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Crítica: Andrew Davis dirige 'La valquiria' de Wagner en la Lyric Opera de Chicago

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Autor: David Yllanes Mosquera
10 de noviembre de 2017

NOTABLE FUNCIÓN WAGNERIANA CON ALGÚN EXCESO ESCÉNICO

   Por David Yllanes Mosquera
Chicago.  5-XI-2017. Civic Opera House. Lyric Opera. La valquiria (Richard Wagner). Brandon Jovanovich (Siegmund), Elisabet Strid (Sieglinde), Ain Anger (Hunding), Eric Owens (Wotan), Christine Goerke (Brünnhilde), Tanja Ariane Baumgartner (Fricka), Whitney Morrison (Gerhilde), Alexandra LoBianco (Helmwige), Catherine Martin (Waltraute), Lauren Decker (Schwerleite), Laura Wilde (Ortline), Deborah Nansteel (Siegrune), Zanda Švēde (Grimgerde), Lindsay Ammann (Rossweisse). Dirección musical: Sir Andrew Davis. Dirección escénica: David Pountney.

   Uno de los buques insignia de la Lyric Opera of Chicago es su nuevo ciclo del Anillo wagneriano, que están presentando a razón de una ópera por año para en 2020 programar la tetralogía completa. Cuentan como indudable reclamo con el excelente nivel de su orquesta, dirigida por Sir Andrew Davis, quien este mes cumple 30 años desde su debut con la Lyric, de la que es director musical desde el año 2000. La dirección escénica se ha confiado al británico David Pountney y es coproducción con el Teatro Real, con lo que dentro de un par de años se podrá ver en Madrid.

   Después del Oro del Rin de la temporada pasada, llegamos a la primera jornada, La valquiria. En la interpretación de Pountney, el mundo ha progresado de su primitivo estado en el Rheingold y se asienta ya en la modernidad. Los dioses parecen miembros de una familia imperial, con gran poder pero a la vez sujetos a las convenciones sociales. Quizás la mayor seña de indentidad de esta producción es su interés por devolver continuamente el escenario a lo que el regista llama su «condición pristina y virginal». Esto es, con frecuencia se eliminará casi toda la escenografía para recordarnos que La valquiria, a pesar de enmarcarse en una épica saga, se basa en el fondo en una serie de íntimas escenas entre dos personajes. Todos los cambios de escena se harán a la vista, de manera bastante ágil y efectiva. Destaca en este sentido el inicio de la obra, cuando en medio de la famosa tormenta aparece, sobre un escenario vacío, un Wotan ataviado con una capa bordada por las Nornas con el diseño del Fresno del mundo. A continuación, como invocados por el dios, empezarán a aparecer lentamente los elementos que componen la cabaña de Hunding, entre los que destaca un enorme árbol inclinado que atraviesa todo el escenario.

   El resultado es efectivo y lo volverá a ser cuando, en el acto segundo, el Valhalla (la fachada de un palacio, rodeada por un balcón) descienda hasta estabilizarse a varios metros de altura. Cuando Wotan dé ordenes a Brünnhilde o a las demás valquirias, lo hará desde esa posición de superioridad, pero descenderá a la tierra en sus crucial escena final con su hija predilecta. En otros momentos (como en la huida de los welsungos por el bosque), grandes torres de madera cruzarán el escenario y cercarán a los protagonistas. En general, la escenografía y dirección escénica están al servicio de la música y respetan el espíritu de la obra. Pero solo en general: varios problemas irán apareciendo durante el desarrollo que, en el tercer acto, casi logran hacer descarrilar la función.

   Podemos resumir estos fallos en un exceso de literalidad que generará hasta momentos inadecuadamente cómicos, en contra de una experiencia teatral en la que todos podemos usar nuestra imaginación. El primer aviso llega en el primer acto, en el que Sieglinde está literalmente encadenada al árbol. El segundo acto parece evitar estos problemas y funciona bien en su conjunto, coronado con una impactante aparición de la lanza de Wotan. Pero en el tercer acto llegan los problemas. Mientras suena la famosa «Cabalgata de las valquirias» se nos muestra una escena repleta de cadáveres ensangrentados, esparcidos por los suelos y colgando de puentes y cuerdas. Las valquirias, con un alarmante atuendo y maquillaje rojos, los recolectan alegremente, ayudadas por una tropa de siniestras enfermeras con mandiles bañados de sangre. Se puede entender una buena intención detrás de esta propuesta (mostrar la fría e inhumana naturaleza de las valquirias, para dar mayor dramatismo a la rebelión y compasión de Brünnhilde), pero el resultado es de lo más desafortunado. En la confusión reinante resulta difícil saber quién canta y Ortlinde habla de separar los corceles para que los héroes enemigos no se peleen cuando lo que cuelga de los caballos son dos sacos transparentes aparentemente llenos exclusivamente de sangre. Todo ello no resulta chocante ni una denuncia de los horrores de la guerra, sino simplemente chusco y desvirtúa totalmente el momento. Otro traspiés llegará más adelante: antes de que Wotan rodee a Brünnhilde de un fuego mágico, veremos a una docena de figurantes en gabardinas acercarse a la valquiria, con obvias intenciones. Afortundamente, desaparecerán de nuestra vista para la emotiva escena final (y hemos de decir que la aparición de Loge y de su barrera ígnea es bastante vistosa). En definitiva, una producción con buenas ideas pero también bastantes excesos.

   Afortunadamente, el apartado musical funcionó a nivel notable. Brandon Jovanovich resulta un Siegmund convincente. Heroico y vigoroso, con buenos acentos, resulta impactante en sus gritos de «Wälse, Wälse!», pero carece de los matices y de la variedad en el fraseo que uno desearía en pasajes más reposados. Su momento menos convincente es probablemente la escena del «Todesverkündigung», quizás acusando cierto cansancio por su entrega en el primer acto. Elisabet Strid, en su debut en la Lyric, tiene buena química con Jovanovich y un sonido potente y claro, aunque carece de la garra y presencia escénica para completar una caracterización verdaderamente memorable. El estonio Ain Anger, también novedad en Chicago, crea un Hunding amenazante, brutal, con gran efecto dramático. Tiene una voz de bajo resonante e imponente, pero ciertos déficits técnicos que en ocasiones resultan en un sonido demasiado tosco.

   El segundo acto se abre con la, a priori, mayor incógnita de la función: el Wotan de Eric Owens. El bajo norteamericano atravesó un mal momento vocal la temporada pasada, con bastantes problemas sobre todo en la Rusalka del Met. A esto unimos que el papel le viene grande (la suya es una voz más adaptada a un Alberich). Sin embargo, en el Oro del Rin que ofreció la NY Philharmonic el pasado junio parecía haberse recuperado. Me complace comprobar que este buen momento de forma continúa. Sin duda, Owens no puede satisfacer completamente todos los requirimientos del papel: tiene carencias en el registro agudo, quizás cierta falta de autoridad y  técnicamene muestra una emisión algo retrasada. Pero pronto se reveló como un Wotan lleno de nobleza, que canta con seguridad e intención. Esto se certificó en su larga narración de la historia del anillo, un pasaje que a menudo puede resultar aburrido pero que Owens abordó con gran intensidad. Asimismo, transmitió gran sentimiento en sus escenas con Brünnhilde. A falta de una verdadera voz de Wotan, compensa con una gran recreación del personaje. Tanja Ariane Baumgartner le da réplica como una Fricka intensa, autoritaria. Responde con gran fiereza y convicción a todas las objeciones de su marido y causa impresión en escena con un rico registro agudo (más floja por debajo, en ocasiones ahogada por la orquesta).

   Llegamos a la principal protagonista de este Anillo: la soprano estadounidense Christine Goerke, quien últimamente está copando los repartos wagnerianos en Norteamérica. Esta cantante ha conseguido una gran progresión en los últimos años. A una gran voz ha unido una mejor técnica y, sobre todo, una gran personalidad escénica. Genera un sonido siempre penetrante, poderoso cuando la partitura lo requiere y a la vez capaz de recogerse hasta un susurro. Pero su principal fuerte es la caracterización: es totalmente convincente en su paso de una adolescente impulsiva y deseosa de complacer a su padre al de una mujer compasiva y fuerte. Bien metida en el papel, tanto en sus primeras escenas con Wotan, como cuando aparece imponente montada en un caballo alado para anunciar a Siegmund que debe morir. Goerke es ahora mismo un claro reclamo para cualquier función wagneriana.

   Completan el reparto las ocho valquirias, algo desiguales. Como he comentado, sus intervenciones se ven lastradas por los más desafortunados momentos de la dirección escénica, con lo que deben lidiar no solo con sus papeles sino también con la confusión reinante. Algunas adolecen de voces demasiado pequeñas, incapaces de hacerse oír en la enorme Civic Opera House. Destacó entre ellas Alexandra LoBianco como Helmwige.

   Excelente prestación de la orquesta de la Lyric y de un Andrew Davis siempre atento a mostrarnos los matices de la partitura wagneriana. Podrían achacársele en algún momento puntual unos tempos algo inconsistentes, pero en general se mantuvo un gran pulso dramático. La interpretación, siempre detalladísima, tuvo su mejor momento en el gran final de la obra. En esta despedida entre Wotan y Brünnhilde todos (Davis, orquesta, Owens y Goerke) estuvieron brillantes y nos brindaron un broche de oro a una función musicalmente notable.

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