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Crítica: Andrés Orozco-Estrada y la Sinfónica de Viena en Valladolid

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Autor: Agustín Achúcarro
5 de marzo de 2022

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Viena en el Auditorio Miguel Delibes de Valladolid, bajo la dirección de su titular, el colombiano Andrés Orozco-Estrada

Sinfónica de Viena en Valladolid

Un concierto tan reseñable como necesario

Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 1-III-2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Auditorio de Valladolid. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Viena. Vilde Frang, violín solista; Andrés Orozco-Estrada, director. Concierto para violín en re mayor, op. 61 y Sinfonía nº7 en la mayor, op. 92 de Beethoven.

   La Orquesta Sinfónica de Viena llegó al Auditorio de Valladolid fruto de un acuerdo entre el Centro Cultural Miguel Delibes y la institución privada  La Filarmónica, consistente en la realización de una serie de conciertos. El Auditorio de Valladolid, tras una primera etapa, ha ido reduciendo drásticamente la programación, hasta llegar a una práctica supresión de su programación de orquestas de relieve, música de cámara, ópera en concierto o ciclos de lieder, por lo que a priori este acuerdo no deja de ser una buena noticia, cuya continuidad se hace necesaria para la vida musical de la ciudad. De hecho, el Auditorio vive actualmente de forma casi exclusiva de los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, cuya labor resulta imprescindible.

   La Orquesta Sinfónica de Viena, de gira, escogió un repertorio dedicado a Beethoven, concretamente al Concierto para violín y la Sinfonía nº7. O sea, un repertorio de obras muy famosas, encaminado a conseguir atraer a un público mayoritario.   

   Un elemento común en la interpretación de las dos obras fue la calidad del sonido, por parte de una orquesta que demostró dominar ese repertorio. A esto se unió una dirección de Andrés Orozco-Estrada de una gestualidad muy natural, nada coercitiva, que contribuyó decisivamente a magnificar las cualidades de su formación.

   En el Concierto para violín se contó con la violinista Vilde Frang, que ya había dejado muestras de su talento en varias intervenciones junto a la Sinfónica de Castilla y León (aclaración que se hace al figurar en el programa de mano «Nos complace presentar a la violinista Vilde Frang»). La solista planteó una versión muy lírica, transparente, de una proyección del sonido proverbial y una afinación maravillosa. No hubo en la interpretación de la violinista sobresaltos o momentos excesivamente remarcados, lo que no evitó que trasladara la emoción que suscita la obra, con soltura y una variedad ingente de recursos. A través de matices y detalles consiguió una magnífica interpretación y un desarrollo valioso de la obra. Solista y director se empeñaron en tratar a fondo esa colaboración entre violín y orquesta que forman parte de la esencia de este concierto. Esa relación marcó el devenir de la obra, por la solvencia y la plenitud alcanzada en el fructífero discurso musical entre orquesta y violinista. Tras el solo inicial del timbal, tan esencial, y la melodía principal en manos de la orquesta, la intervención de la solista tuvo la virtud de llevar el sonido a un elevado ámbito. El movimiento lento resultó un paradigma de la  clarividencia en la exposición del tema por parte de la orquesta, junto  al juego de las variaciones y los adornos melódicos por parte de la solista. Al tiempo conclusivo Frang le dio rotundidad, con efectos especialmente vibrantes, y encanto a la vez.

   La Sinfonía nº7 resultó ejemplar al percibir cómo se pone una orquesta al servicio de una obra y cómo consigue el equilibrio entre las distintas secciones. Orozco-Estrada recreó una atmosfera sonora densa, dejó que las tensiones y las distensiones fluyeran con contundencia. El Allegretto fue un canto al color y sus contrastes, desde la mayor transparencia a cierta oscuridad defendida por los metales, con unos diálogos muy subrayables. En el final de la obra mantuvieron ese ritmo en el que la imitación y el ostinato significan avanzar camino a la rauda conclusión, que previamente tendrá un punto de pausa efectista, antes de verse la música abocada al frenético final. Mantuvieron aquí la orquesta y el director un pulso eléctrico, que no disminuyó, ni tuvo fisuras, al margen de cierto exceso de las trompetas, que no emborronó su labor general. El movimiento anterior, el Presto, quedó marcado por la precisión dada al tema por la pareja oboe-flauta, por cómo eso fue llevado a toda la orquesta y por la concepción del juego rítmico-melódico.

   La Orquesta Sinfónica de Viena dejó patente que es un repertorio que  domina, y justificó su programación al no caer en actitudes rutinarias frente a obras que artistas y público conocen sobradamente. Ante el éxito interpretaron la Pizzicato Polka de Johan y Joseph Strauss.  

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