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Crítica: Albert Santiago dirige el 'Requiem' de Mozart al frente de la Orquesta Filharmonía de Barcelona y el Coro de Cámara Anton Bruckner

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Autor: Diego Civilotti
6 de abril de 2015

LA ATERRADORA TRANSPARENCIA DE MOZART  

Por Diego Civilotti
Barcelona. 30/03/15. Concerts a Barcelona. Palau de la Música Catalana. Ana Puche, soprano. Anna Tobella, mezzosoprano. Marc Sala, tenor. Elías Benito-Arranz, barítono. Orquesta Filharmonia de Barcelona y Coro de Cámara Anton Bruckner. Director: Albert Santiago. Mozart: Requiem, Sinfonía n. 40.  

    ¿Qué podemos decir de Mozart mejorando lo que se ha escrito? ¿Qué podemos decir de obras como su Sinfonía nº 40 o su Requiem? Casi no nos atrevemos a decir nada. Seguramente lo más característico de las partituras del genio salzburgués es una aparente simplicidad y candidez que sin embargo esconde una escritura de gran profundidad estructural y dramática, manteniendo una relación como la que mantiene el protagonista de Candide ou l’Optimisme –publicada en vida de Mozart–  con su autor, el nada cándido Voltaire. Y con ello, una música de aterradora transparencia cristalina que desnuda a cualquiera. Todo ello hay que incluirlo al tener en cuenta la dificultad que afrontaba la Orquesta Filharmonía de Barcelona y el Coro de Cámara Anton Bruckner, situando en su justa medida la valoración de la interpretación de un repertorio que  ha sido abordado hasta la saciedad por las mejores orquestas, coros y directores del mundo.

    Nos gustaría obviar lo ya obvio en la actualidad, que es un público que no se sabe comportar en una sala de concierto, pero no podemos, aunque ya suponíamos para este concierto una mayoría de turistas y público poco asiduo al Palau. Personas que tosían, hablaban en voz alta, aplaudían cuando no tocaba (hasta entre el Kyrie y el Dies irae), otros que los mandaban callar, y a su vez algunos que increpaban a los últimos pidiéndoles “dejar aplaudir a la gente cuando quiera”. Incluso gente que se marchaba a los veinte minutos de haber empezado el Requiem.      

 

 El gran aliciente era precisamente el Requiem, ese maravilloso testamento mozartiano donde belleza y muerte se confunden porque seguramente no hay cosa más bella, en el sentido clásico y griego del término, que la muerte cuando la tarea se ha cumplido: “la Muerte, mirándola bien”, le escribió Mozart a su padre cuando éste se estaba muriendo, “es el verdadero objetivo final de nuestra vida, y por eso desde hace unos años me he familiarizado con ese amigo verdadero y bueno del hombre”.      

   De la Sinfonía 40 la Orquesta ofreció una lectura correcta, donde algunas imprecisiones en el Molto Allegro se enmendaron con una gran mejoría en el Andante y el Menuetto. En algunos casos, una interpretación que iba más allá de la simple lectura; la presencia de solistas de la OBC, la Orquesta del Gran Teatro del Liceo y la Orquesta Sinfónica del Vallès garantizaba un resultado equilibrado, con algunos pasajes de calidad, pero sin llegar a la excelencia que podría exigírsele si fuera una orquesta estable. En este sentido, la labor del joven director Albert Santiago es muy meritoria y consigue un resultado notable, dentro de las limitaciones que le impidieron lograr un sonido compacto en muchas ocasiones. Nos gustaría escucharlo al frente de otra orquesta más trabajada y cohesionada.

   También en el Requiem la orquesta fue de menos a más, con algunos problemas de los metales, inestables y sin empaste con las cuerdas en el Kyrie. En los solistas, debido a una “indisposición” el tenor David Hernández fue reemplazado por Marc Sala, que resolvió la papeleta. En este apartado, merece destacarse el desempeño del barítono Elías Benito-Arranz, expresivo y con gran personalidad en todas sus intervenciones.

   Mención aparte tenemos que dedicarle al Coro de Cámara Anton Bruckner, una formación nacida hace doce años y en claro progreso. Nos consta que el coro trabajó intensamente y el resultado salta a la vista, cosa que hay que reconocer y felicitar, tanto a su directora Júlia Sesé, como a la entrega de todos sus miembros enfrentándose ante el reto que siempre ofrece Mozart. Pese a ser una formación cambrística, el coro ofreció una excelente proyección y profundidad dramática, manteniendo siempre el equilibrio con la orquesta y los solistas. Ellos fueron sin duda, la mejor noticia de la noche.

Foto: Lars Isdahl

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