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Crítica: Arcadi Volodos en el Festival de Música y Danza de Granada

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Autor: José Antonio Cantón
28 de junio de 2021
Arcadi Volodos

Volodos, sublime exégeta del piano 

Por José Antonio Cantón
Granada, 26-VI-2021. Auditorio Manuel de Falla. LXX Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Recital de piano de Arcadi Volodos. Obras de Johannes Brahms y Franz Schubert.

   Bajo el título «Schubert expansivo, Brahms esencial» se presentaba el petersburgués Arcadi Volodos en el Auditorio Manuel de Falla. Una de las rutilantes estrellas que van a transitar por la programación pianística de la presente edición del Festival. Tuve ocasión de escucharle por vez primera en el recital de fin de curso de la Escuela Reina Sofía el 21 de mayo de 1997 en la sala de cámara del Auditorio Nacional de Madrid. Supuso para mí un impacto de tal magnitud que la música para piano tuvo en mi conciencia un antes y un después a partir de este concierto.

   En esta ocasión, ya su manera de sentarse reflejaba una consustancial unión con el instrumento, que empezó a hacerse realidad desde la primera pulsación de la Sonata para piano en sol, “Fantasía”, D 894 de Franz Schubert. Con relajación discursiva inició su interpretación, preparando al oyente al rico lenguaje cantabile del compositor que se iba a desarrollar a lo largo del primer movimiento, expuesto en su parte inicial como si de una concentración de variados acentos se tratara, que realzaba con un mágico balanceo. Después del elocuente silencio previo a la recapitulación, tratado con intención reflexiva, Volodos volvió con destacado lirismo a los sones iniciales de la obra creando una atmósfera de extraño y a la vez feliz reencuentro. La idea de un expresivo lied presidió la orientación que el pianista dio al Andante subsiguiente, sólo interrumpida por la pasión con la que expuso sus contrastantes intermedios, sensación que sólo vino a superarse por la emocionalidad alcanzada en la conclusión.

   Un elegante estilo vienés presidió la ejecución del minueto, al que le dio un sentido cuasi celestial en su parte central, quintaesenciando con superior sentir estético el espíritu del compositor. Planteó con distendida emoción el Allegretto final, agilizando su exposición el divertido carácter que encierra. Éste se tornó esplendente en el cambio de tonalidad, donde las categorías verdad, bondad y belleza se sublimaban en una única manifestación. Volodos jugó con el desvanecimiento final hasta un grado de ensimismamiento expresivo que el aplauso protocolario resultante, inevitable respuesta a tan soberbia interpretación, desfavorecía e interrumpía, incluso, el goce emocional al que había sido trasladado el oyente.

   La segunda parte del recital estuvo ocupada por las geniales Seis piezas para piano, op. 118 de Johannes Brahms, integradas por cuatro intermezzi, una balada y la única romanza que compusiera el músico de Hamburgo. La verdadera grandeza de la personalidad de Arcadi Volodos se hizo patente en el Intermedio en La menor que abre esta colección. Con el poderío de su mecanismo, lo afrontó con exuberante audacia expresiva, llevando al instrumento al límite de sus resentidas posibilidades, lo que no favorecía la grandeza de su versión. Con un sello de intimista prolongación melódica planteó la ejecución del poético y tierno Andante que contiene el Segundo intermedio en la. Desde un ejercicio de exquisita musicalidad supo destacar las alternancias tonales que contiene con una deliciosa serenidad. Tanta contención quedó desatada en la Balada, que ocupa el tercer lugar de este cuaderno. Desarrollando un despliegue de energía física y emocional que sólo tienen los elegidos de la interpretación musical, dimensionó esta pieza en toda su grandeza expresiva, haciendo un verdadero alarde de dominio dinámico para dar la máxima esencialidad a sus contrastes. Sin duda fue uno de los momentos culminantes del recital.

   Ofreció con absoluta distinción polifónica esa fragmentada variedad dramática de contradictorio sentido que presenta el tercer intermedio, en el que Brahms parece anticipar nuevos derroteros pianísticos. Tocó con singular estilo pastoril la Romanza, destacando la idílica gracia con la que contrastó su Allegretto central, pasaje que invitaba a la ensoñación. El culmen llegó con el Andante que contiene el intermezzo final. Su interpretación fue todo un ejercicio de íntima confidencialidad  antes de llegar a la expandida expresividad de su parte central en la que volvía a aparecer el inmenso poderío técnico y mental de este pianista, del que el prestigioso crítico Enrique Franco, un experto conocedor de los secretos del piano, emitió el acertado juicio cuando aún estaba formándose en la Escuela Reina Sofía: «Constatamos la alianza en Arcadi Volodos de un intérprete de hoy y un virtuosista legendario. Está claro: para el piano, el siglo XXI ya ha comenzado». Estas premonitorias palabras se han cumplido sobradamente, al haberse manteniendo y enriquecido incluso en Volodos la sabiduría del mítico pedagogo, Alexander Goldenweiser, recibida a través de sus maestros, el recientemente desaparecido, Dmitri Bashkirov y la muy erudita Galina Eguiazarova.

   El concierto tuvo prácticamente una tercera parte con el añadido de cinco bises. El primero, continuando con Brahms, fue el intermedio que abre el tríptico de su Op.  117, que tocó con una circunspección fascinante. Le siguió el Andantino de la Sonata D 959 de Schubert, llegando a un punto de expresividad indescriptible en su episodio central, tratado como si fuera un pasaje en el que una hipotética y clarividente conjunción estética de E.T.A. Hoffman, Beethoven y Kant estuviera animando su discurso. A continuación, nuevamente Schubert con su Minueto, D 334 que, con la bella simplicidad su aire Allegretto, sirvió de relajante, para aparecer después un esencial Federico Mompou con El Lago, segunda pieza de su colección Paisajes. Con ella, Volodos consiguió las texturas musicales del movimiento del agua y sus posibilidades refractivas con un mágico efecto plástico. Puso punto final a su actuación con el sustancial Preludio en si, Op.2-núm.2 de Alexander Scriabin destilado con ajustada delicadeza, rubricando un recital de suprema exégesis pianística en sus aspectos conceptual, emotivo y práctico.

Foto: Fermín Rodríguez

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