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Crítica: Carlos Domínguez-Nieto y Alejandro Hurtado con la Orquesta de Córdoba

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Autor: José Antonio Cantón
30 de septiembre de 2021

Carlos Domínguez-Nieto y el guitarrista Alejandro Hurtado ofrecen un concierto con la Orquesta de Córdoba. En el programa, el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo.

Carlos Domínguez-Nieto y Alejandro Hurtado con la Orquesta de Córdoba

Esencial Sibelius

Por José Antonio Cantón
Córdoba, 29-IX-2021. Gran Teatro de Córdoba. Orquesta de Córdoba (OC). Solista: Alejandro Hurtado (guitarra). Director: Carlos Domínguez-Nieto. Obras de Alejandro Hurtado, Joaquín Rodrigo y Jean Sibelius.

   Como uno de los actos preparativos del cincuentenario de la Universidad de Córdoba que se cumple el próximo año 2022 y siguiendo la tradición entre ambas instituciones, la Orquesta de Córdoba ha ofrecido un concierto con motivo de la apertura del curso académico propiciando la sensible actuación del joven guitarrista alicantino Alejandro Hurtado, músico de gran referencia en el arte flamenco, género con el que quiso iniciar su actuación en solitario antes de adentrarse en los pentagramas del famoso Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, que interpretaba por vez primera. 

   Formado en el Conservatorio Superior de Córdoba, está identificado con gran naturalidad emocional y sensibilidad musical con el arte flamenco como se pudo apreciar en una farruca de su creación titulada A mi madre, bien elaborada en la forma y sugestivamente reconocible en su contenido musical de reminiscencias tangueras, al saber llevar a las cuerdas de su instrumento el aire de esa indefinida pronunciación que utilizan los cantaores al interpretarla. El efecto de controlada improvisación marcó la calidad de su toque como ocurrió también con una seguiriya que expuso con alto grado de esencialidad rítmica. La libertad técnica que permite la interpretación a la guitarra de los palos del flamenco quedó superada por un sentido musical que volvía a manifestarse en la ejecución de la obra concertante, donde se pudo admirar la maestría del director en esa función de hacer que el solista se entregue a la obra con confianza y seguridad. El público supo apreciar esta particularidad con intensos y complacidos aplausos.

   Una muy diferente trascendencia estética vino al escenario con la Quinta sinfonía en mi bemol mayor, op. 82 del gran sinfonista finés Jean Sibelius, que cerraba el programa. Desde la luminosidad sonora de los primeros compases se pudo percibir de inmediato una determinante afinidad de Carlos Domínguez-Nieto con la música del compositor al desentrañar el complejo primer movimiento con significante plasticidad en su gesto, marcando todos los impulsos necesarios para hacer distinguibles sus distintos episodios, siempre desarrollados en una especie de constante circunvolución expresiva que dejaba al oyente en ese estado de ansiedad tan característico que desprende la música orquestal de Sibelius, que le singulariza en el panorama sinfónico postromántico.

   El segundo movimiento supuso una calma en sus pizzicatos iniciales después del apasionado final, Piú presto, con el que se cierra el tiempo anterior. La acelerada progresión de su cadencia quedaba definida con la cuidada cinética del maestro madrileño, impulsando así a sus músicos a interiorizar los compases de este inicial Andante, que sosegó en su parte central con una solemne elegancia antes de afrontar el sugestivo Stretto en el que la cuerda se manifestó homogénea en su respuesta previa al pasaje final, pasaje en el que se pudo percibir cómo la OC, pese a la distancia que aun ha de mantenerse entre los músicos por la pandemia, avanza en expresividad de conjunto como demostró en la contención manifestada por la sección de viento madera en la conclusión de esta parte de la sinfonía.

  La tensión que pide el inicio del tiempo final el director la transmitió con una precisa determinación que favorecía el advenimiento del sigiloso aire subsiguiente  remarcado por el solista de flauta de manera evocadora. Un sentido sereno a la vez que dramático determinó la lectura del final de la sinfonía con una carga de emoción realmente seductora, llegando su crescendo último a convertirse en el momento culminante de la velada.

   Si debe admitirse que el Bruckner de Carlos Domínguez-Nieto es de impecable factura, no lo es menos el esencial entendimiento que tiene de Sibelius, lo que me anima a sugerirle desde estas páginas a que prepare todo su corpus sinfónico, dado el excelente resultado obtenido en este concierto. Sería una gran experiencia para los amantes de la música del gran compositor finlandés.

Foto: Orquesta de Córdoba

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