Crítica de Óscar del Saz del recital ofrecido por Benjamin Bernheim en el Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM] y Teatro de la Zarzuela, acompañado al piano por Borja Mariño
Bernheim, en modo conquista
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 26-I-2026. Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXXII Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Recital 4. Obras de Charles Gounod (1818-1893), Reynaldo Hahn (1874-1947), Ernest Chausson (1855-1899), Hector Berlioz (1803-1869), Henri Duparc (1848-1933), Federico Mompou (1893-1987), Joaquín Turina (1882-1949), Alberto Ginastera (1916-1983). Benjamin Bernheim (tenor), Borja Mariño (piano).
El recital que nos ocupa propuso un viaje refinado a través de más de un siglo de poesía musical, que se inicia sobre la elegancia espiritual del romanticismo francés y acaba desembocando en la intimidad desnuda del canto ibérico y argentino del siglo XX. Un programa, ciertamente prolijo y exigente, tejido con una coherencia silenciosa, no evidente: la exploración del Amor en sentido amplio, con sus matices, sus sombras y su memoria, a través de diversos autores que lo supieron reflejar con su estética distintiva.
Para lustrar todo ello, se convocó al ya afamado tenor suizo-francés Benjamin Bernheim (1985) y al pianista vigués Borja Mariño (1982). Si bien, la pianista que acompaña habitualmente a Benjamin Bernheim en recitales, es CarrieAnn Matheson, nos alegramos del merecido debut del estupendo pianista y compositor español en el Ciclo de Lied. Como debutantes en el Ciclo, el mayor desafío de ambos fue el de sostener -sin empalago- el delicado colorido de la esencia musical francesa, donde piano y voz deben ejercitar una dicción cristalina y un canto con «respiración suspendida», modelando el color de cada miniatura, sin caer en el exceso, y después, transitar hacia la concentración ascética de Mompou, y el folclore estilizado de Turina y Ginastera, de un modo natural y sin ruptura de las costuras estilísticas.
En el ámbito galo, cada uno de los compositores ilumina la «mélodie» francesa desde un ángulo distinto, algo muy importante a tener en cuenta, y que no siempre se vio reflejado y distinguido en cada fase del recital, sobre todo en la parte pianística. Gounod despliega, en general, un lirismo sereno, donde la melodía fluye con naturalidad. Hahn, en cambio, cultiva la gracia perfumada del salón parisino, con refinamiento y elegancia miniaturista. Chausson, más sombrío y arquitectónico, es claramente más emocional, y juega con variedad de densidades armónicas. Berlioz, en cambio, aporta mayor dramatismo sinfónico al piano, al que traslada los colores orquestales. Finalmente, Duparc condensa y destila las melodías con armonías ricas y líneas vocales expansivas
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Por el lado hispánico, Mompou escribe desde el susurro, mientras que en Turina respira el dramatismo cálido y la narrativa; Ginastera aporta un lenguaje más rítmico y terrenal: color folklórico, vitalidad y melancolía argentina. En esta parte, el reto idiomático estuvo más centrado en Bernheim, que con tableta electrónica en mano, de forma muy dependiente, -y sin atril- leyó casi a la perfección las correspondientes canciones en catalán y castellano.
El recorrido se abríó con «L’absent», de Gounod, página de aparente sencillez que el tenor abordó con dominio del legato y un fraseo que rezumó devoción y nostalgia. El pianista, excedido en volumen, ejecutó para la voz un buen sostén armónico. Le siguió la melancólica y perfumada «L’heure exquise», de Hahn, donde voz y piano se fusionaron en una misma estética impresionista, en la que el tenor exhibió facilidad para los «falsettone» en la tesitura aguda -muy discutibles, a nuestro juicio, porque rompen la igualdad en la emisión- y una capacidad alicorta del pianista para sugerir más que decir.
El centro emocional del bloque francés llegó con el «Poème de l’amour et de la mer», de Chausson, típica obra de escritura orquestal trasladada al piano en tres canciones. Aquí, Bernheim lidió bien la tesitura cambiante, dando sorprendentes muestras de un forte en agudo de densidad lírica -por contraposición a su teórica vocalidad de ligero o lírico/ligero- y un discurso que alternó exaltación y recogimiento; Mariño, por su parte, asumió un verdadero papel sinfónico, esculpiendo texturas que dieron profundidad a la densidad emocional de Chausson, y dibujó muy acertadamente la intermedia, «Interludio».
En la segunda parte, el viaje continuaba con cuatro canciones de «Les nuits d’été», de Berlioz, verdaderas joyas de narración intimista. En «Villanelle», Bernheim ofreció ligereza pastoral y en «Le spectre de la rose», un muy buen control de las medias voces; «Sur les lagunes», fue cantada con gravedad dramática, pero sin asperezas, y en «L’île inconnue», demostró una flexibilidad rítmica, casi conversacional. Para Borja Mariño, cada pieza debió requerir un mundo expresivo distinto, desde el impulso danzable inicial hasta la rareza armónica final, pero nuestra impresión es que se quedó en un notable -y no en un sobresaliente- en esa tarea.
En el universo miniaturista de Duparc, donde cada acorde cuenta y cada palabra importa, la exigencia técnica se vuelve casi psicológica, por ser la imaginación la que hace todo el trabajo. «L’invitation au voyage», una verdadera obra de arte, resultó en la voz de Bernheim sensualmente realista y «Chanson triste» desplegó una bella vulnerabilidad sostenida. «Phidylé», se construyó en una ascensión vocal, que condujo a un clímax luminoso. Muy adecuada estuvo la colaboración de Borja Mariño, respirando con la voz, y dominando la intención poética de la escritura.
Ya en lengua catalana y castellana, en general bastante bien trabajada, se ofreció una inflexión íntima y terrenal. En «Damunt de tu, només les flors», Mompou necesita del cantante un control absoluto del canto casi hablado, pero como hemos comentado, la alta dependencia de Bernheim de tener que leer de una tableta -sosteniéndola con ambos brazos, muy cerca de la cara- y sin atril, le quitó mucho de la magia… Mientras, Mariño sostuvo adecuadamente una «torre de naipes» mínima donde cada nota tuvo su peso emocional.
Con Turina y «Los dos miedos», la relación voz-piano se vuelve más teatral, con cambios de carácter, colores más cálidos y una prosodia muy marcada que ambos hilaron de forma adecuada. Finalmente, Ginastera con su «Canción al árbol del olvido» aportó una mezcla irresistible de claridad melódica, filosofía de la vida y ritmo folklorizante, con nobleza del canto popular sin perder refinamiento por parte de Bernheim, y un balance exacto entre impulso rítmico y lirismo en las manos de Mariño.
Fueron varias veces las que el binomio Bernheim-Mariño salió a saludar satisfecho entre los aplausos y los vítores del respetable que en un alto porcentaje se puso en pie. Algo muy suculento quedaba por acontecer en el capítulo de las propinas. La primera fue el «Pourquoi me réveiller, ô souffle du printemps?», del «Werther», de Massenet, rol que es caballo de batalla de Benjamin Bernheim. Él, que es buen fraseador, tiene una emisión fácil y buenas capacidades para dominar su paleta dinámica ofreció -aun no contando con una voz de belleza arrebatadora- una muy buena versión, con unos saltos del Do# al La#, muy valorables, con los agudos muy bien colocados, muy largos, y muy redondeados, más allá de lo esperable en una voz de lírico-ligero puro.
Lo sorpresivo llegó cuando atacó los primeros compases del «E lucevan le stelle», de «Tosca», o fatal adiós a la vida de Mario Cavaradossi. El aria, llevada a su terreno -por su tipo de voz, no le corresponde, y no sería lógico que cantara el rol completo-, y dado que en las propinas uno puede salirse de su zona de confort, estuvo bastante bien pergeñada, con los agudos en su sitio, grandes y densos para su voz, aunque forzando un tanto la maquinaria vocal -en volumen y fuerza- para, al menos, acercarse a lo que el verismo requiere (si bien no teniendo una orquesta enfrente que le ponga en evidencia, sino a un piano). En todo caso, la voz de un tenor de cuarenta años no se sabe nunca dónde puede acabar.
Desde luego, estas dos propinas acabaron por desarmar, conquistar e incluso alborotar, al público que, finalmente, se rindió -la mayoría puesta en pie- a Benjamin Bernheim y a Borja Mariño, cosa perfectamente lógica en un programa tan elaborado, diverso y bien ejecutado como el que se ofreció. Desde luego, y para nosotros, ambos son firmes candidatos para volver a este Ciclo de Lied y así disfrutar de su arte, pues aquél parece que se ha empeñado -y vemos muy bien que así sea- en traer a figuras «nuevas», de muy bien nivel, para no repetir siempre a los mismos artistas que todos tenemos en mente.
Fotos: Elvira Megías / CNDM
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