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Crítica: Valery Gergiev dirige obras de Wagner, Scriabin y Tchaikovsky con la Fil.  de Múnich para IBERMÚSICA

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Autor: Aurelio M. Seco
18 de enero de 2016

GERGIEV EN ÉXTASIS

Por Aurelio M. Seco
Madrid. 16/I/16. Auditorio Nacional. Ibermúsica. Serie Arriaga. Director: Valery Gergiev. Orquesta Filarmónica de Múnich. Obras de Wagner, Scriabin y Tchaikovsky.

   Si tuviéramos que atenernos al interés interpretativo de las dos primeras obras del programa ofrecido por Valery Gergiev al frente de la Filarmónica de Múnich en el concierto del sábado dentro de la Serie Arriaga de Ibermúsica, seguramente tendríamos que afirmar que estábamos ante una jornada un tanto decepcionante. No porque las versiones fueran malas, sino porque no estuvieron a la altura que esperábamos de la categoría del maestro y la orquesta que la interpretaron. Fue en la segunda parte cuando ambos, quizás conscientes de ello, ofrecieron lo mejor de sí mismos en una Sinfonía patética de Tchaikovsky que dejó un último movimiento para el recuerdo.

   El concierto dio comienzo con una obra tan bella como difícil de tocar: el preludio de la ópera Lohengrin, de Wagner. Ya desde los primeros compases, con los violines divididos, se percibió cierta frialdad e inseguridad de trazo por la falta de conexión entre el director y la orquesta para realizar los cambios sonoros con la precisión y limpieza necesarias, algo que restó fluidez y atractivo a la factura de la versión. Es muy sensible este fragmento, romántico y delicado, y no es fácil comenzar un concierto con una perspectiva artística tan inspirada como la que se desprende de esta obra, pero pensamos que sin duda podría haberse encontrado un estilo general más trascendente y meditado. Estamos hablando de Wagner, Gergiev y la Filarmónica de Múnich.  

   Una sensación parecida nos llevamos tras la interpretación del Poema del éxtasis de Scriabin, obra maestra dibujada por Gergiev con trazo certero y firme, e interpretada con singular precisión y acierto por la orquesta, en especial los metales y, más concretamente, su trompetista principal, todo un lujo para cualquier formación. Scriabin concluyó su obra de manera tan sobrecogedora como armónicamente sencilla. Fundamentalmente con una especie de cadencia plagal de dos acordes magistralmente orquestados. Nos faltó en la lectura el arrebato místico y sinestésico de Scriabin, autor que pintó los sonidos con los colores de la orquesta para alcanzar un éxtasis de color rojo pasión, pues éste es el tono pictórico que le sugiere la nota do al compositor en su célebre teoría cromática.

   Asistimos a la segunda parte con menos ilusión que con la que esperamos el comienzo del concierto, pero salimos de él entusiasmados, no por la lectura realizada por Gergiev de la Sexta sinfonía de Tchaikovsky, sino por su volcada, afortunada y profunda interpretación de su último movimiento, uno de los fragmentos más tiernos y emotivos nunca escritos. Puede que aparentemente se trate de un fragmento fácil de dirigir, pero no es así. Toda la sinfonía estuvo sembrada de la brillantez expositiva de la orquesta y la madurez de estilo de Valery Gergiev, director que conoce sobradamente una obra que domina como pocos. El fraseo elegido por el director ruso, su manera de respirar con los músicos y esta partitura, la tensión esmerada que emanaba de la orquesta y su maestro, convirtieron a este último movimiento en una auténtica delicia estética que, además, se vio coronada con un final absolutamente nítido y certero, en el que el sonido se diluyó como la propia muerte hasta alcanzar el silencio arrollador en el que se sumió el auditorio, subyugado por el momento. No duró demasiado la magia. La destruyó un “bravo” gritado prematuramente por uno de los asistentes. Un momento estético tan valioso, un silencio tan logrado no merecía un final tan burdo, sino haberse prolongado.

Fotografía: Marco Borggreve / Decca

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