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Crítica: Beat Furrer y Cordula Bürgi, con Arxis Ensemble  y Cantando Admont en el  Festival Resis

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Autor: Pablo Sánchez Quinteiro
8 de junio de 2022

El compositor austriaco Beat Furrer visita el Festival Resis de La Coruña junto a Cordula Bürgi, al frente de Arxis Ensemble y Cantando Admont 

Beat Ferrer

Resis en su apogeo

Por Pablo Sánchez Quinteiro | @psanquin
La Coruña, 28-V-2022. Iglesia de Santiago. Festival Resis. Beat Furrer y Cordula Bürgi, directores. Arxis Ensemble y Cantando Admont. Obras de Furrer y Tomás Luis de Victoria

   La presente edición del Festival Resis 2022 de La Coruña alcanzó el sábado 28 de mayo su apogeo con la presencia del compositor austríaco Beat Furrer, una de las voces vivas de la música de vanguardia de mayor trascendencia internacional. Fundador del referencial Klangforum de Viena, creador de incontables obras para la escena, pero también de renovadoras composiciones camerísticas como Voicelessness en las que desarrolla su propia notación musical, es Furrer una personalidad musical, ya bien entrados en el siglo XXI, fuertemente entroncada en las vanguardias musicales de los cincuenta a los setenta. 

   Su presencia a lo largo de la semana se tradujo en diversas actividades que fueron más allá del propio concierto y de sus ensayos, como fue el caso de encuentros en el conservatorio, entrevistas, como la realizada con el crítico musical Paco Yáñez, y sobre todo un contacto directo y muy cercano con todo aquel que quiso intercambiar puntos de vista con su figura. En todo momento afloró una personalidad de una inmensa humanidad y humildad. En los prolegómenos del propio concierto tuve la oportunidad de dialogar con él, derivando la conversación hacia el relevante papel que todavía en su opinión juega la crítica musical y como en la prensa austríaca su presencia se ha reducido a niveles lamentables -algo endémico en tantos países-, pero que afortunadamente está en vías de ser solucionado mediante interesantes medidas gubernamentales.

   Entrando ya en el concierto, el Resis diseñó un evento a la altura de la ocasión, planteándolo como un revelador encuentro entre la música renacentista de Tomás Luis de Victoria y la del propio Furrer. No es una idea nueva el confrontar en una misma velada mundos sonoros hipotéticamente tan alejados, pues es una fórmula que permite que afloren identidades y afinidades que en muchas ocasiones pasan desapercibidas para los propios intérpretes y para los oyentes. En lo personal, recuerdo la interpretación de la Octava sinfonía, de los mil de Mahler dirigida por Simon Rattle en la Philharmonie de Berlín, precedida por la música de Antonio Lotti; un ejemplo extremo, pero exitoso. 

   En el caso del Resis, la ideó cristalizó en un diseño memorable que se inició de forma inesperada cuando las voces del coro Cantando Admont llenaron la iglesia desde el fondo del coro alto, interpretando el «Taedet animam mean»; el doliente motete que abre el Oficio de Difuntos de Victoria. Fue un momento absolutamente mágico, que hizo detenerse el tiempo en la iglesia de Santiago, un escenario ideal para este tipo de programa. El motete fue seguido prácticamente sin solución de continuidad con la interpretación, ya desde el altar de la iglesia, de Lotófagos de Beat Furrer, interpretado por la soprano Elina Viluma y el contrabajista del Arxis Ensemble, Zacharias Fasshauer. Partiendo del poema de José Ángel Valente, Furrer crea una hermosa abstracción musical que realza de forma asombrosa el esplendor expresivo de los versos del poeta orensano. Las minimalistas texturas poéticas que Valente despliega en esta obra -ausencia de perífrasis y presencia de elementos dispares aparentemente inconexos- encontraron en la interpretación de Viluma y Fasshauer un vehículo ideal que enfatizó de forma sobrecogedora la atmósfera de desolación que subyace en el poema. 

   La voz de Viluma, transparente, inmaculada, pero al mismo tiempo dúctil y maleable hasta lo inimaginable, se complementó a la perfección con la resonante aura armónica del contrabajo, pero no menos importante, con la sorprendente acústica de la Iglesia de Santiago, un escenario mínimamente reverberante. La sección central climática en la que Furrer despliega al máximo su fascinación por el grito como forma de expresión fue absolutamente impactante, como también lo fue el vertiginoso paroxismo de los «no» repetidos del verso «confrontados con nuestra propia imagen que NO reconociéramos».

   Tras una mínima pausa, Cantando Admont abordó, ya desde el altar mayor, el Oficio de Difuntos de Victoria. Un solemne Introitus dio paso a un Kyrie de una sensualidad y lirismo sobrecogedor en el que las luminosas voces de las sopranos de Admont, perfectamente empastadas en un único instrumento, sin el más mínimo vibrato, crearon un prístino contraste con las melancólicas cadencias de los bajos. En el más fluido y retórico Gradual y en el optimista Ofertorium los cantantes dieron vida a un tapiz sonoro denso, intenso, con un magnífico juego entre las distintas cuerdas, pleno de agilidad en las imitaciones. Sanctus y Benedictus recuperaron un delicado estatismo que cristalizó en el Agnus dei, el cual lució pureza de tono y afinación; una constante a lo largo de toda la noche. El Communio puso punto final a la Misa y dio paso, esta vez ya tras los aplausos, a que los integrantes del recientemente creado Arxis Ensemble, con su director artístico, Noè Rodrigo, en la percusión, junto con Cantando Admon, abordaran dirigidos por Furrer, la segunda obra de la noche, Akusmata

   Akusmata, una de las creeaciones más recientes de Furrer, estreno en España, traslada al oyente a un mundo sonoro más inquietante y extremo que la previa Lotófagos. En este caso, el texto se corresponde a siete breves secuencias de Pitágoras, en las que, siempre partiendo de la máxima fragmentación y deconstrucción del texto, el tratamiento vocal e instrumental es de lo más diverso. El resultado es un fenómenal compendio de los medios de expresión y de las técnicas compositivas de las últimas décadas. 

   Nunca se produce en la obra una explícita afirmación musical, sino que la música fluye de principio a fin a base de vaivenes, insinuaciones, en lo que es un fascinante juego de luces y sombras. Este abigarrado, pero a la vez minimalista tejido orquestal fue recreado por los miembros del Arxis con intensidad y virtuosismo. Resultó especialmente impactante la tercera sección, que precede a la secuencia polifónica, en la que la orquesta evoca los sonidos de la música electrónica de una forma sorprendentemente realista, así como el gran solo de flauta, planteado con las técnicas de la música concreta instrumental. Este dio paso a una progresiva disolución que cerró la obra de forma estoica, pero no menos conmovedora que la música de Victoria. Esta es a mi juicio la grandeza de este compositor; el haber asimilado e interiorizado a la perfección el legado de sus antecesores para transformarlo en obras en las que su voz emerge siempre de forma única, inconfundible.

   El concierto se cerraría retornando al Oficio de Difuntos de Victoria; completándose la Misa con el sobrecogedor motete fúnebre Versa est in luctum cithara mea y el Libera me. De esta forma, se cerraba un revelador círculo de 400 años de historia de la música; un viaje musical en el que no hubo ni un principio ni un final; en el que los conceptos de modernidad y originalidad no sólo pasaron a un segundo plano, sino que demostró como en pocas ocasiones la atemporalidad de las grandes creaciones musicales del ser humano.

 

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