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Crítica: Alain Guingal dirige 'Manon' de Massenet en Bilbao

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Autor: José Amador Morales
25 de enero de 2018

Manon equilibrada

   Por José Amador Morales
Bilbao. Palacio Euskalduna. 21-I-2018. Jules Massenet: Manon. Irina Lungu (Manon), Michael Fabiano (Le Chevalier des Grieux), Manel Esteve Madrid (Lescaut), Roberto Tagliavini (Le Comte des Grieux), Francisco Vas (Guillot), Fernando Latorre (Brétigny), Ana Nebot (Poussette), Itziar de Unda (Javotte) Mª José Suárez (Rosette) Coro de Ópera de Bilbao. Orquesta Sinfónica Verum. Alain Guingal, dirección musical. Arnaud Bernard, dirección escénica. Producción de la Ópera de Monte-Carlo.

   Tras la tormenta desatada en el Don Pasquale de Donizetti representado por la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO) durante el pasado mes de noviembre, motivada por la huelga de la Orquesta Sinfónica de Euskadi durante dichas funciones y que llevó a ofrecerlas con el único acompañamiento de un piano, la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera afrontaba el primer título de este 2018 con decisiones drásticas pero eficaces. La primera de ellas, después del citado conflicto laboral de la orquesta vasca, rescindir el contrato que preveía su participación también en esta ocasión, llevando en su lugar a la castellanomanchega Orquesta Sinfónica Verum al foso del Euskalduna. La segunda fue motivada por la cancelación de Celso Albelo (que hacía pensar en toda una maledizione en este sentido si pensamos en todas las bajas de los repartos inicialmente previstos desde el principio de temporada, a los que ni I Masnadieri ni Don Pasquale fueron ajenos), se consiguió a última hora la participación del Michael Fabiano quien llegaba a Bilbao escasos días después de su Rigoletto en el Convent Garden londinense. A la postre, sendas decisiones se han revelado ventajosas habida cuenta de la profesionalidad de la prestación orquestal y del realce que la presencia del tenor estadounidense que ha otorgado sin duda a esta producción.  

   Arnau Bernard enmarca la escena entre el realismo dieciochesco casi extremo tanto del vestuario como del atrezzo y la indefinición de un fondo neutro sobre el que se desarrolla la historia. Un efecto no especialmente original pero de gran eficacia expresiva que, junto a un juego de luces de sutiles claroscuros y a una acertada dirección de actores, son valores incuestionables de esta propuesta escénica. También resultan muy logrados los movimientos de masas y sus pausas para dar relevancia a la acción principal, consiguiendo una extraña intimidad en los momentos más líricos.

   Irina Lungu debutaba como Manon y desde luego su voz, de atractivo e impersonal color eslavo, pareció desenvolverse con comodidad en la dificilísima tesitura de un rol que la gran Beverly Sills definió como “la Isolda francesa”. Cierto que los sobreagudos fueron de gran proyección pero no exentos de tirantez al menos en la primera parte de la obra y su interpretación, aunque de impactante y bellísima presencia escénica, no llegó a reflejar del todo la inconstancia anímica característica de este personaje que oscila entre la sensibilidad, la frivolidad y la pasión. Si bien la soprano rusa aborda acertadamente su Manon desde la sobriedad, no llegó a descollar vocalmente hasta la gran escena de la gavota y expresivamente hasta el dúo de Sant Sulpice, sin duda contagiada por la fogosidad del tenor. Éste, como ya hemos indicado, fue Michael Fabiano que derrochó entrega, empuje y volumen a despecho de una falta de homogeneidad en todos los registros y una limitada gama de matices, cantando casi siempre entre mezzoforte y forte (salvo excepciones como en “En fermant les yeux” con un pianissimo algo artificial y afalsetado). Mejor en la complicada “Ah, fuyez douce image” donde compensó su irregular control de la emisión con gran arrojo e intensidad. El público entusiasmado fue generoso ante la vehemencia de Fabiano y el buen hacer de Lungu que, para bien o para mal, brillaron más en los dúos - especialmente el citado de Sant Sulpice - donde la química entre ambos fue evidente.

   El resto del reparto se reveló muy equilibrado, destacando el contundente Conde Des Grieux de Roberto Tagliavini, situándose el resto entre la solvencia y la profesionalidad. El Coro de Ópera de Bilbao logró una actuación muy estimable, vocalmente superior que en anteriores ocasiones y escénicamente entregado. La mencionada Orquesta Sinfónica Verum estuvo, como poco, a la altura de los conjuntos habituales en el Euskalduna, destacando la calidez de las cuerdas y las intervenciones solistas de viento madera (especialmente clarinete y oboe). Bien es cierto que en los tutti ofreció un sonido algo burdo y bandístico pero ello no mengua una lectura que globalmente fue muy meritoria. Claro que al frente estaba un maestro especialista en este tipo de repertorio como Alain Guingal que dotó a la orquesta, a falta de un timbre exquisito, de una articulación y fraseo tremendamente idiomáticos así como de una fluidez narrativa elemental en una obra con tantos cambios espacio-temporales.

Foto: E. Moreno Esquibel

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