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Crítica: 'Don Carlos' inaugura la temporada en la ABAO

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Autor: Javier del Olivo
25 de octubre de 2015

BUENAS VOCES, PERO...

Por Javier del Olivo

25/10/2015. Palacio Eskalduna. 64 Temporada de ABAO-OLBE. Verdi: Don Carlos. Con G. Gipali, Mª José Siri, D. Barcellona, J. J. Rodríguez, O. Anastassov, M. Kares. Coro de Ópera de Bilbao. Malandain Ballet de Biarritz. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Dirección de escena: Giancarlo del Monaco. Dirección musical: Massimo Zanetti.

   Se estrenaba la temporada de la ABAO (Asociación Bilbaina de Amigos de la Ópera) el pasado sábado, día 24, con la ópera Don Carlos de Giuseppe Verdi dentro de su proyecto Tutto Verdi. En primer lugar hay que reconocer y agradecer como afincionado el esfuerzo que la Asociación ha hecho por presentar un título que no es nada frecuente en los escenarios, y menos en los españoles. Representar la ópera tal como fue compuesta para el encargo que hizo la Ópera de París a Verdi con motivo de la Exposición Universal de 1867 no es nada fácil. Es una obra concebida en el estilo que reclamaban los escenarios parisinos: una Grand Opéra, con cinco actos y el imprescindible ballet. Además la partitura requiere seis protagonistas de gran nivel, un coro solvente y una dirección musical que bregue con escenas de muy distinto carácter, que va de lo más lírico e íntimo a los conjuntos más brillantes. Todo ello, si es posible, enmarcado en una escenografía que realce la historia de amor, pero también de lucha por el poder, que vemos en escena.

   Como nos tiene habituados, ABAO nos ha presentado un reparto con garantías. Y en general se han cumplido las expectativas, más en unos casos que en otros. Giuseppe Gipali es un tenor cuyas características vocales se acercan más a la de un lírico que a las de un spinto, como reclama la partitura. Aún así no tuvo ninguna dificultad en sacar adelante un papel tan lírico como Don Carlos mostrando en todo momento una voz bien modulada, soltura en el agudo y estupendo legato. Pero su voz es más bien pequeña y seguramente su falta de conocimiento de la acústica del Euskalduna (debutaba en las temporadas de ABAO) y también la localización en la que a veces se le hacía cantar dificultaron la escucha de su canto con la plenitud debida. A esto se unió una falta de mordiente, de pasión, en su trabajo actoral que le restó mucho dramatismo a su atormentado personaje. Habría que destacar su marcial dúo con Posa del segundo acto y sus apariciones con Isabel. También debutaba en ABAO la soprano uruguaya María José Siri que además cantaba el rol de Elisabeth por primera vez. Sí que oímos aquí una voz completamente adecuada al papel, con excelentes momentos, como los dúos con Carlos del segundo y quinto acto, y sobre todo en la escena que inicia ese mismo quinto acto. Su voz tiene la potencia adecuada, sabe modularla a la perfección y para ser la primera vez que cantaba el papel se la notó segura en todo momento, llegando a hacer unos fiatos de enorme belleza. Su agudo es menos rutilante pero según vaya afianzando su trayectoria en el rol, sobre todo el plano actoral donde aún no acaba de transmitir mucho, se podrá disfrutar de una Valois de gran categoría.

   Sin duda el mejor cantante de la noche, y así lo reconoció el público en los aplausos finales, fue el onubense Juan Jesús Rodríguez en el papel de Rodrigue. Ya habíamos destacado en la temporada pasada la valía de este barítono en el Yago de Otello, y ahora no podemos más que confirmar su gran actuación. Su canto fue el más verdiano de la velada y ayudado por una partitura que le mima nos brindó el mejor momento de la noche en su escena de la cárcel donde mezcló pasión, perfecto canto, potencia cuando fue necesario y sobre todo un legato de manual. Tan bien fue muy aplaudida Daniela Barcellona, muy querida por el público bilbaino. Su Éboli también tuvo carácter, fuerza y dramatismo. Dominadora del papel, estuvo brillante en sus intervenciones, destacando en el la escena del jardín con Carlos primero y Posa después. También lució en la famosa danza del velo y en Ô don fatal, sobre todo en la zona central y baja de la tesitura ya que en el agudo no estuvo tan acertada. El Philippe II del búlgaro Orlin Anastassov lució sobre todo potencia y brío vocal. Siempre se dejó oír sin dificultad y su voz, que tiene un timbre agradable, se lució en la preciosa escena Elle ne m’aime pas! y el consiguiente duelo de poder con el Gran Inquisidor. Pero creemos que tiene que madurar más el papel, y transmitir más con su gesto y su voz los dilemas personales que plantea la historia verdiana. Gran papel el realizado por el finlandés Mika Kares como Gran Inquisidor. Supo darle a su personaje con su voz, de auténtico bajo,  la mezcla de solemnidad autoritaria y maldad que demanda. Bien los comprimarios Ana Nebot como Thibault, Ugo Rabec como un monje, Eduardo Ituarte como el conde de Lerma, Irantzu Bartolomé como una voz y Giorgi Melade como el heraldo real.

   El coro tiene una importante participación en esta ópera. Si bien en el primer acto, el de Fontainebleau y seguramente por indicación de la dirección musical, no mostró la alegría que el texto demanda y su intervención aunque correcta pasó un poco desapercibida, las prestaciones del Coro de Ópera de Bilbao, que dirige Boris Dujin, mejoraron ostensiblemente en el resto de sus intervenciones, sobre todo en la escena de Atocha. A destacar, en esa misma escena, el grupo de cantantantes masculinos, que representan a los rebeldes flamencos, que cantaron con con exquisito y verdiano gusto. Esta producción incluía una rareza: el ballet La Peregrina, que casi nunca se incorpora a las representaciones de Don Carlos. El conocido Malandain Ballet de Biarritz era el encargado de esta parte que resultó muy decepcionante. Del prestigio de Thierry Malandain se esperaba una coreografía de más enjundia que la presentada. El coreógrafo obvió lo que el libreto señala (la alegoría descubrimiento en Panamá de la perla La Pelegrina, la más preciada de estas joyas, y su entrega a Felipe II como símbolo del poder universal del monarca) y  optó por inscribir el ballet en la escena de fiesta nocturna que precede a la coronación del rey, dándole al baile una mezcla entre comedia del arte y danza regional que en ningún momento emocionó. Hay que reconocer, eso sí, el buen trabajo de los bailarines que ejecutaron el ballet con elegancia y profesionalidad.

   Difícil calificar la dirección del maestro Massimo Zanetti. Parece, por lo que vimos el sábado, que su intención fue remarcar lo que de trágico, pero a la vez lírico, tiene la partitura. Desde el primer acto se notó que optaba por tempi lentos, que se recreaban en las situaciones más dramáticas pasando de puntillas por los momentos más jubilosos (hablábamos más arriba del coro en el bosque de Fontainebleau). Esta postura se mantuvo durante toda la representación a la que intentó dar un carácter casi camerístico en cuanto los pentagramas se lo permitían. Estuvo siempre atentísimo a sus cantantes, destacando la delicadeza y precisión con la que dirigió a la debutante Sari, y pareció que tomaba más brío, garra y alma en los dos actos finales. Muy bien la Orquesta Sinfónica de Bilbao que siguió a la perfección las indicaciones del director y destacando sobre todo en la parte sinfónica del ballet La Peregrina, quizá el mejor momento orquestal de la noche. Un apunte muy positivo para las cuerdas que estuvieron brillantes toda la noche.

   Ya comentamos cuando se estrenó en 2010 que esta producción (montada con los teatros de ópera de Sevilla, Oviedo y Tenerife) que firma Giancarlo del Monaco no funciona con la brillantez que se espera, ni mucho menos. Para esta ocasión se añadía un diseño especial para el acto de Fontainebleau que realmente no aportó nada y que tuvo un movimiento escénico muy deficiente. La escenografía, que firma Carlo Centolavigna,  que pretende ser grandiosa se queda la mayoría de las veces muy corta de miras, todos los actos enmarcados por unos paneles móviles que representan una sala renacentista de mapas. Quizá la escena más fallida es la de Atocha donde un inmenso Cristo ocupa todo el escenario limitando el movimiento escénico que por otra parte tiene claras deficiencias (la marcha circular que hace al coro, las idas y venidas de los condenados al auto de fe). Tampoco parece aceptable que en una producción que tiende a representar de forma realista la época del reinado de Felipe II el Gran Inquisidor, máximo representante religioso, se presente ante su rey como un Ecce Homo. También es un lastre la poca agilidad con la que se cambia de una escena a otra, con los consiguientes parones, que en una ópera de la duración de la que comentamos se notan mucho más. En el lado positivo, quizá gracias al impulso de los propios actores, son convincentes la escena de la cárcel y la de los aposentos de Felipe. Espectacular el vestuario de  Jesús Ruiz y correcta la iluminación de Wolfgang von Zoubek.

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