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Crítica: Concierto de clausura del Taller de dirección orquestal impartido por Vicente Chuliá con la Sinfónica de la Universidad de Guanajuato

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19 de agosto de 2019

Hacia una escuela hispánica de dirección orquestal

Por Moisés García
México. Guanajuato. Teatro Principal. 9-VIII-2019. Las bodas de Fígaro, Wolfgang Amadeus Mozart; Obertura Egmont, Ludwing Van Bethoveen; La forza del Destino, Giuseppe Verdi; Quinta sinfonía, Bethoveen; Danza final del Sombrero de tres picos, Manuel de Falla. Directores: Rita María Espinosa Osorio,  Francisco José Hernández Bolaños, Jacob Tapia Nieto y Vicente Chuliá.

   Las actividades programadas como parte del curso de dirección orquestal que se llevó a cabo en la capital del estado de Guanajuato, gracias al convenio entre la Universidad de Guanajuato y el Instituto Oviedo de la ciudad mexicana de León, cerraron con un concierto que, como la figura retórica que habla de la intensidad del sonido, fue in crescendo.

   El proyecto, creado gracias a la colaboración entre Roberto Beltrán Zavala y Vicente Chulía Ramiro, abonó a la formación de siete jóvenes promesas de la dirección orquestal, labor que sí, a pesar de su naturaleza aparentemente misteriosa, debe estudiarse, pues en ella se encuentra la clave para integrar o desintegrar las armonías propuestas en una partitura para leerla e interpretarla después junto con los músicos.


   Como mariscal en el campo de guerra, además de llevar el ritmo con sus manos, el director debe tantear el camino en el que dirige sus ataques hacia el acierto, la victoria de un sonido armonioso, o hacia el desastre, la derrota de sonar como el aullido ahogado de un lobo que ha sido separado de la manada.

   Para conseguir esa integración, lo mismo que con el soldado, el de la batuta debe ganarse la confianza de los músicos que conforman la agrupación que se tiene enfrente, pero sobre todo su respeto, para poder luego guiarlos sanos y salvos hacia la mejor interpretación, una tarea titánica cuando se trata de malabarear con los egos de los artistas.

   Las oportunidades para experimentarlo, para tener el chance de subirse a ese estrado y tomar la batuta en la mano, como afortunadamente pasa también cada vez más con las guerras, son escasas en el mundo, sobre todo cuando se trata de estudiantes, que, aunque con genio, cuentan con escasos o nulos recursos para conseguirlo.

   Es por esa justa razón que no está de sobra remarcar antes que nada la relevancia de la presentación que se llevó cabo en el Teatro Principal este viernes 9 de agosto del 2019, año que será recordado después como aquel en el que surgió esta escuela, evento que colocó a Guanajuato, y de rebote a México, en el epicentro de un movimiento que mira hacia el futuro en la enseñanza de la música y de la dirección orquestal, pero que tiene cimientos en la tradición, en las enseñanzas del rumano Sergiu Celibidache y el «materialismo filosófico» del español Gustavo Bueno Martínez, uno de los mayores filósofos del último cambio de siglo.

«Las mujeres primero»

   Como lo marca la etiqueta, el concierto inició de la mano de Rita María Espinosa Osorio, joven que dirige actualmente la Orquesta Gran Ensamble de la ciudad de Puebla, y cuya carrera comenzó a temprana edad frente al piano.

   Se trató de una versión moderna de la obertura de Las bodas de Fígaro, de Mozart, que, si bien sonó a festejo, también lo hizo tímidamente, pues le faltó «vibrato» para resonar con más intensidad. No fue que no se escuchara, pero la «fiesta» sonó como si tuviera sordina, como cuando se escucha que el festejo está en la casa del vecino. Lejos quedó la interpretación que los mismos músicos hicieran en el 2015 bajo la tutela de Jorge Pérez Gómez al festejar el 60 aniversario de la agrupación artística, que quizá por ese motivo recuerdo más enjundiosa. Pese a lo dicho, Espinosa Osorio logró mimetizarse con la orquesta, o la orquesta logró hacerlo con ella, tanto que el concierto comenzó con esa vibración nerviosa que le provocara ser la primera en presentarse y que resultó después en un volumen bajo, aunque cabe decir también homogéneo.

«Reviviendo al maestro»

   El segundo «combate» de la noche estuvo a cargo de Francisco José Hernández Bolaños, estudiante de la maestría en Dirección de Orquesta de la Universidad Veracruzana (UV), alumno de Lanfranco Marcelletti, director de la Orquesta Sinfónica de Xalapa, y elegido además para realizar intercambio académico en la Universidad de Arizona a través de la beca «Talentos especiales».

   Como lo hiciera un joven Celibidache con la Filarmónica de Berlín en 1950, el joven originario de Cancún, Quintana Roo, dirigió la obertura Egmont, de Beethoven, y como lo atestigua un video en el YouTube de aquella presentación grabada por la televisión alemana, la gomina tampoco le sirvió a Hernández Bolaños para detenerle su pelo en sitio mientras se sacudía a ritmo arengando a los músicos a llegar a esos dramáticos picos de intensidad de la obra dedicada al Conde Egmont, héroe nacional flamenco y personaje principal de la obra teatral basada en su vida, escrita por otro alemán, Johann Wolfang van Goethe.

   El resultado de ese trabajo desarrollado en el escaso tiempo que tuvieron juntos para ensayar fue una versión potente de la pieza, sobria y vivaz, aunque también un tanto rígida y pausada en comparación con la del maestro rumano, al que indirectamente se honraba en el concierto, debido a la influencia que éste ha tenido en Chuliá a través de su maestro Enrique García Asensio, quien fuera alumno del rumano.

Como «Juan por su casa»

   Recayó en Jacob Tapia Nieto la responsabilidad de cerrar la primera parte del concierto de clausura, al que lamentablemente asistió poca gente. Acostumbrado a tener la atención encima pues comenzó su carrera como violinista a los 8 años, el joven tijuanese salió a escena rompiendo el protocolo para llegar hasta el frente casi por en medio de la orquesta, un gesto que quizá fuera pensado o no, pero que luego se vio reflejado en la integración que lograra junto con los músicos al ejecutar la obertura de la ópera La forza del destino, de Verdi.

   A nuestro juicio, aunque le sobró arrogancia, se trató del estudiante que mejor supo «sacar el brillo» a la oportunidad que le pusieron enfrente dirigiendo a los músicos a una interpretación más vibrante y homogénea que las anteriores, quizá porque el engranaje de esa máquina que representan los cerca de 70 músicos que participaron, se encontraba ya «caliente», lista para reingresar al campo de batalla tras los dos primeros rounds. Muy al estilo Von Karajan, bajo la dirección de Tapia Nieto, los músicos avanzaron hacia el final de la pieza con la seguridad que lo hace un blindado en el combate.

Muñecas rusas y hermandad sonora

   Poco y mucho habría que decir de la segunda parte del concierto. Bastaría con mencionar que la dirección de la Quinta sinfonía de Beethoven estuvo a cargo del propio Vicente Chuliá. Con eso bastaría para que los conocedores creyeran que se trató de una versión magistral de cada uno de cuatro movimientos que la conforman, y sería más que suficiente para que reconocieran con envidia que las personas que asistieron al concierto fueron los testigos de un momento irrepetible, pero éste, como Godot, nunca apareció.

   Como lo hacía Celibidache, el director valenciano intentó llevar a los músicos a una interpretación lo mismo «heroíca» que «tempestuosa» de esta pieza que el compositor alemán concluyera a los 40 años, en plena «fiebre creativa» que le provocara perder el oído, pero la versión se quedó corta. Igual que se debe hacer con las muñecas rusas, Chuliá fue descubriendo una por una las capas que conforman la melodía, hasta las más diminuta, permitiendo que hasta el oído más inculto pudiera reconocer el papel de cada uno de los instrumentos y su importancia en la pieza, pero ya fuera por la carga del trabajo que realizaron esta semana o por la cantidad tan efímera de ensayos que tuvieron, la versión quedó corta.

   Muy a su manera, el «filósofo de la música» condujo a un cierre portentoso pero no «glorioso», aunque debe señalarse que este reverberó limpiamente pese a lo seco de la sala del Principal, recordado a la vez en esa majestuosidad una verdad que el maestro habría de reafirmar luego en un pequeño discurso, estamos ante una gran orquesta cuyo nivel no pide nada a las más «grandes» de Europa, opinión que aunque generosa, todavía podría puntualizarse pues todo depende de los criterios que se elijan para la comparación.

   La cadencia de la interpretación, una versión harto contemporánea, pero a la vez «clásica» en la manera de los directores míticos como Celibidache, se vio también en la conexión de sus manos y los gestos del director con lo que ejecutaba la orquesta, muy a pesar de que por algunos momentos, en los que se aflojaba el ritmo la interpretación, se «flotó pesadamente» en la melodía de una de las sinfonías más interpretadas en el mundo, la del famosísimo «ta -ta-ta- taaa».


   Mención aparte se merece la sección de vientos, entre ellos el flautista Cuauhtémoc Trejo, que como nos han tenido acostumbrados desde la llegada de Beltrán Zavala, resaltaron de entre los demás músicos por las brillantes ejecuciones que realizaron de las partes vitales de las piezas de Beethoven en las que sin dudarlo tuvieron protagonismo.

   Además del mensaje en el que resaltó la importancia de apoyar a los jóvenes talentos y del proyecto que ha nacido junto con la UG, el catarrojense vaticinó que el futuro de la música será de habla hispana, y que México tendrá un lugar privilegiado en ese panorama. Finalmente, enarboló la necesidad de ser más chauvinistas, no para cerrar fronteras, sino para crear sistemas educativos creados por hispanohablantes, para hispanohablantes, y no que sean cimentadas en las ideas adaptadas del extranjero.

  En ese tenor, el maestro español se despidió agradeciendo la hermandad que ha encontrado en Guanajuato con una pieza más folclórica, la danza final de El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla, una jota basada en la obra de Pedro Antonio de Alarcón, creada por el autor también hispano en 1919, melodía en la que se puede escuchar el hermanamiento entre México y España, y que como el Huapango de Moncayo, pasaron a la posteridad por sonar a raíces, a tradición, a esencia nacional.

   El adiós fue entonces un baile que además sirvió para el festejo por concluir estos cinco días que serán institucionalizados a partir del próximo año como la Escuela de Dirección Orquestal, tal como lo afirmará el director valenciano de un proyecto de relevancia mundial por la oportunidad que representará para los jóvenes talentos.

Autor:Moisés García
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