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Crítica: Bernard Haitink, con Veronika Eberle, Emanuel Ax y la Sinfónica de Londres en el ciclo de Ibermúsica

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Autor: Raúl Chamorro Mena
26 de octubre de 2017

PERFECCIÓN MADE IN HAITINK


   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 22 y 23-X-2017. Auditorio Nacional. Ciclo Ibermúsica. La gruta del Fingal Op. 26 (Felix Mendelssohn), Concierto para violín y orquesta Op. 64 (Felix Mendelsshon). Sinfonía nº 2 op. 73 (Johannes Brahms); Sinfonía número 3 op. 90 (Johannes Brahms), Concierto para piano y orquesta nº 5 Op. 73 “Emperador” (Ludwig van Beethoven). Veronika Eberle, violín. Emanuel Ax, piano. London Symphony Orchestra. Director: Bernard Haitink

   Apertura por la puerta grande de una nueva temporada del magnífico ciclo Ibermúsica con un maestro ya legendario como Bernard Haitink a sus 88 años de edad y con más de 60 de experiencia detrás y una orquesta de la categoría de la London Symphony Orchestra.

   El músico holandés demostró aún buena vitalidad y sólo se sentó durante la cadencia del concierto para violín de Mendelssohn y en el brevísimo tercer movimiento de la Segunda sinfonía de Brahms y en algún momento puntual de la interpretación del Emperador de Beethoven. Fuera de esos momentos, dirigió ambos conciertos de pie, aunque ya su forma de caminar sea más dificultosa. Con ese gesto contenido pero de gran precisión que siempre la ha caracterizado condujo a la magnífica orquesta por la senda de la acrisolada belleza y deslumbrante refinamiento tímbrico con un sonido tan radiante como transparente, que fluyó como el mar que azota la gruta del Fingal, primero sereno y luego embravecido en ese estupendo clímax central de la pieza, llamada obertura, aunque más bien parece un poema sinfónico en miniatura.

   La violinista alemana Veronika Eberle demostró su determinación y seguridad musical desde el ataque a la fascinante melodía que atormentó al propio compositor, con la que comienza, en inmediata y pletórica irrupción, el concierto para violín de Mendelsshon. El sonido de Eberle es grato, aunque no especialmente potente ni personal, además de faltarle punta y penetración tímbrica a las notas altas. Fue innegable, sin embargo, la sensibilidad, musicalidad y solvencia con la que desgranó el espléndido concierto, propio, si no de una comunicativa y carismática virtuosa, sí de una artista fiable, disciplinada y de intachable impronta musical que, además, estuvo bien cuidada y arropada por el primoroso acompañamiento de Haitink al frente de una espléndida London Symphony en la que destacó una actuación sobresaliente de las maderas. ¡Cuán espléndidamente diferente sonó la misma orquesta en manos de Haitink que el año pasado dirigida por Noseda!.

  Realmente prodigiosos resultaron el sentido de la construcción, las diáfanas, cristalinas, texturas orquestales, la claridad de exposición, la compacta y proverbial arquitectura musical en la segunda Sinfonía de Brahms. Esa falta de fantasía, de ese punto de emoción que siempre han caracterizado al músico holandés se compensaron ante la manera sabia de escanciar los más insusitados matices dinámicos, así como la capacidad para conducir al espléndido clímax del último movimiento a una orquesta que le respondió brillante, esplendorosa, precisa.

   El concierto del día 23 comenzó de manera insólita con la Tercera sinfonía de Brahms dejando el concierto de piano para la segunda parte en contra de lo habitual. Cierto es que el primer movimiento pudo resultar demasiado lento y solemne para un allegro con brio, pero tal fue la nitidez de planos orquestales, la suprema transparencia y la exhibición del clarinete (Andrew Marriner, hijo de Sir Neville) en su deslumbrante exposición del tema principal, que el resultando fue convicente. Tercer y cuarto movimiento fueron expuestos con sabiduría y aplomo, con profundo sentido analítico, aunque en conjunto faltó emoción y viveza, quedando el resultado final en opinión de quien suscribe, por debajo de la segunda sinfonía del día anterior.

   El monumental Concierto para piano nº 5 “Emperador” de Beethoven fue expuesto por Emanuel Ax con un sonido muy potente y caudaloso, de modo que mantuvo en todo lo alto y nunca mejor dicho en este caso, ese gran duelo con la orquesta –ni que decir tiene que magnífica en su ejecución- que es el primer movimiento. Sin embargo, en el sublime segundo le faltó delicadeza y flexibilidad a su fraseo, más enérgico que sensible. En el tercero, el pianista estadounidense de origen polaco superó sin problemas las exigencias técnicas y virtuosísticas del mismo sellando una interpretación de notable factura, aunque predominó la rotundidad y energía sonora sobre el reposo, así como el dominio técnico sobre la expresividad y la efusión. Espléndida también la orquesta en la exposición del embriagador lirismo del segundo movimiento y en la brillantez del tercero.

   En definitiva, dos estupendos conciertos en los que quizás no se salió con el “dolor de estómago” de la emoción, de la suprema tensión, pero sí con la inmensa felicidad que produce el profundo magisterio, la aquilatada perfección sonora y musical, de un gran maestro de admirable trayectoria al frente de una espléndida orquesta a la que extrajo toda su calidad.  

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