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Crítica: La American Symphony Orchestra programa obras checas del siglo XX en el Carnegie Hall

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
22 de febrero de 2017

JOYAS INESPERADAS

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall. 10-II-2017. American Symphony Orchestra. Director musical, Leon Botstein. En los MontesTatrasde Vítezslav Novak. Sinfonía n° 3 de Bohuslav Martinu. Scherzo fantástico de Josef Suk. Sinfonía n° 5 de Ervin Schulhoff.

   Cada vez que asisto a un concierto de la American Symphony Orchestra pienso lo mismo. Si no existiera, habría que crearla. Es más, en toda gran ciudad con varias orquestas, al menos una debería ser como ésta. Si en uno de sus conciertos anteriores nos redescubrieron dos óperas como Der Diktator de Ernst Krenek o Friedenstagde Richard Strauss, y en otro sacaron a la palestra varias obras clave de la música americana del S.XX, compuestas por compositores de la Escuela de Boston, en esta ocasión, Leon Botstein y sus muchachos han puesto su punto de mira en la ciudad de Praga en la primera mitad del S.XX. Compositores que conocemos que conocemos por libros y discos como Josef Suk o Vitezslav Novak, han compartido programa con dos algo más conocidos pero que rara vez se les puede escuchar en una sala de conciertos: Bohuslav Martinu y Erwin Schulhoff. Pero incluso de estos, las obras que nos ha “descubierto” Leon Botstein son de las menos conocidas.

   Vitezslav Novak (1870-1949) y Josef Suk (1874-1935) son compositores de la generación siguiente a los dos compositores checos más famosos e influyentes: Bedrich Smetana y Anton Dvorak. De hecho los dos fueron alumnos y tuvieron bastante relación con éste último. Ambos compositores suelen ponerse de ejemplo de la Escuela nacionalista checa, que tuvo su fuerte en las dos primeras décadas del siglo pasado. Fueron unos años turbulentos en lo político – que nos llevaron a la Primera Guerra Mundial – y en lo artístico, donde los movimientos renovadores surgían por doquier en todas las artes, ya fueran pintura, arquitectura, literatura o música. Movimientos como la secesión vienesa, el art-nouveaux, el cubismo, el expresionismo, el dadaísmo, las vanguardias rusas que trajo la Revolución de octubre - que años después Stalin se encargaría de aplastar – o el futurismo tuvieron muchos parámetros comunes. Una explosión ingente de creatividad y una necesidad de romper con el pasado. “A cada tiempo su arte, y a cada arte su libertad” se puede leer aun en el edificio vienés de La secesión.

   En “En los Montes Tatras”, estrenada en 1902, Vitezslav Novak crea un fresco sinfónico a la manera de los poemas sinfónicos straussianos, donde describe la cadena montañosa que hoy en día separa Polonia de Eslovaquia, y que en aquellos años era una zona muy popular del Imperio Austro-húngaro. Novak, que los conocía bien y había escalado alguna de sus cumbres, crea una partitura algo irregular, llena de temas folclóricos, grandes melodías tocadas por la orquesta en conjunto, buscando un clímax tras otro como si estuviéramos regulando el esfuerzo de una ascensión a la cumbre. Algunos cronistas han querido ver paralelismos con la Sinfonía alpina de Richard Strauss, pero ésta se compuso una década después. En la partitura encontramos también efectos misteriosos, que simulan cambios en las condiciones atmosféricas y fuertes ráfagas de viento que surgen de flautas y píccolos. El final relajado de la puesta del sol nos viene descrito por las cuerdas y las arpas. LeonBotstein y sus músicos nos hicieron descubrir esta página irregular pero muy interesante de escuchar y donde cuerdas y metales rayaron a buena altura.

   Tres años después del estreno de la obra de Novak, Josef Suk, el yerno de Anton Dvorak estrenó su “Scherzo fantástico” en el Rudolfinum de Praga. Sin llegar a la calidad que atesora su Sinfonía Asrael, la obra bebe de la tradición de este tipo de obras desarrolladas por figuras tan señeras como Hector Berlioz, Felix Mendelsshon o Paul Dukas, y en ella podemos vislumbrar alguna de las melodías de las Danzas eslavas de su suegro con ricas harmonías y melodías fantásticas dibujadas principalmente desde unos violonchelos que en manos de Botstein sonaron cálidos y compactos. Tanto maderas como metales rayaron también a buena altura.

   De una generación posterior son los otros dos compositores del programa, Bohuslav Martinu (1890-1959) y Erwin Schulhoff (1894-1942). El primero fue el que mayor carrera internacional hizo en vida. Con cerca de 400 obras publicadas, compone sus seis sinfonías – un género que no había utilizado hasta ese momento - en los años que vive en Estados Unidos, primero como refugiado de guerra y posteriormente como profesor de varios conservatorios y universidades, Princeton, Bershire o el famoso Mannes College of Musicentre ellas.

   Aunque es un género que no había trabajado ni en sus años de Paris ni de Paraga, en los Estados Unidos empezó a recibir algún encargo para componer sinfonías. En 1944 se enfrenta a su tercera sin tener un encargo en firme, y es Serge Koussevitzky quien la estrena en 1945 con la Orquesta Sinfónica de Boston. La obra huye de retórica y grandilocuencia y se enfoca en pequeñas células melódicas – habitualmente generadas por violines y maderas - con variaciones rítmicas constantes – con efectos continuos de síncopas - , y con una búsqueda permanente de colores diferentes, donde arpas y piano enmarcan el trabajo de una percusión amplia que juega un papel definitivo. Un primer movimiento bastante kafkiano, nos lleva a un segundo más alegre y colorido que nos recordó a la obra de Novak escuchada anteriormente. El Finale está lleno de energía en su primera parte donde juega con distintas texturas orquestales y dibuja unos temas de las cuerdas con bastante enjundia que termina de perfilar con las maderas. La obra se va calmando en volumen y cuando parece que las células melódicas van a remontar el vuelo, con varios temas que recuerdan al Taras Bulba de Leos Janacek, las cuerdas, con multitud de colores e intensidades, se relajan definitivamente para terminar la obra con tres acordes del piano. León Botstein y su orquesta nos dieron una interpretación cuidadosa y detallista.

   Terminó el concierto con la Quinta sinfonía de Erwin Schulhoff. Figura clave de la música durante la República de Weimar, a caballo entre Berlín y Praga, pianista extraordinario y compositor abierto a todo tipo de tendencias vanguardistas, ya fueran dadaístas, expresionistas o jazzísticas, en su etapa berlinesa se  consideraba como “un extranjero enemigo”, mientras en su etapa posterior en Praga, los checos le consideraban un compositor filo germánico. Con los años, sus simpatías  comunistas le acercaron a la Unión Soviética, llegando a obtener la ciudadanía soviética. Fue arrestado cuando trataba de huir a Moscú tras la toma de Praga por los nazis. Trasladado al Campo de Concentración de Wülzburgen Baviera, enferma de tuberculosis y muere en 1942.

   Su Quinta sinfonía, compuesta entre 1938 y 1939, se estrenó en Weimar en 1965, veintidós años después de su muerte. En ella, hay ya poco del rompedor de los años veinte. Encontramos a un compositor más reflexivo, de mayor calado, con una música que recuerda  al Shostakovich de la 5ª Sinfonía. En los movimientos primero y último se masca la tensión propia de la época en que fueron compuestos - con esa mezcla de retórica bélica por un lado y de esperanza en un futuro mejor por otro - y podemos vislumbrar los movimientos épicos de las “Sinfonías Octava y Leningrado”, que el músico soviético compondráaños más tarde durante la Segunda Guerra Mundial.

   Orquesta y director estuvieron precisos y contundentes en el Andante inicial, y dieron vuelo al soberbio Adagio. En el Scherzo, de una energía e ímpetu irrefrenables, la orquesta fue dúctil y rotunda, con unas cuerdas lacerantes, unas maderas minuciosas, unos metales rutilantes y una percusión detallista. El Allegro finalcon sus marchas “militares” fue impulsivo y vertiginoso, concluyendo la obra en una especie de exaltación patriótica.

   El público respondió con calor al término de un programa atractivo e innovador, que nos descubrió varias joyas inesperadas.

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