Crítica de Óscar del Saz del recital de Anna Prohaska y Pierre-Laurent Aimard en el Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM] y Teatro de la Zarzuela
Puzzle nocturno, canto sentimentaloide
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 30-III-2026. Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXXII Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Recital 5. Obras de Charles Ives (1874-1954), Gustav Mahler (1860-1911), Claude Debussy (1862-1918). Anna Prohaska (soprano), Pierre-Laurent Aimard (piano).
Siempre congratula escuchar a cantantes debutantes en este Ciclo de Lied -en esta edición casi todos lo son-; hoy tocaba disfrutar de la polifacética soprano austro-británica Anna Prohaska (1983), con carrera internacional que se esparce desde sus tempranos 18 años y, sobre el papel, elogiada por su versatilidad, valentía y precisión en estrenos mundiales (Goerge Benjamin, Dusapin, Furrer, Kurtág, Ruzicka), haciendo comprensible lo complejo y aportando frescura y claridad a partituras de densa escritura, y moviéndose con idéntica solvencia entre el Barroco, el Clasicismo, el Romanticismo y la creación contemporánea.
Su acompañante, el experimentadísimo pianista Pierre-Laurent Aimard (1957), artista residente de la temporada 25/26 del CNDM y participante en un recital previo en la edición XIII (2006-07). Aimard es considerado como un pianista integral: intérprete, programador, pedagogo, investigador, intelectual musical y una de las figuras más influyentes del último medio siglo (especialista total en Messiaen, Kurtág y Ligeti). Su carrera combina una muy buena técnica, un compromiso radical con la música contemporánea y una capacidad única para leer el repertorio desde la inteligencia y la emoción.
Ciertamente, el recital prometía, por imbuirse de lleno ambos intérpretes en el universo estilístico de Charles Ives -que por su excesiva «incoherencia», todos sabemos que no existe tal estilismo- (14 de las 20 piezas de este compositor nunca habían sido interpretadas en este Ciclo), utilizando seis piezas dispersas de Mahler -en la primera parte- y un ‘grupetto’ de canciones de Debussy -en la segunda-, como deseables y necesarios reposos.
Empezando precisamente por aquí, diremos que se cumplió a medias con el estilo de Mahler, con una voz no totalmente adecuada (tampoco bella), aunque sí valorable por el timbre claro, directo y apto para contar historias, en sintonía con la poesía del «Wunderhorn», y que después acometió otros cinco poemas sueltos del mismo compositor, miniaturas que mezclaron ingenuidad, ironía, fatalismo y humor.
Prohaska, no consiguió -a nuestro juicio- ni los cambios de color ni de la emisión para pasar del humor a la emoción en los pocos segundos que dura una pieza. Como ejemplo, «Ablösung im Sommer [Remplazar en verano]» es la historia más corta y cruel del repertorio: se muere el cuco, lo sustituye el ruiseñor y aquí no pasa nada. Música genial, mensaje despiadado, pero voz con insuficientes registros expresivos. En el piano, Aimard subrayó convenientemente las modulaciones inesperadas y giros armónicos, con ironía musical y narración paralela al canto.
En Debussy, las «Proses lyriques» estuvieron mejor reflejadas en su inherente dificultad y remarque de un impresionismo pleno, donde el texto es simbólico y onírico -abundan las medias voces-, aunque faltó una más amplia paleta de colores para conseguir matices más gradados, ya que la voz no flotó ni suspiró como hubiera sido deseable. En «De rêve», las frases interminables exigieron buen control del fiato que sí se materializó. Voz y piano dialogaron de forma flexible, creando este último la adecuada ambientación física y sensorial.
El hilo conductor del recital, por supuesto, fue Charles Ives, quizá en demasiada dosis… Ese corredor de seguros de día que «componía de noche como quien hace puzzles en la oscuridad», y luego preguntaba «¿A que se entiende perfectamente?». Creímos ver a Prohaska en su salsa, y también a Aimard, porque a ambos parece que les gustan las cosas imposibles para poder «hacerlas fáciles». Cantar Ives no es fácil, desde luego: hay que cortar frases de golpe, deslizarse entre intervalos, cambiar rápido de contexto y de personaje, y mantener pureza de líneas en el fraseo y en el legato.
En piezas como «Serenity», donde el texto es casi una oración suspendida, la dificultad para la soprano fue la contraria: casi no moverse, no sobreactuar, no respirar de más. En «September», Prohaska sorteó coloraturas inesperadas, aunque en ninguna canción hubo de superarse en exceso la zona central del pentagrama…, y la artista parece que se divertía. La pregunta es «si sólo ella…». Nuestra opinión es que a nosotros nos aburrió un canto, en general, «sentimentaloide», y un tanto sobreactuado, siempre utilizando los mismos «tics» en el enfoque.
Para el piano, hubo momentos extremos debido a la escritura de Ives, aunque nada que se le resistiera a Aimard. Por ejemplo, en «Slow March», el humor absurdo de la pieza exige un fraseo en el piano entre satírico y nostálgico, y en «The swimmers», el instrumento lucha literalmente contra la corriente.
«The Circus Band», como cierre, fue una despedida explosiva, de voz y piano, gracias a la cuál se despertaron los aplausos más enardecidos hasta el momento para ambos intérpretes, concediendo una propina de Schumann titulada -y anunciada por Prohaska- «Die beiden Grenadiere», de Robert Schumann (sobre un poema de Heine), que cuenta la historia de dos soldados franceses -dos granaderos- que regresan a su patria tras haber sido hechos prisioneros en Rusia durante la fallida campaña napoleónica. El ambiente es sombrío porque vuelven derrotados, exhaustos y heridos, sin embargo Prohaska lo llevó a su terreno, bastante poco quintaesenciado. Ahí acabó todo, y con dos salidas más a saludar, el público se disolvió poco a poco hasta mejor ocasión.
Fotos: Rafa Martín
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