CODALARIO, la Revista de Música Clásica

Críticas

Crítica: Valencia Jazz Top 7 en el ciclo «Jazz en el Auditorio» del CNDM

15 de abril de 2021

Siete y «muy top»

Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 10-IV-21. Auditorio Nacional de Música. Centro Nacional de Difusión Musical [Jazz en el Auditorio]. Valencia Jazz Top 7: Perico Sambeat [saxo alto], Javier Vercher [saxo tenor], David Pastor [trompeta], Carlos Martín [trombón y congas], Albert Palau [piano], Ales Cesarini [contrabajo] y Miquel Asensio [batería].

   Una banda, un grupo, un combo, un proyecto o, eso tan cursi que se escucha tanto últimamente, un colectivo –una denominación que, por cierto, sonará muy rupturista y asamblearia pero que realmente aporta poco a la de simple grupo–. Al fin y al cabo Valencia Jazz Top 7 son un conjunto de siete músicos que hacen jazz y que sí, para seguir en el registro cursi, son «muy top». Configuran además un proyecto intergeneracional, donde veteranos ya bien curtidos y con prestigio a nivel internacional como Perico Sambeat, Javier Vercher o David Pastor se encuentran con jóvenes talentos del jazz como Carlos Martín, Albert Palau, Ales Cesarini y Miquel Asensio para completar, sí, también, un grupo de valencianos. Pero esa valencianidad no la enarbolan folclóricamente. Hay que escapar de la caricatura, porque el Valencia Jazz Top 7 poco tiene que ver con la estampa de los Coros y Danzas de esa España tan añorada por algunos últimamente o con una evocación ensimismada de la luz y los naranjos de la terreta. O al menos es eso lo que se percibe de puertas afuera.

   El grupo ya visitó hace un par de años el Auditorio Nacional. Y al respecto algunos pensamos que sería una reunión pasajera creada ad hoc juntando a lo mejorcito del largo plantel de jazzistas valencianos. Pero afortunadamente se mantuvo encendida la llama y finalmente el septeto volvió a visitar Madrid el pasado sábado en el marco del ciclo Jazz en el Auditorio del Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM]. Y lo hizo a pesar de la reciente pérdida del trombonista Toni Belenguer –desaparecido muy joven pero omnipresente a lo largo de todo el concierto, en espíritu, imagen y legado– y con todo dispuesto para dejar constancia fonográfica del concierto.

   Para la posteridad quedarán grabados los noventa minutos de música que abruptamente podrían describirse como un chute explosivo de energía, muchas veces al límite, que pasó volando y casi atropelló a los asistentes. El repertorio consistió, básicamente, en un panorama de lo que viene a ser la práctica común del jazz –con permiso de las apuestas más vanguardistas– en 2021; vino a ser una muestra de la mirada actual que sobre el jazz tienen unos músicos que conocen bien su historia, dominan el lenguaje y se han empapado de todo tipo de músicas. Y en lo formal, la visita de los Top 7 se presentó como un florilegio compuesto por contribuciones de cada uno de los integrantes del grupo (o de casi todos) y como un crisol de estilos: con algunas muestras del jazz más abstracto, con mucho hard trepidante y, por supuesto, con su dosis de latin y funk, que uno también va a un concierto de jazz para vivir lo festivo. (Y porque, a pesar de la opinión de John Lennon, el jazz no es solo una mierda de música para estudiantes, también suele ser enormemente divertido).

   Si el Valencia Jazz Top 7 podría reconocerse con toda la razón del mundo como un gran grupo de enormes solistas que fía su alto voltaje a los vientos, estos de una potencia y proyección instrumentística excepcionales y con un fondo y una técnica prodigiosas, no es menos cierto que en conjunto el grupo crece exponencialmente. Porque Valencia Jazz Top 7 es verdaderamente un ejemplo de lo que se espera de un grupo, de compenetración, de eso que llaman interplay y de una complicidad que por sí mismo debería ser el aliciente para insuflarle una larga vida al proyecto. Ese hecho diferencial, realmente reseñable y que define a este colectivo, brilló constantemente pero de manera puntual en la presentación de los temas. Y un ejemplo de los muchos fue la apertura del propio concierto con la apabullante composición de Javier Vercher, «Ahí donde vive Joe», un homenaje a Joe Henderson (de tenor a tenor) inteligente, explosivo y que dio el tono al resto del concierto.

   Del legado de Toni Belenguer el septeto repasó una bonita balada, «Instante», que puso el contrapunto a nivel de pulsaciones pero que devino, de nuevo y ya sin vuelta atrás, en nervio puro con el tema del trompetista David Pastor, un elegante tema titulado «1954» construido sobre un ostinato de bajo y piano, y una composición sobre la que Perico Sambeat advirtió que ocultaba un juego cabalístico (¿que quizá tuviera que ver con el compás de 5/4?).

   La propuesta del pianista Albert Palau, la más aventurada de todas en lo compositivo y en lo formal consistió en una idea de juegos rítmicos y compases imposibles en torno a una larga improvisación de corte impresionista del intérprete y compositor. De alguna manera, parece que agradeció situarse justo en el ecuador del concierto, porque inmediatamente después los Top 7 volvieron al frenesí. Y en esta ocasión en un registro más latin con las composiciones del trombonista y conguero Carlos Martín y de Perico Sambeat, la primera, «Payuki Codes», un homenaje a Wynton Marsalis y la segunda, una especie de mosaico de ritmos de tumbao, claves latinas y, sobre todo, un gran pivote para la improvisación. Algo que tuvo continuidad en la pieza del baterista Miquel Asensio, una página pensada para dar libertad y espacio a los solistas y que por momentos recordó a ese salvajismo mingusiano de desconcierto bien encauzado.

   En lo acústico, como casi siempre ocurre con las músicas amplificadas y particularmente con el jazz en una sala como la de cámara del Auditorio Nacional, la noche fue regular. Es verdad que se salvaron los vientos, pero la sección rítmica desapareció (o más bien quedó eclipsada por la batería, cierto que interesante de Asensio) y apenas se pudo intuir que Palau asumió un papel discreto desde el piano, incluso minimalista, muy adecuado al contexto. De la faena de Cesarini desgraciadamente se puede decir poco más que por su presencia física fue por lo que certificamos que efectivamente había un bajo en escena. Es algo a lo que ya estamos acostumbrados y seguramente consecuencia de una difícil compatibilidad de acústicas.

   No obstante, hoy en día la técnica hace milagros, y todo ello bien mezclado seguro que hace de la grabación una vibrante muestra de cómo el valenciano, como especie, también sabe de jazz.

Fotografías: Rafa Martín/CNDM.

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