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El Auditorio de Valladolid acoge el estreno de la ópera «Yo, Claudio y Claudio el Dios» de Igor Escudero

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31 de mayo de 2019

«Trato de crear una obra propia de su tiempo»

Un reportaje de Agustín Achúcarro
«Con Yo, Claudio y Claudio el dios he querido crear una ópera con un ritmo frenético, en la que suceden muchas cosas, con rápidos cambios de localización, momentos alegres, pasajes dramáticos, cosas para conseguir que la historia avance y obligue a estar en permanente tensión las tres horas que dura», anhelos del compositor Igor Escudero a pocos días del estreno mundial el 1 de junio, de su ópera en el Auditorio Miguel Delibes de Valladolid. Tras la ciudad castellana se interpretará también en versión semiescenificada en el Auditorio Nacional de Madrid (14 de junio) y en el Auditorio de Zaragoza, (22 de junio), mientras que será escenificada en el Teatro Romano de Mérida (8 de junio) y en el Palacio Euskalduna de Bilbao (21 de junio). La Orquesta Sinfónica de Castilla y León interviene el día del estreno y el resto lo hace la Sinfónica Verum, mientras que para toda la gira el director musical será José Luis López-Antón y la escénica correrá a cargo de Marta Eguilior.


   Dos años de trabajo desde que comenzaron a adaptar el díptico de Robert Graves, que al compositor se le han hecho muy cortos, en una trilogía formada por Livia, Calígula y Claudio, el dios. «El proceso de adaptación de las novelas, que son dos enormes libros- en referencia a Yo, Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina- obviamente pasa por leerlas, algo que hemos hecho tanto el libretista, que las ha leído más de 5 veces, como yo, y hemos tratado de sacarle la estructura, tanto interna, dramática, como argumental, o sea lo que pasa y por qué pasa», sostiene Escudero quien se encuentra muy satisfecho del trabajo de su compañero. «El libreto que ha hecho Pablo Gómez es alucinante, porque te va reflejando la edad que tiene cada uno en cada momento, ¡y trascurren 70 años!, luego tiene clarísimo quién es quién y qué papel juega».

   Solo centrarse en la estructura de la obra le ha llevado a Escudero un año de trabajo. «En los dos libretos anteriores que he trabajado junto a Pablo, un hombre que proviene del mundo del cine y de la televisión, le pedía que tuviera claro el concepto de aria, recitativo, de cómo se paraba el tiempo… y en este caso le he dicho: todo eso que aprendiste bórralo de tu mente, porque deliberadamente he pretendido hacer algo nuevo». Y esa idea se sustenta para el compositor en hacerse eco de lo que conlleva el tiempo actual. «Las óperas que vemos mayoritariamente son de otra época y para otro público; en el XIX no cogían las óperas de Mozart, sino los temas de su tiempo o que importaban en su tiempo, como pasó con Verdi. Igual que el propio Mozart reflejaba los problemas propios de la época, como en Las bodas de Fígaro, en donde está denunciando unos derechos feudales de los nobles, lo que suscitaba el interés de sus coetáneos». Una reflexión que no le lleva a Escudero a renegar de las óperas del pasado ya que considera que «son maravillas que tenemos que preservar, al igual que ocurre con el Museo del Prado», lo que no quita para que su idea sea procurar que se piense más que «en tomar La flauta mágica y escénicamente trasladarla a nuestra época, hacer cosas que reflejen los problemas de nuestro tiempo». Y esto es lo que le ha llevado a centrarse en Yo, Claudio: «He buscado hacer una ópera con una música de nuestro tiempo, basándome en una novela relativamente actual, en un bestseller reciente de Robert Graves». Y Escudero a modo de ejemplo se repite una pregunta que es para el compositor una constante «¿Por qué hacemos una Flauta mágica para niños y no una ópera sobre Harry Potter


   Así que su determinación para este estreno es «hacer que el tiempo no se detenga», convencido de que funcionan una serie de premisas en relación al público de 2019. «En el XIX la gente tenía su palco, cenaba en él y escuchaba un aria determinado, y lo que la gente demanda hoy es que la historia avance, que haya cambios, un ritmo rápido; si pusiéramos una película actual a la gente de los años 30 no la entendería porque su mente no estaría preparada para eso». Pero las actuales generaciones han cambiado y a Escudero no le pasa inadvertida la importancia del ritmo cinematográfico. «Yo hice talleres de cine en los años 80 y recuerdo que decían que el cerebro tenía un segundo y medio para procesar un plano, y que en publicidad ya se metían cuatro por segundo porque nuestro cerebro lo percibe de manera natural». Le hubiera gustado hacer la gira siempre en un teatro, pero tiene la sensación de que «están blindados», y aunque sea semiescenificado cree que «la gente va a poder disfrutar igualmente».

  Tras enunciar sus planteamientos generales sobre el desarrollo de la ópera, las necesidades de la sociedad actual en el arte y los esbozos de cómo se fue creando Yo, Claudio le conducen a Escudero a hablar en concreto sobre su ópera. «Tras estudiar qué tipo de universo sonoro quería escogí los modos griegos, concretamente el diatónico que pasa a Roma, porque la ópera está ambientada en ese imperio, y he partido de lo que decían los teóricos de aquellas épocas en relación al carácter de los diferentes modos». Así ha utilizado un carácter para cada personaje: «Antes de escribir el libreto le asignamos dos ethos a cada uno, pues me gustaba mucho la idea del personaje externo, un abogado por ejemplo, y el personaje interno, sus traumas, su pasado. Luego yo asigné a cada personaje dos modos, uno para su ser externo y otro para el interno, por lo que funcionan cada uno con dos escalas distintas y cuando están en escena todos los personajes utilizan una escala diferente». Una idea que el compositor reconoce que «es un trabajo muy complicado a nivel armónico y sobre todo de ejecución y de concertar», debido a que ha utilizado «una música modal de forma que con una misma armadura se tienen distintas tonalidades y cada personaje resuelve en una nota distinta». Una labor la de que cuadrara todo esto que les ha supuesto jornadas que han llegado a rozar las once horas, por lo que Escudero se siente en deuda con todos los que han trabajado en este proyecto y de manera muy especial con el maestro repetidor Javier Carmena, el director musical y la escenógrafa.

   Igor Escudero se ha decantado por una plantilla orquestal no muy grande, él mismo la define como una orquesta clásica, aunque reconoce que le han condicionado cuestiones meramente prácticas. «Son unos cincuenta músicos, aunque en Valladolid serán unos 60, (aprovecha el compositor para ponderar la labor de la OSCyL) con los metales y las maderas a dos, aunque el carácter épico de la partitura pide una orquesta más grande, cuyo efecto he intentado conseguir sumando familias de instrumentos diferentes que empasten, como por ejemplo las trompas con la tuba».


   Teniendo en cuenta que aparecen en escena más de 60 personajes, que algunos cantantes realizan varios papeles, que en algunos casos será semiescenificada, todo eso unido provoca cierta complejidad para que el público pueda seguir la obra. «Marta Eguilior ha dividido la escena en tres espacios, juega con la iluminación y con el video mapping,con los que va haciendo los cambios de localización en un mundo muy onírico, del subconsciente y va a haber sobretítulos. Creo-puntualiza al respecto Escudero- que en los auditorios el público no debería notar que ciertos cantantes hacen distintos personajes, porque no aparecen de forma simultánea y además Eguilior ha decidido que usen máscaras, mientras que en relación al hecho de que se produzcan 21 muertes sobre el escenario se ha preparado una parca que se lleva los cadáveres». Es una ópera que el compositor tiene muy claro que «resistiría muy bien una producción verista», pero para eso considera que «se necesita un teatro de ópera y mucho tiempo de ensayos».

   Así que en principio sobre el escenario de Valladolid el escenógrafo Alejandro Contreras ha previsto un graderío, como de senado romano, donde se colocarían los cantantes y el coro, y delante de ellos la orquesta. Pero habrá que esperar hasta el final, matiza Escudero, ya que no se deben olvidar ciertos factores. «Hay que tener en cuenta que hemos ensayado y hemos preparado la producción fuera, la traemos a Valladolid y hay que adaptarla, y estamos conviviendo con Cantania, que está estos días en la sala del Auditorio, que no podemos ocupar nosotros, donde se estrenará la ópera, aun así creo que hemos planteado una solución muy práctica, que funciona muy bien y que resulta muy teatral».


   Queda el apartado vocal con nombres como Julio Morales, Augusto, Miguel Ferrer, Claudio joven, William Wallace, Claudio adulto, Conchi Moyano, Livia, Patricia Castro, Calígula joven, y Andrés del Pino, Calígula adulto. «En el apartado vocal he hecho algo que no he realizado nunca, y lo he concebido para voces dramáticas, que no abundan por lo que a veces las voces son algo más liricas de lo previsto, pues necesitaba registros muy centrales para que se entendiera muy bien el texto, ya que aquí nadie expresa sus sentimientos internos, sino que hablan entre ellos y salen en el diálogo». Concretamente, así como la dirección escénica ha elegido para Livia, Calígula y Claudio los colores negro, rojo y blanco, lo que define musicalmente a cada personaje, según Escudero, es el modo en el que canta. «El que lo hace en locrio da como resultado un personaje inestable, como es el caso de Livia, que entra en escena con un tritono, para reforzar esa personalidad, mientras que con Calígula utilizo la escala enigmática, pues no sabemos dónde va resolver esa escala, de igual forma que con respecto a Calígula nunca adivinamos por donde va a tirar, te puede matar o te puede hacer rico». Sin embargo, para Claudio ha preferido una música más estable. «Con éste empleo el modo jónico, lo que consigue que el público se identifique con él, pues cuando entra en escena las tensiones se calman y las melodías nos son familiares, con un carácter tonal». El coro guía será el Coro Rossini de Bilbao y los Coros invitados Vox Vitae, Primo Tempo y Scenica.


   A la hora de definir como queda la relación entre la orquesta y las voces Escudero recurre a un ejemplo para explicar lo que piensa al respecto. «He descubierto algo terrible y fantástico a la vez: cuando se muere algún músico que trabaja en el cine proyectan un video con las imágenes sin música y luego con ella, y te das cuenta cómo condiciona a la película esa música, de tal forma que adquiere otra dimensión». Aunque él piensa que en Yo, Claudio texto y música aportan por igual. «Creo que es un trabajo al 50%, pues a veces el texto crea el clima y otras la música, y lo he visto en determinados pasajes en los que el libreto propone una determinada emoción y la música la aumenta, y a continuación el texto adquiere más tensión y la música es la misma, consiguiéndose un efecto de mayor emoción».

   Pero todo esto resuelto en el plano teórico es tan frágil que se puede venir al traste simplemente con que cancele un intérprete. «Luego pasan imponderables, pues estamos hablando de 16 cantantes, por lo que tuve la previsión de pedir que la gente estudiase más papeles de los que van a cantar para que ante una eventualidad no se suspendiera la obra, y de hecho incluso una persona ha caído enferma y la han tenido que operar». Son los llamados imprevistos, a lo que hay que unir lo que se ha planificado y lo que luego serán los resultados. «En la mente todo es ideal y en la realidad es lo posible, a lo que hay que añadir que en solo dos años hemos tenido que adaptar la partitura y crear la música, sin mucha posibilidad de hacer correcciones, con lo que eso conlleva, aunque por otra parte le proporcione a la obra frescura», subraya Escudero para el que «resulta interesante ver cómo los intérpretes van adaptando la partitura y cómo pueden darle una orientación distinta». A este respecto recuerda una frase que atribuye a García Abril, quien decía que «cuando se termina la partitura ya no te corresponde».

  Por tanto, solo queda que llegue el momento del estreno, de la verdad. «Tengo curiosidad por ver la reacción del público y pienso que van a conectar con Yo, Claudio, porque posee un lenguaje actual, que es el suyo» asevera Escudero que sintetiza parte de lo que él pretende con una anécdota: «Hubo un tiempo en que el público me decía si le gustaban mis óperas o no y de repente empezaron a decirme que había conseguido que les gustara la ópera, lo que refuerza algo en lo que yo creo, y es que no se trata de acercar a la gente a la ópera sino tratar de conseguir que la gente se acerque a la ópera».

Foto: Latencia creativa

Autor:Agustín Achúcarro
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