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Crítica: El ciclo sinfónico de Bruckner en el Carnegie Hall llega a su parte final con las sinfonías 'Séptima' y 'Octava'

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
2 de enero de 2017

CARA Y CRUZ CON UNA SÉPTIMA DESCONCERTANTE Y UNA OCTAVA PORTENTOSA

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Nueva York. Carnegie Hall  27 y 28 de enero de 2017. Staatskapelle Berlin.Wolfram Brandl, violín; Yulia Deyneka, viola.Director musical: Daniel Barenboim. Sinfonía Sinfonía concertante para violín y viola en Mi bemol mayor, K.364 de Wolfgang Amadeus Mozart; Sinfonías nº 7 en Mi mayor y nº 8 en La mayor de Anton Bruckner.

   El mítico director rumano Sergiu Celibidache visitó Madrid bastantes veces a lo largo de su dilatada carrera. En al menos un par de ocasiones, a primeros de los años noventa del pasado siglo, la Residencia de Estudiantes aprovechó sus visitas al Auditorio Nacional para programar unos “Encuentros” con él. Solían ser a las 11 de la mañana y había –literalmente– bofetadas por conseguir entrar. En ellos, además de no dejar títere con cabeza como solía ser su costumbre, Celibidache nos “instruía” en sus teorías de Fenomenología de la música, y en el turno final de preguntas que solía ser bastante amplio, nos contaba cientos de anécdotas de su enorme trayectoria.

   Una de las que más me llamó la atención -la experiencia ha ido confirmando la validez de su moraleja- se refirió a un concierto de la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por el legendario Wilhelm Fürtwangler. Ocurrió durante una gira de la orquesta por Alemania –no recuerdo en que ciudad– en los primeros cincuenta, en la etapa en que ambos codirigían a los Filarmónicos berlineses. En la segunda parte del concierto, Fürtwangler dirigía la Sinfonía Grande en Do mayor de Franz Schubert. Los tres primeros movimientos había ido de maravilla, pero en el Allegro vivace final, el berlinés se fue por los “Cerros de Úbeda”, los músicos “se fueron a buscarle” y aquello había acabado en un pequeño caos. Fürtwangler, que era el más feroz de sus críticos fue el primero que se dio cuenta de lo ocurrido. En cuanto vio al rumano fue corriendo a él y le espetó: “Celi, ¿Cómo ha sido la obra?”. “Maestro”, le contestó Celibidache, “el Allegro inicial de primera, el Andante de gran belleza, perfectamente tocado”. “El Finale, ¿Cómo ha sido el finale?”, le interrumpió de nuevo Fürtwangler. Celibidache contestó “Bueno, en fin, el Finale no ha ido todo lo bien que…”. Fürtwangler le cortó y sentenció: “Un desastre, el Finale ha sido un desastre y si una obra acaba así, lo anterior no cuenta”.

   Recordé la anécdota al terminar Daniel Barenboim el viernes su versión de la Séptima Sinfonía de Anton Bruckner. No voy a decir yo que fuera un desastre, porque a nivel global no lo fue, máxime cuando los dos primeros movimientos fueron muy buenos, pero es verdad que cuando la interpretación de una obra va de más a menos, la sensación final que te queda es agridulce.

   Y eso que el concierto empezó bien. En la primera parte, Wolfram Brandl, uno de los concertinos de la orquesta, y Yulia Deyneka, la primera viola, nos dieron una correcta versión de la atractiva Sinfonía concertante para violín y viola en Mi bemol mayor, K.364 de Wolfgang Amadeus Mozart. La pieza, además de un encanto indiscutible, tiene su complejidad técnica. Ninguno de los dos solistas son grandes virtuosos de sus instrumentos, y es difícil apartar de la memoria las versiones escuchadas en el pasado a solistas de la talla de Julia Fischer, Victor Tetriakov, Antoine Tamestit o Yuri Bashmet, pero ambos dieron los mejor de sí mismo, consiguiendo un buen resultado final. Daniel Barenboim, libre de su trabajo como pianista, pudo dedicarse exclusivamente a dirigir, lo que se tradujo en una mayor claridad de texturas y un mayor control de los planos sonoros que los obtenidos en días anteriores.

   Tras el descanso, arrancamos la Séptima sinfonía con anécdota. Había empezado ya el trémolo inicial en pianísimo de los violines cuando desde la parte derecha del patio de butacas, surgió una tos extemporánea. El director argentino paró a la orquesta, se dio la vuelta hacia el público, y sacándose el pañuelo se lo puso en la boca y tosió de manera discreta, dándole a entender al autor lo que podía haber hecho. El público, harto de las personas que no tienen el menor respeto por el resto de la audiencia, aplaudió con fuerza a Barenboim.

   La obra, quizás la más conseguida de su autor, llena de bellas y envolventes melodías, y con un color claramente wagneriano, tiene una indudable pegada que hace que muchos aficionados a quienes Bruckner se les hace complicado, se sienten aquí más cómodos. Fue completada en San Florián a finales de 1883, y Bruckner, escamado por las sempiternas críticas de los “conservadores vieneses” comandados por el implacable crítico Edward Hanslick, se llevó el estreno a Leipzig donde fue estrenada un año más tarde por Arthur Nikischal frente de la Orquesta de la Gewandhaus. El estreno fue todo un éxito, el mayor que Bruckner obtuvo en vida, y la obra se repitió en varias ciudades que aclamaron igualmente la obra. Cuando un año más tarde llegó a Viena, ni la habitual crítica de Hanslick pudo apagar el éxito. Esta aprobación popular nos ha evitado en esta obra el habitual problema de las revisiones y las diversas ediciones que afectan a otras sinfonías, y que se limitan en este caso al famoso golpe de platillos y triángulo del clímax del Adagio.

  Tras la anécdota de la tos mencionada arriba, Barenboimvolvió a comenzar el Allegro Moderato inicial con tempi pausados. La interpretación cogió vuelo desde el principio. La música fluía natural y cálida. Barenboim desplegabalos motivos temáticos y las repeticiones de manera ordenada, con un estricto control de los planos sonoros, y consiguiendo un sonido empastado de toda la orquesta.

   Aún mejor fue el Adagio, inmejorablemente cantado, con un estricto control de dinámicas y volúmenes, donde cada clímax era medido de tal manera que en el siguiente hubiera margen para más. La orquesta tocaba al mejor nivel y el imponente “clímax del platillo”, las fanfarrias posteriores, la desoladora marcha fúnebre “de Wagner”, la repetición del tema inicial por los metales y el final con éstos en diminuendo sobre los pizzicati de violonchelos y contrabajos fueron conmovedores.

   Se empezaron a torcer las cosas en el Scherzo – hasta este concierto los terceros movimientos habían sido los más destacables – con alguna pifia de los metales que hasta ese momento habían estado muy bien, y con una orquesta que empezó a sonar algo más confusa. Barenboim entendió el Finale, que Bruckner marca “Movido, pero no rápido”, como un “Allegro con fuoco”. El tiempo elegido, vertiginoso para esta obra, dio como resultado una versión expresiva y algo efectista, pero ni las dinámicas tan extremas, ni los evidentes desajustes en la orquesta, ni el tempo tan rápido, ayudan a una obra que aunque no es tan solemne como otras, necesita su relajo, sus pausas y un control exquisito de las transiciones, facetas que no vimos en el movimiento final. Versión extraña por tanto, que fue de más a menos y que nos dejó una sensación agridulce por lo mucho que prometía tras sus dos primeros movimientos.

   Afortunadamente las tornas cambiaron veinticuatro horas después en “la obra de las obras”. La más grande de su autor y una de las partituras clave de toda la literatura sinfónica. Una que, personalmente es la obra bruckneriana más querida del que suscribe. Estuve presente –seguramente con pantalón corto- en octubre de 1978 en el Teatro Real de Madrid cuando fue interpretada por Jesús López Cobos con la Orquesta de la RTVE en lo que fue su estreno en España. Años después, el 27 de abril de 1994 -fecha que jamás se nos olvidará a los que asistimos- también pude asistir en el Auditorio Nacional a la interpretación de Sergiu Celibidache junto a su Orquesta Filarmónica de Munich, en lo que fue sin duda uno de los tres mejores conciertos que se hayan visto en la Sala de Príncipe de Vergara. Desde la primera escucha, la obra se convirtió en una de mis favoritas, tal es su grandiosidad y la fuerza brutal que desprenden sus melodías, desde las bosquejadas en el Allegro moderato inicial, hasta las del “Adagio de los adagios”.

   Barenboim eligió unos tempi contenidos y planteó una versión de trazo fino, bastante detallista, consiguiendo el adecuado equilibrio entre las distintas secciones orquestales. Las trompas arrancaron sobre el trémolo inicial de los violines y desde ahí, con ese tema opresivo y entrecortado, rara avis hasta ese momento en Bruckner, el músico argentino empezó a construir un movimiento imponente, con la tensión necesaria, donde la música ni corría demasiado ni se relajaba, simplemente fluía con la respiración necesaria. Los clímax en fortísimo fueron resueltos con una claridad meridiana, por parte una orquesta que estuvo al mejor nivel del Ciclo. El último tutti, casi “implorado” por trompas, trompetas y tubas wagnerianas fue espeluznante y dio paso, tras el gran silencio posterior, a una coda ejecutada de manera sublime por maderas y cuerdas.

   El Scherzo –primera vez que Bruckner lo anticipa al Adagio– abandona las tradicionales danzas austriacas de sinfonías anteriores para embarcarse en un ostinato de cinco notas, repetido hasta la saciedad y remarcado casi continuamente por los timbales. Barenboim le supo dar el tempo adecuado, así como al poético desarrollo posterior, donde cuerdas, maderas y arpas estuvieron excelsos. El trío y la recapitulación posterior siguieron por los mismos derroteros.

   El Adagio, que a pesar de su enorme duración es un prodigio de equilibrio y arquitectura, fue perfilado igualmente de manera ejemplar. Barenboim y sus músicos, en los treinta minutos que les duró, nos pusieron los pelos como escarpias con una simbiosis extraordinaria de solemnidad, melancolía y pasión. Las cuerdas sonaron más empastadas, bellas y cálidas que nunca. Las arpas fueron su complemento necesario, y los metales y las maderas el contraste adecuado. Poco más que añadir. Sencillamente impresionante.

   Llegados aquí, temí que pudiera pasar lo del día anterior, pero rápidamente se vio que no. Barenboim sí hizo caso esta vez de la anotación bruckneriana de “Solemne, no rápido”. El tempo sosegado y solemne realzó los grupos temáticos y permitió que la música respirara. El discurso claro, con textura orquestal refinada, no solo no perdió tensión sino que a cada frase iba ganando coherencia. Los metales sonaros brillantes en la exposición del tema inicial y en sus diversas repeticiones. El director edificó de manera admirablelos complejos crescendos,graduando el impacto de cada frase y ganando intensidad en cada compás. La coda, en fin, siguiendo los parámetros anteriores culminó una versión soberbia, de magnífico nivel, que iguala a la Cuarta en el ranking de los mejores conciertos del ciclo, al que tras mas de una semana, solo le queda ya su última entrega.

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