alargar artificialmente la voz, lo que no le ha impedido cosechar aplausos a escena abierta tras las dos arias, del primero y,  sobre todo, del tercer acto (ésta, afortunadamente más encajada en una ejecución respetuosa) pero los vicios, de gusto más que de otra cosa, superan la calidad de una interpretación que debería ser menos caprichosa.

      Beczala, por su parte, es un ejemplo de musicalidad y respeto de la partitura, sobre todo si lo comparamos con la participación de la soprano rumana, pero el agudo -el fatídico do de la "speranza"- tiende a ser demasiado metálico y la falta de un correcto apoyo comporta que la voz se le muera en la garganta cuando intenta un pianísimo, lo que ocurrió puntualmente en el dúo con el barítono que abre el cuarto cuadro. Añádase un fraseo correcto pero poco apasionado y una cierta pobreza de color en un canto más bien monocorde, juicios que pueden parecer severos, pero no olvidemos que hablamos de uno de los tenores más cotizados del momento. En cualquier caso,  ¿qué tenor ha pasado en cincuenta años por la Scala luciéndose como Rodolfo? Sólo uno: Luciano Pavarotti.

      Personalmente,  Beczala no ha logrado convencerme del todo en el repertorio italiano que le he escuchado hasta el momento (Traviata y Rigoletto). Considero que su mejor faceta, incluso interpretativa, está dentro del repertorio francés y, por supuesto, ruso. El resto del reparto fue muy homogeneo, empezando por dos barítonos relativamente jóvenes y realmente buenos: Fabio Maria Capitanucci (Marcello) y Massimo Cavalletti (Schaunard), quienes, además de ofrecer un material vocal de primera y una entregada línea de canto, saben actuar muy bien. El Schaunard de Cavalletti ha sido uno de los mejores que he visto nunca. Marco Spotti ha dado vida a un compuesto Colline. Domenico Colaianni y Matteo Peirone han sido lo que se dice un "lujo asiático" en sus respectivos roles cómicos. No es que nos hayamos olvidado de Musetta, pero a la norteamericana Ellie Dehn, muy activa en la Staatsoper de Viena, no ha mostrado condiciones especiales ni en la figura ni en el canto, bastante ordinario y con un timbre sin encanto. En Italia hay un montón de mejores Musettas haciendo cola en la calle, esperando audicionar para la Scala.

      Notas muy positivas como es imaginable desde el foso. Bien es cierto que es una obra que la Orquesta de la Scala domina perfectamente. Gustó la efectiva y muy eficaz dirección de Daniele Rustioni, joven talento italiano, el que ha intentado gobernar lo imposible con una "prima donna" que se le escapaba por los cerros de Úbeda en muchas ocasiones. Magnifico el coro, voces blancas incluidas, instruido por el bravo Bruno Casoni. Especial menciòn al niño que entonó perfectamente y con una voluntad férrea lo de "¡Vo' la tromba e il cavallin!". Su nombre no venía en el programa, pero lo hubiera merecido.

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