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Crítica: Recital de la pianista Ana Guijarro en la Fundación Juan March

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Autor: Álvaro Menéndez Granda
3 de febrero de 2017

GENEROSAS ENSEÑANZAS

   Por Álvaro Menéndez Granda
Madrid. 1-II-2017. Fundación Juan March. Ciclo de miércoles. «Vuelta al orden: clasicismos y neoclasicismos». Ana Guijarro, piano.

   No es la primera vez, ni será la última, que acudo a uno de sus conciertos. Su trabajo como directora de la que probablemente sea la más importante institución de la enseñanza musical en España, el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, la ha mantenido más alejada de los escenarios de lo que me gustaría y, por ello, cada uno de sus recitales es motivo de expectación. Su buen hacer es ya indiscutible, un buen hacer que la ha mantenido muchos años en una posición privilegiada en el pianismo español y que se extiende de la sala de conciertos hasta el aula: su reconocimiento como docente está a la par con aquel que tiene como pianista.

   Por eso no es difícil encontrarse en sus conciertos con alumnos y otros compañeros de profesión que acuden a disfrutar de música bien interpretada y bien elegida, pues a la destreza pianística de Ana Guijarro hay que sumarle una especial habilidad para confeccionar sus programas. El pasado día uno en la Fundación Juan March, encuadrada en el ciclo «Vuelta al orden: clasicismos y neoclasicismos» nos esperaba una hermosa selección de obras de Haydn, Mozart, y Beethoven, el trío de reyes de la música para tecla de la época clásica. Encabezado por las Variaciones en Fa menor Hob.XVII/6, el programa recorrió una interesante combinación de variaciones y sonatas en las que cada compositor estaba representado por una sonata y un ciclo de variaciones.

   Haydn fue sorprendente, fresco y dinámico. Su Sonata Hob.XVI/52 sonó al mismo tiempo delicada y contundente, con una claridad cristalina en los pasajes más virtuosísticos, que no son pocos ni cómodos para el intérprete. Una de las peculiaridades del pianismo de Ana Guijarro es su extraordinaria presencia escénica, que transmite una seguridad asombrosa, y su particular gestualidad, contenida casi en exceso, que si bien no le aporta un sonido especialmente potente, no le impide hacer salir del instrumento una belleza tímbrica extraordinaria. Así lo he podido comprobar cuando la he escuchado en otras ocasiones: me vienen a la mente otras tres citas en la Fundación Juan March, una de ellas con preludios de Debussy y Rachmaninov, otra con Beethoven, y otra más con el maravilloso Tombeau de Couperin de Ravel; también en León, con un precioso programa dedicado a Chopin que me abrió la mente a su Sonata Op.58 y me impulsó a escaparme a Santander para escuchársela de nuevo en Palacio de Festivales. Guijarro está cómoda con todos los repertorios, su técnica se lo permite y eso finalmente se traslada al público en su aplomo escénico. No obstante, fue posible verla disfrutando ante el piano con los pasajes más animados del programa.

   La música de Mozart debe ser siempre una constante en la vida de un pianista, a pesar de que todos pasamos por etapas en las que nuestros gustos transitan por diferentes territorios artísticos. Pero, por muy íntima que sea nuestra relación con Mozart, nunca llegamos a estar realmente tranquilos ante una de sus obras. Nos desnuda en el escenario y nos muestra tal y como somos, sin dejarnos siquiera un rincón donde esconder nada. Con Mozart el pianista está expuesto y Guijarro demostró no tener nada que esconder. La Sonata KV333 en si bemol mayor es una de esas grandes sonatas del autor a las que sólo le falta la orquesta para convertirse en un concierto. Su escritura es compleja y exigente. No podemos encontrarle nada malo a la versión de la pianista y profesora madrileña; fue sólida y madura, su toque fue claro y su articulación precisa. En la segunda parte del concierto interpretó las variaciones  «Salve tu, Domine» KV398 y la Fantasía en do menor KV475, ambas de nuevo con acierto.

   Beethoven fue, para mi gusto, el plato fuerte. Ya hemos dicho que Guijarro navega con comodidad por las aguas del clasicismo más puro, pero la escritura de Beethoven exhibe, pese a ser eminentemente clásica,algunos rasgos más avanzados y ahí es donde la pianista ofrece su mayor brillo. Las variaciones sobre «Nelcorpiù non mi sento» WoO70 fueron brillantes y nítidas, pero fue la Sonata Op.13 la joya del programa. El primer movimiento sonó, en sus manos, cargado de tensión, turbulencia y dramatismo. El Adagio transcurrió en su habitual clima de nostálgica calma sacudida por accesos de luminosa sonoridad. El Rondo final fue, a mis ojos, el más logrado en su conjunto y consiguió mantenernos en vilo hasta el final.

   Poco más que decir de un concierto que, si bien no fue perfecto, tampoco era necesario que lo fuese. La perfección, aunque hermosa y subyugante, no nos es propia a los seres humanos. La gestión que Guijarro hizo de los tempi me recordó que se puede ser virtuoso sin recurrir a velocidades extremas, que la claridad y el control son más importantes. Y, como suele ocurrirme cada vez que la escucho, me recordó que hubo un día en que yo tenía amor e ilusión por el instrumento y que aunque nunca llegue a ser nadie en el mundo del piano debería seguir estudiando, trabajando y tocando con la entrega y la dedicación con que ella lo hace. Estaes, seguro, la mejor enseñanza que puede transmitir esta maestra, y también la más generosa, pues no hace falta ser su alumno para aprender de ella.

Foto: Fundación Juan March

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