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Crítica: Antonio Pappano, Patricia Kopatchinskaja y la Sinfónica de Londres en Ibermúsica

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Autor: Óscar del Saz

Crítica del concierto de Antonio Pappano, Patricia Kopatchinskaja y la Sinfónica de Londres en el ciclo de Ibermúsica

Pappano y Kopatchinskaja en Ibermúsica

La maestría del Pappano sinfónico

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 24-X-2023. Auditorio Nacional de Música. Ibermúsica. Concierto B1. Serie Barbieri. Obras de Béla Bartók (1881-1945), Fazil Say (1970) y L. Van Beethoven (1770-1827). Patricia Kopatchinskaja (violín). London Symphony Orchestra. Sir Antonio Pappano, director.

   La afamada London Symphony Orchestra -cuyo alto nivel deviene de figuras de la dirección de la talla de Sir Simon Rattle (1955) o Michael Tilson Thomas (1944)-, y Sir Antonio Pappano (1959) (que será oficialmente su titular en enero de 2024), director muy experimentado en los fosos operísticos, han sido los encargados de protagonizar la apertura de la temporada de conciertos número LIV de Ibermúsica, con un lleno casi absoluto, incluidas las localidades correspondientes a los asientos del coro.

   En cuanto al programa, muy atractivo, comenzó con la compleja en ejecución Divertimento para cuerdas, de Béla Bartók, continuando con la personalísima música contemporánea del turco Fazil Say (1970) -Mil y una noches en el harén-, obra compuesta en su momento para la otra protagonista de esta velada, la violinista moldava Patricia Kopatchinskaja (1977), que se enfrentó a una suerte de concierto de ambientación popular árabe, para violín y orquesta. En la segunda parte, se sirvió el apetecible plato de la Séptima Sinfonía de Beethoven.

   Comenzando por esta última, asistimos a una más que intensa versión de la Séptima que Pappano planteó de forma que la sucesión de movimientos se desarrollara con una aceleración progresiva de los tempi -Poco sostenuto, Vivace; Allegretto; Presto; Allegro con brio-. Es éste un diseño plausible de entender la sinfonía en su conjunto, de darle una unidad más allá de una sucesión de movimientos con una acotación reseñada, habiendo de tener en cuenta -además- que la musicología ha acordado que en esta sinfonía Beethoven se encomienda de alguna forma a la experimentación o búsqueda de nuevas encrucijadas, lo que puede dar lugar a más grados de libertad interpretativos posibles.

   También se argumenta que esta sinfonía fue, en realidad, concebida por Beethoven como un homenaje a la danza, como máxima expresión del movimiento corporal y de la felicidad humanas que, obviamente, siempre es cambiante y sujeta a los avatares vitales o del destino. El estilo de dirección del maestro Pappano se mantuvo condensado, pero con gran nervio y muy ostensible, donde todo el cuerpo ayuda para comunicar lo que él quiere conseguir en expresividad, así como a ese comentado diseño en el incremento de la tensión. No hace falta mencionar que -cuando se necesita- también es muy dado al detallismo, a subrayar dinámicas, texturas o empastes especiales de las cuerdas.

Kopatchinskaja en Ibermúsica

   En el primer movimiento, y en relación con la experimentación mencionada, ya se avanza por parte de Beethoven que la rítmica sería otro de los factores importantes que definieran su diseño global. Sobre los tiempos, Pappano ejecutó un final muy rápido -demasiado a nuestro entender-, y hubo de empezar más lento para no desdibujarlo todo al final, dado que la mayor velocidad siempre puede dar lugar a indeseables desajustes en el ritmo. Afortunadamente, éstos no ocurrieron, pero sí que deslució el desaforado volumen ‘in crescendo’ puesto en juego por todos -las fff de Beethoven son relativas al estilo de su época, no un valor absoluto-, catalizados por un impenitente timbalista que no jugó en ningún momento al recato. 

   El segundo movimiento, el famoso y mágico Allegretto -o falso Adagio, si lo que se pretende es tocarlo más lento de la cuenta-, se ejecutó por parte del maestro de forma ágil (de acuerdo con la ruptura de Beethoven sobre la tradición de que los segundos movimientos sinfónicos siempre fueran tiempos lentos), si bien no se supo aportar completamente ese halo de misterio que lo ha hecho tan famoso (¿representa una marcha fúnebre, una procesión de peregrinos expiando sus culpas?... Es parte del misterio.). 

   En el tercer movimiento, reinaron los cambios dinámicos y los contrastes, aunque nunca disfrutamos de los pianísimos en los «oasis de quietud» donde suenan menos instrumentos, que tan bien queda ejercitar en esta parte, pero confesamos que la transparencia sonora conseguida hizo que no nos perdiéramos detalle alguno. En el último, además de seguir contando con el aumento de los tempi, cercano al galope, sin perder nunca el rumbo rítmico, se percibió sobremanera lo bien conjuntados, la técnica y la sabiduría estilística que atesora esta orquesta, con un sonido a lo mejor no demasiado personal, pero sí equilibrada, siempre sección a sección, y con unas cuerdas graves y agudas que colaboran de forma sinérgica -nunca en lucha-. Como se ha comentado, sobró un tanto de volumen y un poco de «manu militari», aunque no fue desatado ni poseso -aunque eso va en interpretaciones, ya que se cree que este final pudiera reflejar una fiesta báquica-, dando como resultado un arrebatado entusiasmo por parte del público en lógica correspondencia a tan brioso y emocionante final.

   Previo a esta obra escuchamos otras dos que Pappano hizo brillar especialmente. Mil y una noches en el harén es un prodigio de encaje de bolillos, de cuatro movimientos, en los que ganan por mayoría los Allegri para imbricar una rica orquestación y la utilización de instrumentos turcos como el kudüm, además de la celesta -que imita a menudo al violín-, la marimba, el arpa o el vibráfono. 

   El papel protagonista se debe al violín, a modo de virtuosista narradora (la joven Scheherezade), que envuelta en un ambiente erótico-festivo, danza y produce variadísimos sonidos, con profusión de altisonancias espasmódicas, pues así fue, de hecho, la corporal puesta en escena de Kopatchinskaja, con movimientos de su eje corporal muy efectistas, con una agilidad «gatuna» en el manejo del arco y los retorcimientos de un hiperdigitado mástil. Todo un espectáculo verla y escucharla. Debido a la impresión causada en el público y a las reiteradas veces que salió a saludar, concedió tres propinas: dos, de los 44 dúos para dos violines de Bártok -con la ayuda del concertino-, tituladas Bagpipe y Pizzicato; y la tercera, Crin, del cubano de origen chino Jorge Sánchez-Chiong (1969), una pieza tan efectista como extraña al conjugar sonidos mezcla del propio violín y los emitidos de forma onomatopéyica por la violinista. 

Kopatchinskaja en Ibermúsica

   La primera de las obras del concierto, el Divertimento para cuerdas, comprendida por tres movimientos, de Béla Bartók, y prodigio de concertación, fue toda una clase magistral de Pappano sobre cómo dirigir a cada una de las secciones de cuerda y a todas a la vez, primando lo que podríamos llamar como «empaste engarzado», o aquel que se produce entre las distintas secciones -violines, violas, contrabajos, violonchelos-, atendiendo siempre a una rítmica férrea y a un cuidado exquisito por el marcado de la anacrusa, dando como resultado una envolvente sonora con esa empastada textura, que camina -incluso físicamente en el espacio del escenario- por las distintas secciones.

La propina, con la que agradeció el maestro Pappano al público -«con todo mi corazón», añadió-, fue la maravillosa -remanso de paz- Pavana, de Gabriel Fauré, obviamente en versión sin coro. Como corolario, podemos concluir en que Antonio Pappano, alberga una merecidísima reputación como director de ópera -sobre todo en la Royal Opera House Covent Garden, durante dos décadas, cargo que abandonará al final de esta temporada-, y con la titularidad de la Orquesta de la Academia Santa Cecilia de Roma -desde 2005-, ha ido adquiriendo una gran especialización en el repertorio sinfónico. No pensando que al maestro Pappano se le haya encasillado en el repertorio operístico, nuestra impresión es que es muy grande su excelencia en el repertorio sinfónico, pero no descartamos que pueda ser aún mayor. 

Fotos: Rafa Martín / Ibermúsica

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