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Crítica: Alexander Polyanichko dirige a la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
9 de abril de 2018

Sin llegar a cuajar

   Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 6-IV-2018. Auditorio de Valladolid, Sala sinfónica. Temporada de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Triple concierto para violín, violonchelo y piano en do mayor, op. 56 de Beethoven y Sinfonía nº5 en re menor, op. 47 de Shostakóvich. Director: Alexander Polyanichko. Solistas: Eric Silberger, violín, Arnau Tomàs, violonchelo, y Varvara Nepomnyaschaya, piano.

   No resulta precisamente fácil darle coherencia a una obra como el Triple concierto en re mayor para piano, violín y violonchelo de Beethoven que presenta una mirada al pasado con momentos característicos de un Beethoven posterior. Y ciertamente el alcanzar este equilibrio y hacer de esas características algo sugestivo fue lo que no acabó de conseguirse. A esto habrá que sumar el hecho de que se produjeran ciertos desajustes entre los instrumentos solistas, de manera más acentuada en el primer movimiento, allí en donde violín y chelo caminan más unidos entre ellos  para acabar conjuntándose con el piano, y que parecieron caminar a veces distantes entre ellos. Esto no invalida el hecho de que existieran momentos de oportuna claridad en una melodía realmente inspirada, como demostró el violín solista, y como ocurrió en ciertos diálogos y repeticiones entre la orquesta y los solistas y entre éstos. Ahí quedaron pasajes como la entrada del chelo, que defendió bien su complicada parte, al inicio del segundo movimiento, tras darle la pauta los violines de la orquesta, o el efectista ritmo del movimiento conclusivo. En todo caso resultó una interpretación con altibajos, a medio camino, que no terminó de cuajar, en la que se produjo cierto distanciamiento entre los solistas, especialmente con el piano y en la que, cómo no, también hubo momentos clarividentes. Todas estas circunstancias determinaron que el director Alexander Polyanichkono alcanzara una versión en su conjunto más atrayente, en la que la combinación de colores fuera más palpable y sugerente.

   En la Sinfonía Nº5 de Shostakóvich pareció que Alexander Polyanichko encontró mejor las claves que guarda la obra, aunque no llegara a fermentar del todo. Hubo que esperar al tercer movimiento para encontrarse con los momentos más afortunados. Ciertamente en el Largo se alcanzó mayor nivel, propiciado por los murmullos sonoros, los sonidos mínimos capaces de reflejar intenciones ambivalentes, hasta llegar a ese efecto en el que el movimiento se va extinguiendo. Una sensación que tuvo su contrapunto, o mejor su continuación, en el inmediato estallido sonoro con el que se inició el tiempo conclusivo.

   Se engarzaron bien pasajes como el efecto de las maderas sobre el murmullo de la cuerda y las vueltas al frenesí, el silencio que rompen los timbales o el apresurado final. Al inicio de la obra se percibió la agresividad con la que comienza o los elementos paródicos del segundo movimiento. Pero aun así se dejó sin profundizar en muchos de los aspectos de la obra, tales como el lirismo subyacente, el juego entre lo evidente y lo que hay detrás, una ola de tensión permanente. En resumen, dar mayor realce y continuidad a los elementos que configuran los valores sinfónicos de esta obra.

Foto: OSCyL

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