CODALARIO, la Revista de Música Clásica

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CRÍTICA: 'JENUFA' DE JANACEK EN LA OPERNHAUS DE ZURICH, BAJO LA DIRECCIÓN MUSICAL DE PATRICK LANGE Y ESCÉNICA DE DMITRI TCHERNIAKOV

29 de octubre de 2012
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JENUFA (Leos Janacek) Zürich, Opernhaus, 20-10-2012. Kristine Opolaïs (Jenufa), Michaela Martens (Kostelnicka, La Sacristana), Pavoll Breslik (Steva Buryja), Christopher Ventris (Laca Klemen), Hanna Schwarz (Abuela Buryja), Cheyne Davidson (capataz del molino), Ivana Rusko (Karolka), Pavel Daniluk (El alcalde). Dirección Musical: Patrick Lange. Escenografía y Dirección de escena: Dmitri Tcherniako

TCHERNIAKOV DISTORSIONA LA JENUFA DE JANACEK EN ZURICH 

      Jenufa, una obra maestra y una de las cumbres de la ópera checa, es, en mi opinión, una ópera redonda con un argumento, música y fuerza teatral perfectos. Sobre todos los personajes de la obra, destaca el papel de Kostelnicka, La Sacristana, madrastra de la protagonista. El crudo realismo, la insoportable presión de la reducida sociedad de un pequeño pueblo, los prejuicios, el infanticidio, el perdón y la esperanza son elementos esenciales del drama. Pues bien, como viene siendo habitual en muchas de las propuestas escénicas actuales, el famoso director de escena ruso Dmitri Therniakov propone una dramaturgia de su invención que, en mi opinión, sobrepasa claramente muchas "líneas rojas", alterando el sustrato esencial de la obra y la voluntad de sus creadores.
      Al abrirse el telón vemos una lujosa casa de familia acomodada en la época actual con, en principio dos niveles, aunque del segundo surge una inquietante escalera hacia arriba. Abajo, un gran salón con un enorme sofá con doble chaisselongue en el que se encuentran Jenufa y la abuela Burya y arriba, apartada y solitaria en una habitación, la sacristana. La abuela está caracterizada como una especie de vieja borracha y licenciosa de dudosa moral, cuya presencia se convertirá en esencial y constante en esta producción. Laca Klemen, que no le corresponde heredar, está convenientemente marginado como si fuera el chico de mantenimiento de la casa. Steva, el afortunado hermanastro que recibe la riqueza familiar, es un zángano vividor y despreocupado, que llega con sus amigotes con los que se va normalmente de juerga y borracheras, a celebrar que no ha sido reclutado. Jenufa, por su parte, está contentísima porque podrá casarse con él ya que está embarazada, pero su estricta madrastra aplaza un año la boda ante lla escandalosa conducta de Steva y su hermanastro Laca, enamorado de Jenufa, la hiere en la cara para robarle su belleza y que así el superficial Steva deje de fijarse en ella. Todo ello precipitará la tragedia.
      Ni que decir tiene que en la propuesta escénica no hay ni rastro del molino que prescribe no sólo el libreto, sino también la música que describe en muchos momentos el funcionamiento del mismo, tampoco es tan creíble en una época actual, la presión social que lleva la tragedia, ya que cualquiera podría pensar que en época contemporánea, las tribulaciones de Jenufa podrían terminar recurriendo a un simple aborto, algo inimaginable en la época prescrita en el libreto, pero bueno, ya estamos acostumbrados a estas cosas, hay que reconocer que el regista sabe mover a los artistas y tiene cierto talento teatral, de momento la cosa más o menos funciona.
      El problema llega cuando en el acto segundo vemos que Kostelnicka, ante la negativa de Steva a casarse con Jenufa, realmente no mata a su hijo sino que aparece un tercer nivel en la escenografía, una especie de desván, en el que, simplemente, lo ha escondido. A partir de ahí, al autor de estas líneas  se le vino abajo toda la tensión teatral arruinada por una mezcla de estupor e indignación. Ya no tenía sentido el tremendo final del acto II, con las visiones de Kostelnicka. Ya no tenía sentido nada. Por si fuera poco, la abuela Buryja descubre al bebé escondido y vemos cómo se acerca a la cuna de manera inquietante. Resulta que finalmente ¡Es ella quién lo mata! Y por si fuera poco, nos hurtan el maravilloso final con ese dúo sublime entre Laca y Jenufa que marchan juntos, dejando un halo de esperanza: a pesar de la tragedia aún podrán ser felices. Pues no, Jenufa no perdona a su madrastra, le suelta un manotazo, cierra a Laca la puerta en las narices y quedan las tres vestidas de negro, cual casa de Bernarda Alba, con una Jenufa desafiante y ama del cotarro, que ahora se dedicará a vengarse de su madrastra y hacerle la vida imposible.

 

      En fin, uno es consciente del momento que vive actualmente la ópera, del cada vez mayor poder invasivo de la escena, que a pesar de los dislates varios que se han producido y presenciado, intenta ver con la major voluntad y predisposición cada nueva "propuesta escénica", pero no se puede admitir que se carguen una obra tan perfecta. Si el Sr. Therniakov o cualquier otro director escénico quiere desarrollar sus propias ideas, inventiva y afán creador, que se unan a un compositor contemporáneo y creen una nueva obra. No me parece legítimo ni admisible la adulteración de las creaciones ajenas.
      Kristine Opolaïs, bellísima y atractiva soprano, compuso una buena y creíble Jenufa. El material es de soprano lírica justa, desguarnecido en el grave, no especialmente rico en el centro y con cierta tensión en el agudo. El timbre es bonito y la cantante es musical, sensible y comprometida dramáticamente. Michaela Martens en el habitualmente papel fundamental de Kostelnicka (en esta producción arrinconado y, supongo, que "desmitificado") tuvo que sufrir la "marginación" de su personaje en esta producción, mostró una voz de cierta anchura y con notas percutientes enla zona de primer agudo. No se le puede negar su entrega dramática, pero quedó lejos de la conmoción que puede y debe lograrse con este papel. Apreciable el Laca de Christopher Ventris, de timbre grato y suficientemente proyectado. Insignificante Pavol Breslik como Steva, de vocecita minúscula, pobretona, sin brillo, ni mordiente alguno. La dimensión dada en esta producción a la Abuela Burya tuvo como intérprete ideal a la veterana y estupenda Hanna Schwartz, que como suele ser habitual y pesar del desgaste y temblor cuando ha de ascender a la zona alta, lucíó el sonido más pleno, rico y compacto de todo el reparto.
      Irreprochable actuación del coro e impecable la ejecución de la orquesta bajo la dirección de Patrick Lange. Trabajo muy pulcro y refinado el suyo, con momentos primorosos como el solo de violín en la plegaria de Jenufa del acto II, pero a este inmaculado trabajo, le faltó crear esas atmósferas opresivas, esa tensión casi insoportable, esa conmoción cortante, que te produce dolor de estómago, nudo en la garganta y sudores fríos cuando se logran en esta magistral creación del gran músico moravo Leos Janacek.

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