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Crítica: La Camerata RCO y Elena Bashkirova en Ibermúsica

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Autor: Francisco Zea Vaquero
10 de febrero de 2020

Acordes y desacuerdos

Por Francisco Zea Vaquero
Madrid. 5-II-2020. Auditorio Nacional de Música (sala sinfónica). Schubert: Quinteto con piano en la mayor «La trucha», D. 664 y Octeto en fa mayor D. 803.  Elena Bashkirova (Piano). Camerata RCO

   Fue sorprendente comprobar en esta sesión la enorme fidelidad del público de Ibermúsica, que, en general, suele acudir por los títulos programados. Aunque en esta ocasión, otros mordimos el anzuelo porque veníamos a disfrutar de las delicias musicales de que son capaces los miembros de esta Camerata de la Royal Concertgebouw orkest de Amsterdam. Es sabida la versatilidad y capacidades de estos profesores cuando se sientan frente a sus atriles, cómo solistas y ayudantes, en la brillante centuria holandesa. Pues bien, la flexibilidad  de esta formación es tal que no suele repetir plantilla ni formato muy a menudo, y aborda continuamente repertorios de cualquier estilo y época. Por muy buenos que sean sus integrantes esto representa un serio hándicap. Un reflejo de todo esto lo pudimos ver en las anárquicas salidas y dubitativos saludos, de poco orden y concierto viniendo de músicos acostumbrados a la disciplina y el rigor de las orquestas del Norte.

   Cuando Schubert compone muchas de sus obras maestras para la música de cámara no está pensando nada más que en un círculo íntimo. Precisamente por ello es tan importante la dificultad de esta sacrificada disciplina; No basta simplemente, la técnica y estilo. Necesitamos además la atenta capacidad de escucha y diálogo entre los participantes, el profundo conocimiento de las habilidades o flaquezas de tus compañeros, virtuosismo a parte, que les permita desgranar las obras redactadas en estricta forma sonata. Este estilo requiere de rigor pero también de imaginación, por ejemplo; hacer todas las repeticiones en la tradición alemana, tocándolas una y otra vez, pero como si en cada momento fueran diferentes; es decir, según el momento que transcurre, nada es simplemente igual en cada repetición. Es muy necesario un maridaje de largo poso, para saborear estas cimas artísticas, y sólo las formaciones de cámara con largos recorridos pueden acceder a ese jardín privado.

   El concierto de hoy tuvo fortaleza en la plantilla base prevista, o sea, los que ensayan juntos para preparar un concierto, y fragilidad en los «invitados». Desde el los primeros compases se advierte que Elena Bashkirova, pianista rodeada en su propia familia de afamadas y reconocidas luminarias del mundo piano, no estuvo suficientemente implicada, ni pronta durante su página protagonista, el quinteto en La mayor, «La trucha». Otro aspecto crucial, fue la sustitución del primer violín previsto, la líder del grupo, Annebeth Webb, por otro compañero no anunciado, también en detrimento de la comunicación entre solista y cuarteto.


   Esto se notó en un comienzo «en falso» con desajustes y desafinaciones, como si faltase concentración. Viola y cello (la japonesa Saeko Oguma y la alemana Nuala McKenna) equilibraban concentradas lo que el primer violín sólo aproximaba, con clara falta de sonido y timbre en las dos primeras e inspiradas exposiciones temáticas. La respuesta de la pianista rusa no aportó gran cosa más allá que una serie de pulcras y nobles frases, pero con poca personalidad, ni dominio de los materiales. Los adornos no provocaron ese brillo cristalino que tiene esta inconfundible página. Por suerte, en el andante se atemperó el sonido y llegó un poco el diálogo, y el intercambio de ideas. Este fue de nuevo hermoso y noble, pero de un punto frío y sin sello personal. En el Scherzo se destacaron sobre todo síncopas y unísonos con buena arquitectura general. No ayudaba el tempo elegido, muy vivo, pues el violín está con prisas y sin lucir timbre, sino más bien pasando el arco. Justo antes del trío, Bashkirova rompe una nota desparramándola bastante, y de nuevo perdemos el clima musical: se pone brusquedad donde estamos esperando sutileza y exactitud propia del estilo vienés.

   En las famosas variaciones todos pusieron de su parte,  incluso el violín que, aunque apurado en los tresillos de la segunda, cumplió con musicalidad y tino.  Los pequeños retrasos del piano eran resueltos, por leves retenciones que ponían armonía para anticiparse al problema. Quien solucionaba otra vez era la McKenna, desde el Violonchelo, con su estilo limpio y verdaderamente camerístico. Ella y el bajo Thiery pusieron la acentuación y el carácter, y sobre todo el estilo del conjunto. Sin desajustes y pero precisión se despidieron de La trucha con una mezcla de elegancia y sosería. Primer violín, y pianista anduvieron, por desgracia, en desacuerdo entre ellos y con la obra.

   Todo por fuerza había de mejorar en la segunda parte. Se intuía que el milagroso Octeto D. 803 era la obra de fuste del programa, y no había escapatoria ante el renombre y la procedencia de los músicos. El ambiente en la introducción lenta ya fue otro. Nos sosegamos con la serenidad, y el sonido ancho y refinado aportados.  Los tutti ya comenzaban a mostrar cierto sonido orquestal. La contribución del Schubert al mundo del contrabajo fue excepcional con esta partitura y el bajista de esta velada le hace honor a su partitura; felino en sus frases y profundo en los apoyos, repartió empaste y estilo a todos.

   El poderoso allegro ya proporcionó el material para lucimiento al conjunto, y como era de esperar al gran virtuoso que es Laurent Woudenberg, el aventajado profesor de Trompa, que estuvo lírico e inspirado técnicamente. Un clima de belleza, estilo biedermaier y escucha general se imponía entre los músicos. Era otro concierto afortunadamente. El nostálgico tema principal se mecía bellamente en manos del clarinete y las respuestas de la cuerda, mientras llegaban  el tempo flexible y relajado, la profunda agógica del discurso, y el carácter nocturno que me produjeron una sincera conmoción. Fue lo mejor de la velada. La lideresa del grupo estaba en el escenario, y, aunque fuera en la posición de segundo violín, se notaba a los músicos concentrados y entregados. En medio de la intimidad más absoluta, los amsterdammer dejaron caer unas hermosas gotas de «Mozart» y unos silencios conmovedores, que le dieron la vuelta al concierto de forma definitiva. Luego la música con mayúsculas, un Adagio verdadero y, lógicamente, la comunión artística.


   En el lied (2º tema) de este adagio, el que seguía sin encajar era el primer violín, aunque los sabios y brillantes clarinete y fagot, los más luminosos y mediterráneos, le daban material de sobra para lucirse. Aquel estuvo bien en sus respuestas arpegiadas, pero desabrido y sin color en los acordes. Siempre anduvo mejor en los tutti, pero ahora sus intervenciones fueron benéficas para la obra, olvidando la indecisa primera parte. Para entonces, la paleta dinámica del conjunto holandés se había ampliado y enriquecido hasta la altura de esta obra maestra.

   En el Scherzo, preciso y bien narrado, disfrutamos de la gran tradición de la música alemana: las variaciones. Esta vez todos estuvieron musicales y concertados, y además  bien liderados por las voces agudas del violín y el clarinete, buscando buen empaste en los unísonos. Aun a riesgo de repetirme no quiero omitirlo: la gran intérprete de cello germano- irlandesa fraseó y cantó de nuevo en su intervención, exhibiendo amplitud de registro y belleza sonora, a solo y con su compañero, el versátil contrabajo de Olivier Thiery. El ambiente llegó a ser verdaderamente camerístico, estilizado e íntimo... de primera!

   El minueto fue lo más parecido a un fragmento sinfónico por empaque y virtuosismo sonoro, por momentos evocábamos los fabulosos conciertos de la famosa orquesta de Amsterdam. De nuevo, los vientos nos vencieron en la sección central con musicalísimas frases llenas de acentuación y verdaderas modulaciones schubertianas. Y así la cosa quedó en empate, pues las cuerdas emitieron los más bellos sonidos unidas y decididamente armónicas. El drama y la bravura se adueñaron de la música al final, y provocaron el respingo y la felicidad en los aficionados que nos hallábamos en la sala. El virtuosismo y la perfección, sello de la matriz holandesa, también queda cómo memoria interpretativa de esta gran camerata. No hubo propinas, no fue necesario ante la magna obra, pero si el concierto hubiese durado media hora los músicos se habrían ido al cielo.

Foto: Facebook Ibermúsica

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