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Crítica: «Aida» de Verdi de la Ópera Sabadell bajo la dirección de Daniel Gil de Tejada

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Autor: Albert Ferrer Flamarich
13 de mayo de 2021

Una Aida austera

Por Albert Ferrer Flamarich
Vic, 9-5-2021. Teatro La Atlántida, Verdi: Aida. Maite Alberola (Aida), Alejandro Roy (Radamés), Laura Vila (Amneris), Carles Daza (Amonasro), Jeroboam Tejera (Ramfis), Alejandro Baliñas (Il re), Eugènia Montenegro (Gran Sacerdotesa). Coro AAOS. OSV. Daniel Gil de Tejada, director musical. Carles Ortiz y Jordi Galobart, director de escena y escenografía.

   Aida no es un título al estilo de la gran-ópera francesa decimonónica como suele decirse, si no el mejor ejemplo de la fusión de ésta con la tradición del melodrama italiano. En este sentido, el famoso cuadro segundo del acto segundo lo ejemplifica en su estructura cuando mezcla fórmulas recurrentes de los actos tercero y cuarto de la tipología grand-opera (marchas, desfiles, ballets, grandes coros y confluencia de las líneas argumentales de corte histórico-político con el drama sentimental de los protagonistas) con las estructuras de los finales concertantes del melodrama italiano de la primera mitad del siglo XIX (scena, tempo di mezzo, concertante cantabile y stretta). No obstante, como es sabido, la antepenúltima ópera de Verdi es una obra mayoritariamente estática, intimista, intensa y con poco desarrollo psicológico de los personajes –salvo Amneris-, que requieren una orquesta de sonoridades casi camerísticas con gran detallismo, esencialismo y refinamiento expresivo, tímbrico y de texturas.


   Para cerrar la temporada y bajo el amparo de la ya activa Fundación Ópera de Cataluña, la Asociación de Amigos de la Ópera de Sabadell la ha programado por tercera vez en sus casi 40 años de actividad. Y que, naturalmente, también visitó poblaciones como Manresa, Reus y el pasado día 9, Vic y su teatro de La Atlántida. Debido a la logística implícita en el montaje para los teatros del circuito Ópera de Cataluña y a los condicionantes de la pandemia, los directores de escena y escenógrafos Carles Ortiz y Jordi Galobart han reaprovechado y pulido la producción de 2012, enmarcando la obra en un escenario austero y muy unitario en los cuatro actos, buena iluminación de Nani Valls y jugando con una estética que combina el rojo, el negro y el blanco tanto en el vestuario como en los decorados. Éstos presentan unas escalinatas (dispuestas frontalmente y lateralmente) y unos telones transparentes de arquitecturas y esculturas egipcias dibujadas como marco escénico principal.

   Fue, pues, un montaje, más neutro y alejado de los estándares de grandilocuencia, que funciona porque, como de costumbre, explica la historia de manera llana, accesible y con algunos aciertos entre los que cabe citar la justificación dramatúrgica propuesta con el encamamiento entre los dos amantes durante el preludio. No obstante, se arriesga a no satisfacer al sacrificar la poética visual del claro de luna a orillas del Nilo en el acto tercero y al no hallar una solución convincente para los dos niveles requeridos por Verdi en la escena final: el de Amneris y el de la tumba de Aida y Radamés. Tampoco convence la ubicación de las seis trompetas adicionales –recurso de música escénica claramente exigido y descrito por Verdi- en la famosa «Marcha triunfal» se ubican en el centro del escenario como si fueran solistas de concierto, en lugar de flanquear a Il Re o situarse a los pies y en el extremo superior de la escalinata. Por otro lado, es comprensible la supresión de los tres ballets respetando el toque de queda, así como la reducción del movimiento en el cuadro del desfile.


   A pesar de un principio mejorable en afinación de la sección de cuerda, la Orquesta Sinfónica del Vallés nos satisfizo bajo la batuta de Daniel Gil de Tejada que optó, por tempi ágiles aparejados con suficiente atención a las dinámicas; buenos acompañamientos (dúo entre Amonasro y Aida); intervenciones solistas instrumentales destacadas (oboe en el otro dúo del tercer acto); así como momentos de voltaje (reexposición variada del «Gloria a Egitto» en la sección final del concertante del segundo acto). Acertado a grandes rasgos el coro, particularmente, en los cantos en el back-stage para una ópera donde la masa coral juega un papel muy destacado y exigente en tesitura, concertación y diversidad de texturas.

   Alejandro Roy tiene una voz adecuada en volumen y metal, con un centro y agudo adecuados para el rol de Radamés. Lo que en jerga melómana se llama «vozarrón». El demerito recae en una técnica de emisión engolada y un estilo canoro rudo, de fraseo poco maleable y que prescinde de las frecuentes indicaciones exigidas por Verdi en la aplicación de recursos expresivos como los apianamientos, morendos, las medias voces y las smorzature. La prueba fue la conclusión del aria de salida, «Celeste Aida», en una actuación arquetípica y un punto testosterónica. Más rica musicalmente y con una peluca de mérito, Maite Alberola debutó el rol y corroboró la tinta verdiana de su voz y la amplitud necesarias para el papel, a pesar de que también se le agradecería un punto más de dulzura y carácter slancio en su fraseo: el dramatismo, la intensidad y la comodidad en la tesitura ya los da, como demostró en las dos arias («Ritorna vincitor!» y «O patria mia») y en el dúo con Carles Daza. Este fue un Amonastro más autoritario que con autoridad-escénica-, de dicción nítida, centro refulgente y timbre claro aunque el rol excede en dramatismo sus medios de lírico puro.

   Como hace nueve años Laura Vila se reveló como una Amneris vocalmente poderosa, convincente, muy estudiada y con una evidente evolución estilística, ganadora de desenvoltura y de intensidad en el sufrimiento del cuarto acto, después de un dúo con Aida igualmente loable y de destacar en el concertante del segundo acto. Por su parte, suficientes y correctos el Ramfis de Jeroboam Tejera, la sacerdotisa de Eugènia Montenegro y Il Re de Alejandro Baliñas, una voz imponente, joven y tremendamente prometedora con mucho camino para pulirse en otro hallazgo de Mirna Lacambra. De hecho cinco de los siete roles solistas pertenecen a diferentes generaciones forjadas en la Escuela de Ópera de Sabadell. Y tres de ellos (Alberola, Daza y Vila) han podido labrarse una carrera fuera de Cataluña, con más o menos regularidad -y ocasionalmente en el siempre pretencioso Liceu-.


   Sin duda, producciones como ésta, tan ajustada en lo económico por el endémico mal reparto de los recursos públicos catalanes que suelen ser mayoritariamente fagocitados por la despótica Barcelona, reafirman -¿alguien lo duda?- que el proyecto de la Fundación Ópera de Cataluña y la temporada sabadellense son la alternativa operística catalana gestionada por gente de música, por profesionales de la partitura, y por músicos que han pisado y pisan los teatros desde dentro. No hay burocracia ni nepotismo en sus cargos y directrices. Ah! Y una pequeña alegría, útil, aunque poco ecológica: han vuelto los programas de mano en papel.

Fotos: A. Bofill

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