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Crítica: La Budapest Festival Orchestra y Emanuel Ax bajo la dirección de Iván Fischer en Bolonia

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Autor: Magda Ruggeri Marchetti
28 de mayo de 2019

La versatilidad de la orquesta húngara

Por Magda Ruggeri Marchetti
Bolonia. Teatro Manzoni. 22-V-2019. Bologna Festival XXXIX edición. Sección Grandi Interpreti. Ouverture da La gazza ladra de Gioachino Rossini. Concierto en sol mayor KV 453 para piano y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart. Obertura da L’italiana in Algeri de Gioachino Rossini. Sinfonía n.4 en do menor D.417 “La tragica” de Franz Schubert. Pianista: Emanuel Ax. Director: Iván Fischer.

   La Budapest Festival Orchestra fue constituída en 1983 por Iván Fisher y Zoltán Kocsis con la finalidad de hacer de la capital húngara el centro de la vida musical del país, así como desarrollar su actividad también en el extranjero. Bajo la guía de Iván Fisher, que la ha dirigido desde sus comienzos, su objetivo se ha alcanzado plenamente, hasta el punto que hoy está considerada como una de las mayores formaciones sinfónicas del mundo. Además promueve numerosos conciertos de carácter fuertemente innovador y social: sus «Audience choice» se han propuesto con gran éxito en toda Hungría y en el extranjero, incluído en los Proms de Londres. Por su parte, Iván Fisher ha recibido varios reconocimientos del gobierno húngaro por su empeño en las relaciones culturales internacionales: en 2006 ha obtenido el Premio Kossuth, máximo galardón artístico del país, y desde 2013 es socio de honor de la Royal Academy of Music de Londres, y no es solo director de orquesta, sino un apreciado compositor cuyas obras se ejecutan cada vez más frecuentemente en Europa y Estados Unidos.

   El concierto comienza con la Obertura de La gazza ladra, ópera semiseria de Rossini, representada en La Scala en 1817 y acogida por el público con extraordinario entusiasmo, como refiere Stendhal. Marcan el comienzo los redobles de dos tambores solistas, seguidos de una marcha protagonizada por trompetas que transporta inmediatamente al ambiente militar, elemento fundamental de la ópera. Sucesivamente se alternan los diferentes instrumentos y el director consigue una orquestación rica y atenta a los detalles, hasta el explosivo crescendo final.

   La velada ha proseguido con el Concierto para piano y orquesta en sol mayor, escrito por Mozart en Viena en 1784 y dedicado a la alumna Barbara von Ployer, con Emanuel Ax al piano, polaco que ha vivido en Canadá y Nueva York y ha alcanzado la notoriedad tras ganar el concurso internacional Arthur Rubinstein de Tel Aviv. Desde entonces ha seguido una brillante carrera como solista, con prestigiosas orquestas o en formaciones de música de cámara. Al comienzo, un juego de notas emitidas por la orquesta o por el piano, forman un diálogo equilibrado y compuesto, suave y melancólico, hasta la explosión de júbilo del Allegretto, en el que destaca el juego de los arcos y del Piano. Ax se ha confirmado intérprete refinado y de gran expresividad y, aun conservando su papel preponderante, ha colaborado con la orquesta exaltando con su cercanía los colores tímbricos y confiriendo a la partitura una luminosidad y una riqueza de matices realmente singular. Fisher ha guiado la orquesta con seguridad y capacidad interpretativa, dirigiendo el juego dialéctico con el piano.


   Al terminar la primera parte del concierto, el público ha aplaudido y ovacionado repetidamente a todo el equipo, pidiendo a grandes voces el bis al pianista, que ha concedido dos espléndidas páginas.

   En la segunda, el maestro ha dirigido magistralmente la Obertura de L’italiana in Algeri, ópera buffa de Rossini representada en Venecia en 1813, empezando con un pianissimo pizzicato. Con la delicadeza de los arcos contrasta la sonoridad de otro mundo musical, distinto y lejano. De gran efecto el sonido del oboe que emerge de repente. Fisher ha cuidado el detalle y los matices al máximo y ha empleado unos tiempos lentos que nos han invitado a redescubrir la obra.

   En la parte conclusiva hemos disfrutado de la Sinfonía n.4, compuesta por Schubert en 1816, con diecinueve años de edad, y ejecutada probablemente solo tras la muerte del compositor. Es la que siente más que ninguna otra la influencia del modelo beethoviano, a quien por otra parte reenvía el nombre de “trágica”, dado por el popio autor en el frontispicio posteriormente a la composición de la ópera. Fisher, con su intensa dirección, ha hecho especialmente agradable el Andante, en el que los violines expresan una dulce melodía mientras la orquesta toca con delicadeza sus diferentes instrumentos, tanto como protagonistas que como impetuosos acompañantes, en un clima mesurado y emotivo que recuerda a Mozart.

  Al final el público ha demostrado su gran entusiasmo con interminables aplausos y ovaciones, que han proseguido hasta conseguir arrancar al director las briosas Danzas húngaras n.14 y n.1 de Brahms.

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