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Crítica: «Alcina» en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

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Autor: José Amador Morales
12 de febrero de 2024

Crítica de la ópera Alcina de Haendel en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

«Alcina» en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

La ópera barroca vuelve a Sevilla con Alcina


Por José Amador Morales
Sevilla, 8-II-2024. Teatro de la Maestranza.  Georg Friedrich Haendel: Alcina. Jone Martínez (Alcina), Maite Beaumont (Ruggiero), Daniela Mack (Bradamante), Lucía Martín-Cartón (Morgana), Ruth González (Oberto), Riccardo Novaro (Melisso), Juan Sancho (Oronte). Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director). Orquesta Barroca de Sevilla. Andrea Marcon, director musical. Nicola Berloffa, dirección musical. Lotte de Beer, dirección escénica. Producción de la Deutsche Oper am Rhein Düsseldorf Duisburg.

   Con Alcina, la bellísima partitura que Georg Friedrich Haendel estrenara en la Royal Opera House de Londres el 16 de abril de 1735, la ópera barroca ha vuelto al Teatro de la Maestranza después de haber protagonizado muy puntuales y recordadas representaciones en su aún joven trayectoria. A bote pronto, recordamos la monteverdiana L’incoronazione di Poppea en 2005 o un Giulio Cesare de Haendel en 2008 y, más recientemente, una versión concertante del igualmente haendeliano Rinaldo ofrecida en 2018 por Harry Bicket y sus The English Concert, eso sí, en el marco del Festival de Música Antigua de Sevilla (FeMÁS). Una escasez del repertorio barroco que siempre ha sorprendido un tanto habida cuenta precisamente del prestigio del citado festival sevillano y, sobre todo, de la presencia de una Orquesta Barroca de Sevilla cuya extraordinaria calidad y nivel artístico es incuestionable a día de hoy. 

   Sin embargo, que ambos factores nos hablan de la existencia en la ciudad de un público conocedor y deseoso de este tipo de títulos es evidente, pero no es menos cierto que no se trata de un movimiento masivo de espectadores; y es que esta Alcina, a pesar de la reducción a tres únicas funciones, salvo la función del fin de semana por motivos obvios, no ha llenado la sala del teatro. Y si a ello añadimos la apatía de parte del público asistente (numerosos móviles, caídas de objetos y hasta ronquidos a uno y otro lado de quien esto suscribe…) podemos convenir en que hay mucho por trabajar en cuanto a sensibilizar y dar a entender este tipo de obras. La etapa Halffter lo consiguió en parte con un repertorio lírico que rompía con valentía las fronteras del postromanticismo; seguramente haga falta un planteamiento similar con el primer siglo y medio o dos, pues tampoco es que el Clasicismo haya sido muy bien tratado en este escenario. 

«Alcina» en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

   En esta ocasión hay que subrayar el acierto de una producción escénica que se ofreció con un único descanso de veinte minutos. La propuesta de Lotte de Beer, sin llegar a suponer particularmente creativa y a pesar de cierta monotonía estética, resuelve con bastante coherencia y audacia las relaciones interpersonales cambiantes de los distintos personajes en un entorno condicionado por la personalidad perturbadora de la protagonista. Ambientada en una suerte de resort de lujo a mediados del siglo XX, con una escenografía que al ir girando y subdividiéndose nos ofrece distintas estancias de este (desde zonas comunes como el salón-bar hasta las más privadas) hasta descomponerse para generar un espacio vacío y, por ende, desolador conforme se deshace el conjuro de Alcina, revelando no solo la realidad de su impotencia, sino especialmente su temida soledad. La directora alemana, muy resolutiva en la dirección de actores, se sirve además de un nutrido de figurinistas masculinos que acentúan el carácter perverso y dominante de la protagonista así como de una actriz como trasunto de la maga en la madurez.

   El apartado musical estuvo presidido desde un foso elevado para la ocasión, por la extraordinaria prestación de una entregadísima y solvente Orquesta Barroca de Sevilla de sonido cálido y aclamada de forma tan justa como entusiasta por el público. A su frente, la dirección carismática de Andrea Marcon impuso un pulso narrativo ágil, con tempi ligeros a excepción de las dos grandes escenas de Alcina del segundo y tercer acto, un tanto morosas en este sentido. El director italiano puso de relieve gran variedad de acentos y afectos contenidos en la partitura con gran equilibrio expresivo a lo largo de una lectura vehemente.

   Indudablemente otro acierto de esta producción es la homogeneidad sin fisuras de un reparto vocal íntegramente nacional a excepción del italiano Riccardo Novaro como elegante y oportunamente idiomático Melisso y la argentina Daniela Mack que perfiló una astuta caracterización dramática de Bradamente a despecho de una materia prima de escaso peso. Desde su primera salida al escenario Jone Martínez reivindicó con una notable presencia escénica y vocal el protagonismo de su Alcina, con un instrumento de gran proyección, atractivo tímbrico, refinada línea de canto y limpieza de emisión. La soprano vasca se mostró más convincente en los pasajes líricos que en los más extremos a nivel expresivo, como puso de manifiesto en «Ah! mio cor! schernito sei!», la gran aria con la que en esta producción finalizaba la primera parte.  

«Alcina» en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

   A su lado, el Ruggiero de Maite Beaumont suponía un acertado contrapeso interpretativo. La mezzo navarra compensa un instrumento discreto de timbre algo claro con una gran musicalidad y una dulzura en el fraseo no exenta de precisión en la coloratura. Esto último es extensible al Oronte de Juan Sancho, por otra parte un punto afectado de más. Convincente el Oberto de Ruth González a pesar de su discreta proyección vocal. 

Fotos: Teatro de la Maestranza

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