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Crítica: Andrea Battistoni dirige 'Aida' de Verdi en La Arena de Verona

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Autor: Raúl Chamorro Mena
25 de agosto de 2017

"Ver tantas filas sin ocupar en la Arena en una Aida y con la edición histórica de 1913 tampoco llena de alegría al que suscribe".

UN TANTO DECEPCIONANTE

   Por Raúl Chamorro Mena
16-VIII-2017. Verona, Arena. 95º Opera Festival 2017. Aida (Giuseppe Verdi) Edición histórica 1913. María José Siri (Aida), Giovanna Casolla (Amneris), Walter Fraccaro (Radamés), Carlos Almaguer (Amonasro), Deyam Vathckov (Ramfis), George Andguladze (Il Re). Orquesta y Coro de la Arena de Verona. Dirección musical. Andrea Battistoni. Dirección de escena: Gianfranco de Bosio sobre la edición histórica de 1913.

   672 representaciones en el Festival sumaba con la de esta noche la ópera “Areniana” por excelencia, Aida, que, además se representaba en la edición histórica de 1913 ofrecida con ocasión de la inauguración del Festival de la Arena de Verona que tuvo como principal impulsor al gran tenor nacido en la ciudad Giovanni Zenatello. Desde el Festival de 2013 en que, como celebración del centenario, se programó una nueva producción a cargo de la Fura dels Baus junto a la reexhumación de la edición histórica de 1913 a cargo del veteranísimo y también veronés director de escena Gianfanco de Bosio, ambos montajes se alternan en cada edición del Festival. El correspondiente a la edición histórica tiene el irresistible sabor de lo antiguo, en el mejor sentido de lo clásico, de otra época, en que el elemento estético era fundamental y no se vislumbraban los dislates a los que se llegaría en la escena operística décadas después.

   El montaje con unos decorados vistosísimos, maravilloso cartón piedra, pretende aprovechar en toda su amplitud el extenso escenario de la Arena y dotar de la mayor espectacularidad posible las escenas más propicias a ello de la obra maestra verdiana como ese último cuadro del acto segundo en que una gran masa (bien movida) de figurantes, incluidos cuatro caballos blancos, llenaron el escenario. Sin dejar de lado con ello, los muchos momentos íntimos (la mayoría) que contiene la ópera con un acto del Nilo en que se siente el perfume y el misterio de las aguas y la noche Africana o esa escena final con el doble plano escénico de los enamorados abajo a punto de ser inmolados por la “fatal pietra” y Amneris en el plano superior rezando por la paz de sus almas.

   La representación, sin embargo, fue un tanto decepcionante en el plano musical y canoro, resultando la función más floja de las muchas que el que firma ha presenciado en los Festivales Arenianos. En primer lugar, una dirección musical errática del excesivamente gesticulante Andrea Battistoni. Su gesto aparatoso y saltarín no se tradujo en mando, ni en apropiada concertación, pues los desajustes fueron evidentes en las grandes escenas de masa sin resultar capaz, ni mucho menos de exponer la riqueza polifónica de las mismas y ello a pesar de contar con un coro tan vigoroso y sonoro como el de la Arena. En definitiva, efectismo frente a verdadera tensión, monotonía y planicie frente a creación de atmósferas, en una labor deshilvanada, incapaz de obtener un sonido limpio y compacto a una orquesta que sonó gris y borrosa, con una cuerda débil y unos metales estridentes y a su aire.  

   La soprano uruguaya María José Siri no justificó, en opinión de quien suscribe, su abundante presencia en los teatros italianos más prestigiosos, incluida La Scala de Milán en la que abrió temporada con Madama butterfly. Se trata de una cantante con escaso interés tanto del punto de vista vocal como interpretativo-expresivo. El sonido, desguarnecido en la franja grave y de timbre más bien genérico, gana brillo y presencia en la zona medio-alta, aunque luego llegó el Do 5 de la escena del Nilo y la nota se abrió de manera inmisericorde, terminando en las fronteras del grito. Esa falta de remate técnico se aprecia también en unos filados que la soprano es incapaz de mantener, quedando en intentos.Todo ello sin garra y con un fraseo aburrido, sin imaginación alguna y sin la incisividad que requiere el canto verdiano. En cuanto a acentos y temperamento le dio una lección Giovanna Casolla a sus 72 años!!! Al comienzo le costó controlar la oscilación y encontrar la afinación, y aunque los graves resultaron inaudibles y le falta aire, lógicamente, para rematar las frases, pegó un buen puñado de sonidos restallantes, de esos “arenianos” que llenan tan inmenso recinto. Como ejemplo de ello fue el agudo mantenido “ad libitum” de “Anatema su voi” al final de su gran escena del acto IV,  que fue el sonido más vibrante de toda la noche. De Walter Fraccaro y su timbre nasal, apretado y sin squillo arriba, falto de redondez y carne en el centro para un Radamés, lo mejor que puede decirse es su impoluta y honrada profesionaldad. Dió todas las notas de su parte, sin brillantez, pero las da, sin inspiración, ni personalidad en el fraseo, pero sin gritar.

   El Amonasro de Carlos Almaguer tuvo cierta contundencia con un material extenso (graves audibles como en “morte invan cercai”) y buenos agudos (“Dei faraoni tu sei la schiava”). Escasamente noble el timbre de Deyan Vatchkov en un Ramfis de escasa autoridad sacerdotal. Ver tantas filas sin ocupar en la Arena en una Aida y con la edición histórica de 1913 tampoco llena de alegría al que suscribe, que espera que el Festival Areniano recupere sus mejores momentos de esplendor porque le profesa sincero cariño.

Foto: Ennevi (Arena de Verona)

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