Crítica de Raúl Chamorro Mena de la ópera Ariadna y Barbazul de Paul Dukas en el Teatro Real de Madrid, bajo la dirección musical de Pinchas Steinberg
¡Gracias Maestro Steinberg!
Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 11-II-2026, Teatro Real. Ariane et barbe-Bleue – Ariadna y Barbazul (Paul Dukas). Paula Murrihy (Ariadne), Silvia Tró Santafé (La nodriza), Gianluca Buratto (Barbazul), Aude Extrémo (Sélysette), María Miró (Mélisande), Jacquelina Livieri (Ygraine), Renée Napier (Bellangére), Raquel Villarejo Hervás (Alladine), Luis López Navarro (Un campesino anciano). Orquesta y coro titulares del Teatro Real. Dirección musical: Pinchas Steinberg. Dirección de escena: Alex Ollé.
Como la Ariadne de la mitología griega, que con su ovillo de hilo ayuda a Teseo a huir del laberinto del Minotauro, la protagonista de Ariane et Barbe-Bleue (París, Opéra-Comique, 1907) muestra del camino de la libertad a las cinco anteriores esposas de su marido Barbazul, que no han fallecido asesinadas como en principio expresa la leyenda forjada entre los campesinos del lugar.
Para ello ha desobedecido a su marido con el que acaba de contraer matrimonio y le ha conducido a su castillo. Le ha entregado seis llaves de plata y una de oro, ésta última jamás podrá usarla, pero “Seguir haciendo lo que está permitido no nos enseñará nada nuevo” como le dice a su inseparable nodriza. Esta mujer arrojada y valiente descubrirá que las cinco anteriores esposas están vivas, pero encerradas, demacradas y macilentas. Además de salvar a su marido de morir linchado por los campesinos -es un desalmado, pero no un asesino- ayudará a las anteriores esposas a recuperar algo de su autoestima y a liderar su huida y con ello, a recuperar la libertad. Pero ellas preferirán continuar con la rutina y, en cierto modo, situación de “confort” como se dice ahora, de la sumisión y el sometimiento, frente a la incertidumbre de lo que les deparará la libertad, es decir, lo desconocido.
Paul Dukas (1865-1935) combina la herencia wagneriana con la música francesa, particularmente el sinfonismo de Vincent D’Indy, creador de la llamada Ars gallica, en una obra de enorme carga simbolista, no en vano el libretista es el gran profeta de este movimiento, Maurice Maeterlinck, quien adapta libremente el cuento de Perrault. La composición se fundamenta en una orquestación exuberante, suntuosa, de enorme factura sinfónica y riqueza armónica, que crea atmósferas y vertebra toda la obra mediante un opulento tapiz de colores y contrastes tímbricos.
Después de El castillo de Barbazul de Béla Bartók, basada en la misma historia, pero con un tratamiento diferente, el Teatro Real programaba esta misma temporada esta ópera de Paul Dukas que llevaba ausente de su escenario desde 1913.
Ante todo y a la hora de reseñar la función presenciada corresponde destacar como se merece la enorme dirección musical de Pinchas Steinberg, que brindó toda una lección de cómo poner de relieve una orquestación exuberante sin asomo de ruido. El Maestro israelí planteó un discurso orquestal con una transparencia, morbidez, pulimiento tímbrico y limpieza de texturas absolutamente inaudito para el foso del Teatro Real. La sabia batuta de Steinberg creó atmósferas -misterio, inquietud, luminosidad esperanzadora, tensión – escanciando sutiles detalles y hermosos nuances, demás de lograr un perfecto equilibrio con el escenario. Bien el coro.
En el apartado vocal el protagonismo absoluto recae en Ariadne, que no abandona el escenario hasta su marcha al final de la ópera. Paula Murrihy se anuncia como mezzosoprano, desde luego muy lírica, tanto, que es más bien una soprano de timbre poco atractivo, pero canto musical, elegante y estiloso. Indudable su entrega, aunque no rebosa de carisma, y su compromiso en escena. Tuvo indudable efecto su momento escénico subida en la torre de mesas y sillas liderando a las 5 esposas después de liberarlas. Plena de profesionalidad, solidísima en cuanto a musicalidad, la valenciana Silvia Tró Santa fé, que demostró, una vez más, su versatilidad como la Nodriza, uno más a sumar a sus variados papeles en el escenario del Teatro Real.
Entre las anteriores esposas, bien compenetradas todas tanto musical como escénicamente, una de ellas Alladine es un papel mudo y estuvo bien interpretada escénicamente por la actriz y bailarina Raquel Villarejo Hervás. De las demás, destacar la buena proyección y armazón vocal de la mezzo Aude Extrémo de apreciables centro y grave y la bella y carnosa voz de la barcelonesa María Miró. También interesante el material de la otra mezzo Renée Napier. No desentonó, ni mucho menos, bien integrada en el desarrollo musical e interpretativo, la soprano Jacquelina Livieri. Correcto y cumplidor se mostró Gianluca Buratto como Barbazul, que canta apenas unas frases en la ópera de Dukas.
La rebeldía y osadía de Ariadne -aunque el autor dejó claro que no actúa por convicción feminista, si no por superior anhelo de libertad que cree que los demás comparten- encardinada en el ambiente imperante, permite a la puesta en escena de Alex Ollé realizar un alegado feminista en su puesta en escena, que pretende narrar la historia de una mujer que se empodera y acaudilla, sin éxito, a un grupo de mujeres sumisas y alienadas para que rompan sus cadenas y abracen la libertad. No faltó un video al principio, corto y que no molestó. Peor fue la iluminación, fundamentalmente tenebrosa y sin los correspondientes contrastes que realzaran momentos como la apertura de las puertas, especialmente la prohibida. No me convenció tampoco la confusa presencia de numerosos figurantes, mal movidos, en el escenario. A destacar la escena ya referida de la torre de sillas y mesas con las esposas en aparente rebeldía comandadas por Ariadne y la de éstas recuperando su autoestima maquillándose delante del espejo y recuperando su belleza. Hemos visto cosas peores, desde luego, pero no me pareció una puesta en escena especialmente destacable ni que potencie la obra.
Fotos: Javier del Real / Teatro Real
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