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Crítica: «Bodas en el monasterio» [Die Verlobung im Kloster] de Prokofiev en la Staatsoper de Berlín

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
22 de abril de 2019

Entre todos la mataron y ella sola se murió. Al final, solo en parte resucitó

Por Pedro J. Lapeña Rey
Berlin. Staatsoper13-IV-2019. Bodas en el monasterio - Die Verlobung im Kloster- (Sergei Prokofiev/Sergei Prokofiev&MiraMendelson). Stephan Rügamer(Don Jerónimo), AndreyZhilikhovsky (Don Fernando), Aida Garifullina (Luisa), Violeta Urmana (La dueña), BogdanVolkov (Don Antonio), Anna Goryachova (Clara de Almanza), GoranJurić (Mendoza), Lauri Vasar (Don Carlos), Maxim Paster (host). Orquesta y coro delaStaatsoperBerlin. Dirección Musical: Daniel Barenboim. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov.

   Llegó una nueva Semana Santa a Berlín, y con ella una nueva Festtage, el prestigioso festival musical de la Staatsoper de Berlín. En el programa compartían cartel una ópera del gran repertorio alemán como Los maestros cantores de Núremberg de Wagner, y otra bastante desconocida para el público berlinés, como Bodas en el monasterio de Sergei Prokofiev.

   En la primavera de 1940, para acometer su sexta ópera, el ruso buscó inspiración en las comedias de enredotípicas de la parte final del S.XVIII, y la encontró en La dueña, una obra chispeante con amores ocultos y confusos del británico Richard Brinsley Sheridan, y que años después también fue utilizada por el español Roberto Gerhard para componer su única opera. Con ella, Prokofiev compone una ópera alegre, vibrante, magistral en muchísimos sentidos. Toda una prueba más de su enorme arte donde descubrimos humor sutil, lirismo encantador, una acertada caracterización de los protagonistas, una acción continua y  dinámica, todo ello dentro de una estructura de la obra marcada por una continua tensión, que atrae al público con una sorpresa detrás de otra. La acción consta de varias parejas que por diversas situaciones acaban en un monasterio y que trasdiferentes enredos y confusiones, terminan con varias bodas.

   Lamentablemente no es una ópera que se pueda ver a menudo, pero cuando se tiene la ocasión, impacta. Varios aficionados veteranos de Madrid aun hablan maravillas de su estreno en España a primeros de los años 80 cuando Yuri Temirkanov vino al Teatro de la Zarzuela con las huestes del Kirov. Y algo similar ocurre con los que en enero de 2008 acudieron al Palau de Les Arts valenciano para ver la producción de Daniel Slater para el Festival de Glyndebourne que dirigió musicalmente el pequeño de los hermanos Jurowsky.


   Para la Festtage berlinesa, la Staatsoper se ha puesto en manos del eterno provocador ruso Dmitri Tcherniakov. Y a la vista de los resultados, está claro que ni la chispeante comedia de Sheridan ni la magistral joya que con ella hace Prokofiev, le interesan lo más mínimo. Para «un genio de su categoría», una comedia de enredos es peccata minuta. En su voraz apetito por reescribir obras ajenas, el ruso se ha dedicado, al menos en teoría, a encontrar el lado trágico de la comedia. Así que en vez de la comedia clásica de enredos que ocurren en un convento, Tcherniakov decide que nos vamos a una clínica de desintoxicación de adictos a la ópera, «Opera AddictsAnonymous», una especie de «Proyecto hombre» cuyo slogan sería «De la ópera también se sale». Los personajes de Sheridan se convierten por tanto en los personajes de Tcherniakov. Así por ejemplo, «Don Jerónimo» pasa a ser un aficionado que durante los últimos 25 años ha asistido a multitud de funciones, todas ellas registradas convenientemente con todos los datos, papeles e incluso los «fallos en los agudos» de cada uno de los cantantes. Su esposa ya no le aguanta y él quiere salvar su matrimonio. El maravilloso papel de “Luisa” pasa a ser el de una jovencita enamorada de Jonas Kaufmann a quien sigue por teatros y salas de concierto de todo el mundo. Como Kaufmann le ha dado calabazas, ella quiere desengancharse de todo lo que tenga que ver con la ópera. Por su parte, el personaje de «La dueña» es el de una vieja cantante de ópera, de gran éxito a lo largo de su carrera, que no quiere retirarse e insiste que la contraten una y otra vez. Y así con el resto de los personajes. Cualquiera de los dislates que ustedes puedan imaginarse, ya se le han ocurrido antes al Sr. Tcherniakov. Como ocurre habitualmente en sus dramaturgias paralelas, encierra a todos los personajes en una habitación.


   El resultado no es tan delirante como por ejemplo el de El trovador del Teatro de la Moneda de Bruselas en 2012, pero la realidad es que destroza literalmente la obra. Una de las características principales de las comedias de enredo es que los personajes se van conociendo poco a poco, o no se conocen, o unos se esconden y otros aparecen, etc. En esta ocasión, al estar todos juntos y encerrados en la misma sala, riéndose y llorando juntos, etc. pierde todo su sentido. Además, tuvo que cambiar el personaje del prior, que aquí era el moderador de las terapias. Para cualquier persona que no conociera en detalle el argumento, la representación fue un auténtico caos. Este dislate, que de entrada puede parecer original, va perdiendo sentido según avanza la obra. La comedia vibrante se convierte en un tostón feo, mortecino, aburrido y plúmbeo. Cuando llegamos al final del tercer acto, nuestro provocador favorito, ya no sabe qué hacer. En ese momento se acuerda de que unos tales Sheridan y Prokofiev, habían encontrado la solución mucho tiempo antes, y busca la redención en ellos. Entonces, lo que hasta ese momento ha sido fealdad, oscuridad, etc. desemboca en un cuadro final apoteósico. El coro, que hasta ese momento no había aparecido –recordemos que los personajes están encerrados en una sala– entra en escena con vestidos espectaculares de los grandes de la ópera, donde podemos ver a cerca de treinta personajes de opera como Escamillo, Butterfly, Canio, Boris Godunov y entre otros, a una clon de Edita Gruberova como «Isabel I» y a otro de Luciano Pavarotti como Duque de Mantua. Este apoteósico final consiguió que parte del público se entregara desaforadamente al supuesto arte de Tcherniakov. Mi pregunta ahora y siempre es la misma: Si no te gusta una comedia de enredos, ¿por qué te metes a ella? ¿qué ganas tienes de machacar al pobre Prokofiev?

   Si escénicamente la producción fue un desatino, la verdad es que musicalmente, la dirección musical de Daniel Barenboim tampoco ayudó mucho. Una música alegre, con chispa,por momentos ensoñadora, por momentos sarcástica, siempre encantadora, donde la orquestación de Prokofiev hace auténticas maravillas, fue en las manos del argentino una obra aburrida y tediosa, con dos primeros actos caídos, lastrados por una dirección lenta y sin chispa. En el intermedio hubo deserciones y los comentarios que se escuchaban eran de franca decepción. Afortunadamente, en la segunda parte las cosas mejoraron pero sin terminar de despegar. El resultado final quedó muy lejos de lo que le hemos visto en multitud de ocasiones –sin ir mas lejos en Los maestros cantores del día siguiente y que reseñaremos próximamente–y durante una buena parte de la función, me estuve preguntando para qué se había metido en este fregado. El balance orquestal estuvo en parte descompensado por una cuerda que pareció con pocos elementos para compensar unos vientos eficaces, pero algo fallones.


   Y fue una lástima porque por una vez tuvimos un elenco vocal de gran nivel. Los tres personajesfemeninos en las voces de Aida Garifullina, Violeta Urmana y Anna Goryachova fueron una auténtica delicia. La Luisa de la primera destacó en todos los registros, sobre todo en un agudo refulgente y con peso. La Clara de la Goryachova impresionó con unos graves contundentes, muy bien cantados, y por último, Violeta Urmana fue una «Dueña» excelente, intrigante primero y resolutiva en la parte final, cuando consigue casarse con Mendoza. Escénicamente, las tres lo dieron todo. Entre las voces masculinas, el incombustible Stephan Rügamer en el papel de Don Jerónimo, volvió a manifestar sus pobres condiciones canoras, pero escénicamente es de las mejores veces que le he visto, tocando incluso la trompeta y una divertida melodía con las copas de una vajilla. Muy bien en todos los aspectos el Don Fernando de Andrey Zhilikhovsky, con buena línea de canto y sabiendo proyectar la voz, y el Don Carlos de Lauri Vasar, muy bien cantado, matizando cada frase. A menor nivel aunque muy implicado escénicamente el Don Antonio de Bogdan Volkov, bastante pobre el Mendoza de Goran Juric, y prácticamente irrelevante el anfitrión deMaximPaster.

   En resumen, una oportunidad desaprovechada. A pesar de mis reticencias con el resultado global, en los saludos finales el público se volcó con la práctica totalidad de los cantantes y con Daniel Barenboim y sus músicos. Para Dmitri Tcherniakov hubo división de opiniones, con bravos ostentosos y abucheos muy sonoros, pero la apoteósica escena final pareció inclinar la balanza de su lado.

Foto: Ruth y Martin Waltz

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