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Crítica: Barry Douglas y Dima Slobodeniouk con la Sinfónica de Galicia

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Autor: Julián Carrillo Sanz
26 de octubre de 2021
Barry Douglas

Una presencia envolvente

Por Julián Carrillo Sanz | @Quetzal007
La Coruña, 22-X-2021. Palacio de la Ópera. Orquesta Sinfónica de Galicia. Programa: Dmitri Shostakóvich, Concierto para piano, trompeta y orquesta de cuerdas en do menor, op.35; Mieczcyslaw Weinberg, Sinfonía de cámara nº 4, op 120; Dmitri Shostakóvich, Concierto para piano y orquesta nº 2 en fa mayor, op. 102. Barry Douglas, piano; Jeroen Berwaerts, trompeta; Dima Slobodeniouk, director. 

    En el principio mismo del Concierto para piano, trompeta y orquesta de Shostakóvich,  mostró Barry Douglas lo que habría de ser el eje de su interpretación: poderío sonoro, con una gama dinámica amplia y bien matizada, brillante sonido y un legato realmente envidiable. El ambiente y estilo del concierto fueron idóneos, a lo que contribuyó no poco la valiosa aportación de Jeroen Berwaerts y los colores e intención de su trompeta. Algún desajuste rítmico –Douglas tocó sustituyendo al solista previamente programado, que canceló a última hora por enfermedad- no empañó el gran éxito de público que pianista, trompetista y orquesta obtuvieron con este peculiar concierto.

    «Me dije a mi mismo que Dios se encuentra en todas partes. Desde mi Primera sinfonía una especie de coral ha estado andando a mi alrededor...». Esta frase de Mieczcyslaw Weinberg define muy bien el carácter de su Sinfonía de cámara nº 4, escrita en un solo movimiento pero con cuatro secciones que la estructuran en un orden clásico. Una serena presencia rodea al oyente en su Lento inicial, cuya armonía aprovechó Dima Slobodeniouk para insuflarle una ingrávida serenidad. 

   Juan Ferrer, enorme en toda la obra, supo aprovechar el aire judío que revela en muchos de sus temas el origen del compositor. Fue de destacar el inicio de la segunda sección, Allegro, en la que el principal de la Sinfónica fue ariete de una enorme fuerza musical: toda una declaración de fe del autor. Los solos del violín de Massimo Spadano y del chelo de Raúl Mirás y sus diálogos con el clarinete solista en el Adagio elevaron el tono espiritual de la obra y los cantos de las secciones de cuerdas fueron el culmen de la sinfonía con esa presencia sonora envolvente y elevadora; grande también Todd Williamson al contrabajo. El inicio de la cuarta sección, Andantino - adagissimo, una alegre y lejana plegaria del clarinete impregnada de nostalgia «jewish», lógica continuación de aquella, tuvo una preciosa interpretación de Ferrer. Fue muy notable su canto en el registro agudo sobre la nota pedal de las cuerdas en el grave antes de su muy quedo final.

   En el Concierto para piano nº 2 de Shostakóvich, escrito para el examen de su hijo en el conservatorio, volvió a mostrar Douglas su técnica impecable y su personalidad, uniendo su brillantez y poderío sonoro a una gran musicalidad. Slobodeniouk y la OSG fueron complemento y acompañamiento ideales para el solista, destacando el precioso clima de las cuerdas con sordina en el segundo movimiento, un andante más soñador que onírico, en el que el piano brilló como luz en una noche apenas velada por la oscura nota pedal de la trompa. 

   La animación del tercero tuvo un aire más alegre que el sarcasmo habitual en el autor ruso, haciendo buena la frase de un aficionado a la salida: «estos dos conciertos no parecen de Shostakóvich; no se sufre con ellos». Correspondiendo a la ovación del público, Douglas tocó dos propinas, destacando su personal interpretación de la primera, una poderosa transcripción sacada del ballet Romeo y Julieta de Prokófiev, con unos espectaculares cambios de ritmo y dinámica, que fueron muy del agrado del público.

Foto: Benjamin Ealovega

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