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Crítica: Bruce Liu y Gustavo Gimeno, con la Sinfónica de Toronto en Ibermúsica

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Autor: Óscar del Saz
28 de enero de 2026

Crítica de Óscar del Saz del concierto ofrecido por la Sinfónica de Toronto en Ibermúsica, bajo la dirección de su titular, el español Gustavo Gimeno, y con el pianista Bruce Liu como solista

Bruce Liu y Gustavo Gimeno, con la Sinfónica de Toronto en Ibermúsica

Dos rostros del Alma Rusa

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid, 27-I-2026. Auditorio Nacional de Música. Ibermúsica. Concierto B5. Serie Barbieri. Obras de Serguéi Rachmaninoff (1873-1943) y Serguéi Prokófiev (1891-1953). TSO - Toronto Symphony Orchestra. Bruce Liu, piano. Gustavo Gimeno, director.

   La Toronto Symphony Orchestra, cuyo titular es el director español Gustavo Gimeno (1976), que ha revitalizado el perfil artístico de la orquesta, con ambición en el crecimiento del repertorio y contando ya con grabaciones premiadas, se presentó por primera vez con Ibermúsica con un interesante programa cuyo nexo es el pulso inconfundible del alma rusa: el Concierto para piano n.º 2, de Serguéi Rachmaninov y la Sinfonía n.º 5, de Serguéi Prokófiev. Ambas nacen en momentos muy distintos de la historia rusa, pero cada una destila el modo en que el espíritu ruso -orgulloso, melancólico, monumental- se transforma bajo el peso de la historia y sus gobernantes.

   El exiliado Rachmaninov escribe su concierto para piano en la todavía tradición zarista, con foco en la escuela pianística rusa, renacida ante la recuperada depresión del compositor. En su diseño, la orquesta acompaña al instrumento, incluso lo desafía, pero nunca osa a intentar vencerle. 

   Prokófiev, en cambio, compone su 5.ª Sinfonía en pleno auge de la URSS estalinista, donde la máquina política exigía épica, colectividad y optimismo heroico. Prokófiev declaró, de hecho, que su sinfonía celebraba «la grandeza del espíritu humano», pero su lenguaje, anguloso, rítmico, irónico y poderoso, dejaba entrever las sombras -la de su propia libertad- tras el discurso oficial.

Bruce Liu y Gustavo Gimeno, con la Sinfónica de Toronto en Ibermúsica

   El Concierto para piano n.º 2 es uno de los pilares del repertorio romántico tardío, famoso por su combinación de una exigencia técnica muy elevada y extrema expresividad con una concepción para el instrumento de un piano que dialoga, compite o emerge con fuerza según el movimiento. En este sentido, los mejores pianistas para este concierto han de ser muy técnicos y enérgicos -no vamos a dar nombres aquí, pero seguro que el amable lector los tiene en mente-, líricamente musicales y con capacidad para proyectar un sonido amplio.

   El pianista convocado para la ocasión, el joven y prometedor Bruce Liu (1997), de origen multicultural -china, europea [París], norteamericana [Montreal]- adoleció en el primer movimiento –‘Moderato’- del poderío físico/técnico necesario para proyectar una densidad sonora grande -y no nos referimos a un volumen bruto-, sin perder control, pues en muchos momentos cumbre del ‘tutti’ fue sepultado por la orquesta, sin que ésta estuviera excediendo su volumen. 

   En otros momentos más transparentes y flexibles exhibió admirable velocidad en los pasajes octavados y arpegiados. En las melodías líricas, dialogó con las cuerdas y maderas, en modo camerístico, integrándose más que dominando.

   En el segundo movimiento -‘Adagio sostenuto’- demostró sus capacidades para los pianísimos sostenidos y buen legato, con adecuado sentido de la «respiración», del «canto» interior y del ‘rubato’, consiguiendo flotar convenientemente sobre la textura orquestal, sin sobresalir forzadamente, aunque entendemos que en este movimiento orquesta y piano se excedieron en la morosidad.

   El ‘Allegro scherzando’ se planteó correctamente, como una competición en la que piano y orquesta se persiguen jugando, con pasajes rápidos y brillantes y cambios repentinos de carácter, donde primó la justeza rítmica, de acuerdo con la mano de Gimeno, que en todo momento tuvo control absoluto de la situación. 

   Tampoco aquí, hacia el final de la obra, el piano sobresalió claramente, ni siquiera por el carácter, y lo técnico-virtuoso que mostró Liu visualmente, no se tradujo en el final volcánico esperado.  

Bruce Liu y Gustavo Gimeno, con la Sinfónica de Toronto en Ibermúsica

   Aunque a nuestro entender, y por lo mencionado, Bruce Liu alberga hoy en día un apreciable margen de mejora para convertirse en un referente del piano para el gran concierto, lo que sí hemos de decir es que se metió al público en el bolsillo, porque una vez finalizó su intervención, los aplausos arreciaron y le hicieron comparecer repetidamente sobre el escenario, de modo que no tuvo más remedio que ofrecer una propina tras otra, hasta dos. La primera, la bellísima «Fantasía Impromptu», de Chopin, y la segunda, haciendo dúo con el concertino, «Zdes Horosho», Op. 21, N.º 7, de Rachmaninoff, en la que Liu demostró su gran clase como pianista de cámara.

   En la segunda parte, con la orquesta al completo, Gustavo Gimeno ofreció su versión de la monumental 5.ª Sinfonía de Prokófiev, con contundencia, atendiendo especialmente a la dureza rítmica, con denuedo en las síncopas y en los cambios de acento inesperados, mostrando sólo a medias la ironía que la obra alberga, eso sí, con tensión y teatralidad, resaltando los continuos contrastes. 

   Destacamos de su exposición, con gestos tan diáfanos como eficientes, la claridad en los distintos planos -melodías, acompañamiento rítmico- y también conseguido a medias ese punto de gélido lirismo que debe dibujar esta música «casi desnuda», sarcástica o aparentemente «sin alma».

   Por definir el estilo de dirección de Gustavo Gimeno diremos que es claro y preciso en los balances, con una gestualidad limpia y natural, no ostentosa y en apariencia cooperativa, centrada en la inteligibilidad del discurso musical y con atención al color orquestal.

   La Sinfónica de Toronto es una muy buena orquesta, con madurez técnica y expresiva, a la que se le puede pedir -como hizo Gimeno- realizar un meritorio arco emocional para el primer movimiento –‘Andante’-, con sonido potente, si bien con capacidad para las dinámicas, consiguiendo de las cuerdas homogeneidad en las frases largas; de las maderas, que fueran cantarinas y un muy buen temple de los metales.

   En el ‘Allegro marcato’ mantuvo un carácter acerado, muy cuadrado, con maquinaria engrasada y sin sentimentalismos, muy en el argot cinematográfico, donde cada escuchante pone las imágenes que le vienen a la mente. En el tercer movimiento -‘Adagio’-el carácter fue sombrío, opresivo, como corresponde a una tensión interna muy viva, con buenas prestaciones de las cuerdas graves y agudas y una percusión muy precisa.  

Bruce Liu y Gustavo Gimeno, con la Sinfónica de Toronto en Ibermúsica

   A la postre, el ‘Allegro giocoso’ fue festivo y mecanicista, con un final  engranado entre todos, luminoso y claro, sin engordar demasiado el volumen, que en realidad nos hubiera gustado más, pero con el sarcasmo grotesco típico de Prokófiev que requiere un final, en realidad, dramático.

   El éxito que obtuvo Gustavo Gimeno fue clamoroso por parte del público, lo que le obligó a regalar sendas propinas, ambas de Prokófiev: La gavota de la «Sinfonía N.º 1», ‘Clásica’, y la «Marcha en Si bemol», Op. 99., que terminaron por saciar al respetable.

   2025/26 marca el año inaugural de Gustavo Gimeno como director musical del Teatro Real de Madrid, enfocado en la ópera, entendiendo que tendrá mucho que estudiar para ponerse al día con el repertorio. El maestro tendrá que compatibilizarlo con la Sinfónica de Toronto -hasta 2030- y el crecimiento de su corpus sinfónico. Todo ello parece que está consolidándolo como uno de los directores españoles de mayor proyección internacional. Desde aquí, le deseamos que pueda atender todos sus compromisos a satisfacción. 

Fotos: TSO.CA / Allan Cabral

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