Artículo de Aurelio Martínez Seco sobre Bad Bunny y la «Música clásica». «¿Tomará alguna vez conciencia de su irrelevancia el mundo de la "música clásica"?»
Bad Bunny 1, Música clásica 0
Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Cuando enfrentamos a Bad Bunny con la «Música clásica» estamos asistiendo a un combate desigual, pero no porque el primero sea más conocido o «popular» que lo segundo sino porque estamos comparando cosas diferentes. Bad Bunny es un hombre que canta y la Música clásica, una Idea inconcreta. El análisis quizás fuera más apropiado si confrontasemos reguetón con música clásica - los reguetones de Bad Bunny-, pero tampoco, porque aunque el reguetón sea una institución musical, y además una de las más escuchadas del presente, la «música clásica» no es más que una Idea confusa y mítica cuando se toma como algo enterizo, una idea nacida para enfrentarse, no con Bunny y el reguetón, sino con otro concepto famoso y polémico, el de «música popular». Sería raro comparar un concepto musical -el del reguetón- con una Idea, aunque ésta no sea la más trascendental, tanto como que el lector habitual de Codalario no estuviera a estas alturas a punto de dejar la lectura de este escrito, un poco como quien va a un concierto de «música clásica» a oír una sinfonia de Haydn y, tras los primeros segundos, dejase de oír para ocuparse de sus pensamientos o relajarse.
Lo fundamental del choque entre Bad Bunny y la Música clásica es, en principio, una cuestión esencial. El siglo XXI ha vuelto al principio de la música, a su núcleo, es decir, a las canciones. Y son las canciones -a nuestro juicio la primera música hecha por el hombre-, entendidas como Idea general, bajo cuyo paraguas se habla de regueton, rock, pop, trap, etc...., como si fueran diferentes especies de un género superior. Son las canciones las que, en justicia, hay que entender como la música más característica de nuestro presente. No decimos, desde luego, que sea la más importante, pero tampoco la desconsideramos, pues nos parece obvio que con frecuencia hay más talento detrás de muchas de las canciones de hoy que de numerosas, vacuas e ingenuas partituras de «música clásica» realizadas por algunos «compositores contemporáneos». Compositores amparados por instituciones que consideran que hay que seguir programando sus obras a pesar de que a poca gente le importen, incluso cuando éstas no están realizadas con la calidad deseada. Hay que apoyar la música clásica contemporanea como por obligación y se programa sin pensar, con frecuencia mediante concursos cuyos jurados no están preparados, en absoluto, para calibrar el valor de una partitura.
Es un error ponerse en plan elitista con la «música clásica» y desprestigiar el reguetón de Bud Bunny sin pensar lo que se está diciendo con serenidad. Parece fácil observar que una sinfonia de Mahler es más valiosa, potente e importante que una canción de reguetón, pero más difícil es explicarlo. No se deben, a nuestro juicio, dar por hecho ciertas verdades fetichizándolas sin en realidad entenderlas. El problema de enfrentar a Bad Bunny no radica en compararlo con Mahler o Mozart, un combate desigual en el que la música de Bunny simplemente resulta irrelevante. La lucha es, sobre todo, de signo filosófico aunque también estrictamente musical. Si existe el sintagma «la crisis de la música clásica» es porque la «música clásica» está, de muchas formas, de verdad en crisis. Pero no sólo por ella misma, sino por la crisis de la música en general y de las sociedades en concreto.
Si la historia no es, desde luego, un continuo progreso, sino que se nutre de crestas y valles, desarrollos e involuciones, el momento actual es, claramente a nuestro juicio, un retroceso involutivo en lo que a complejidad musical se refiere. Decimos complejidad y decimos bien, al observar que la música del presente ha perdido algunas de las partes, sofisticaciones y complejidades que tenía. Desde cierto punto de vista, una canción, de la especie que sea, puede ser vista como un fragmento [por ejemplo un «tema A»] de una sonata para piano o una sinfonía de Beethoven o Mozart. Muchas canciones, de hecho, literalmente lo son.
Detrás de este enfrentamiento desigual entre Bunny y la Clásica, también está la potencia de cierta mala Idea, la que consiste en pensar que la «música clásica» es, simplemente, «un tipo de música» más entre otras. La música no funciona así en esencia, en absoluto. Están las canciones como núcleo de todas las músicas, las de las diferentes culturas, esferas o campos culturales y, a partir de ellas, surgen las demás instituciones musicales desarrolladas. Europa tiene a gala haber desarrollado las más complejas, potentes y sofisticadas posibles, no por etnocentrismo egoista sino por justicia histórica. La sinfonía, el oratorio, la ópera, la sonata, la fuga, el preludio para piano,... son instituciones musicales milagrosas imposibles de realizar sin que la Iglesia católica nos hubiese regalado en su día las partituras.
Es un error considerar la «música clásica» como música del pasado y las canciones de reguetón, música del presente, así, sin más, poniendo únicamente como criterio que el autor esté vivo o no. Quien así piensa no está sabiendo diferenciar el «orden lógico» de la música de su «orden cronológico». Porque lo que es cierto es que Mozart sabía hacer canciones pero Bad Bunny es incapaz de escribir sinfonías. Lo que queremos decir es que Mozart es, dentro del campo musical, de alguna forma mucho más moderno que Bunny, haciendo Bad Bunny la música más antigua posible, aunque esté vivo y en el siglo XXI. Así que, creyendo los ciudadanos de ahora que son modernos oyendo reguetón, están en realidad cantando como adolescentes antiguos. Tal es la radiografía de nuestra sociedad.
El éxito de Bad Bunny es, a nuestro juicio, una muestra de la decadencia esencial de la «música de partitura» del presente, pero no porque no haya obras importantes, sino porque, además de haberlas, éstas se han tenido que enfrentar, en batalla injusta, con algunos de los más poderosos gigantes de la historia, la gaya ciencia y cierta revolución tecnológica.
¿Cómo se puede explicar el enorme éxito de Bad Bunny en pocas palabras sin sesgar excesivamente la verdad? Quizás fijándonos en uno de los aspectos más importantes de su naturaleza, a saber: que un cantante como Bunny o cualquier otro cantante de canciones, antes del siglo XX no podría haber ofrecido su música más que a las pocas personas que pudieran oír su canto en los escasos metros en los que se podía oír su voz. De esta forma nos imaginamos al Bad Bunny de la época, viajando de pueblo en pueblo, cantando para unas pocas personas aquí y allá por cuatro duros. Pero ha sido el siglo XX el que, con sus ingenios tecnológicos, televisiones y, sobre todo, con la amplificación sonora, lo que ha permitido a un cantante normal del todo, expandir su voz a los cuatro vientos y hacerla llegar a cada esquina de un gran estadio de fútbol y hogar del mundo, democratizando las canciones, convirtiendo a cada ciudadano en compositor y, al compositor de música clásica, en irrelevante ciudadano del XXI. ¿Tomará alguna vez conciencia de su irrelevancia el mundo de la «música clásica»?
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