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Opinión: «Therese, Therese, Therese...». Por Aurelio M. Seco

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Autor: Aurelio M. Seco
5 de abril de 2026

Artículo de opinión de Aurelio M. Seco sobre el gran director de orquesta Carlos Kleiber, Beethoven y el alegorismo en música

Carlos Kleiber

«Therese, Therese, Therese...»

Por Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
No se sabe a ciencia cierta si Beethoven estuvo verdaderamente enamorado de Teresa von Brunsvik, pero sí que el amor movió a Beethoven a escribir muchas de sus más importantes partituras. Hablamos de amor en música, de amor romántico, el que llevó a Lope de Vega a alegorizar y amansar a su amada inmortal Elena Osorio y al propio Beethoven a revelar su más elevada «filosofía» detras de mundanas corcheas. Filosofía porque Beethoven leyó a Plutarco y Platón y porque, según nos dice la tradición, consideraba algo así como que «la música es una revelación más alta que la filosofía».

   A juicio de Jean y Brigitte Massin, en su libro Ludwig van Beethoven, publicado en su día por la editorial Turner, Therese no fue, en absoluto, su «amada inmortal» sino, a lo sumo, una amiga querida que, a lo largo de su vida, apoyó la carrera del gran Ludwig, obteniendo a cambio, entre otras cosas, una enigmática y preciosa sonata dedicada, la N.º 24 en fa mayor, op. 78. Lo importante de estos datos, no sólo es subrayar la relevancia de las Ideas de Amor y Desamor en la música, sino considerarlas uno de los mayores y más fructiferos sustentos del campo de las artes. Una idea mítica, la de Amor, por su pluralidad filosófíca inconsistente, pero poderosa por su fecundidad alegórica. Las Ideas de Amor y Desamor se encuentran en infinidad de instituciones musicales, de obras magistrales; desde luego, en los tiempos lentos, en los adagios y baladas, en la Carrie de Europe, en la deliciosa Procuro olvidarte de Alejandro Fernández y en la preciosa y clara Fantasía op. 17 de Schumann. 

   Cuando Carlos Kleiber eligió como amor de su vida a una mujer normal divina, de mirada enigmática, melancólica y penetrante, nos dejó un mensaje personal relevante que, sin duda, escondió tras muchos pasajes de sus interpretaciones; quizás tras su versión de La traviata, con su preludio de desamor melancólico y anhelante, de melodía luminosa y mansa, en la que la precisión deja de ser fundamental. Como se sabe, aunque Kleiber conocía profundamente una gran cantidad de repertorio, sólo mostró su genial poética a través de contadas partituras. Una de las elecciones más curiosas y significativas es la de la Cuarta sinfonía de Beethoven, partitura genial pero no tan popular como la Novena, Quinta, Séptima, Sexta o Tercera.

   Es muy conocida entre los más cultivados amantes de la música sinfónica la situación que se dio cuando Kleiber ensayaba en 1982 la Cuarta sinfonía ante la Filarmónica de Viena. El genial director explicaba en los ensayos a la orquesta que, ese motivo tan curioso y enigmático del segundo movimiento de la partitura, debía tocarse como pronunciando el nombre de la gran amiga de Beethoven: «Therese, Therese, Therese...». En medio de la construcción y destrucción que se produce en todo ensayo, Kleiber reprochaba a los músicos que, en lugar de «Therese, Therese, Therese», la orquesta estaba diciendo «Marie, Marie, Marie». «Sólo pido lo que quiero oír. Es un nombre. No se trata de la música, de semicorcheas o fusas. Se trata del sonido de un nombre», explicaba Kleiber al prestigioso conjunto, alguno de cuyos músicos, según se nos cuenta, sonreía ante una petición que, seguramente, algunos consideraban excéntrica o caprichosa. «Los colegas del segundo violín no quieres comprenderlo», decía un Carlos Kleiber visiblemente molesto.

«Es demasiado largo», les explicaba. «Ahora suena como Marie, Marie, Marie... ¿Es que no se puede tocar como suena el nombre en lugar de hablar durante horas...? ¿Por qué hay que discutirlo tanto? ¡Si uno escucha cómo debe sonar, debe poder hacerlo!», concluyó Kleiber que, enfadado, dejó la batuta y se marchó. 

   Así las cosas, la pregunta apropiada, a nuestro juicio, no es si resulta importante o no tener la certeza del amor o amistad de Beethoven por Teresa para justificar el procedimiento de Kleiber. Lo verdaderamente interesante es, por una parte, anotar que el documento del citado ensayo, disponible en grabación, nos permite asegurar positivamente que, detrás de la sustantiva, especial, amorosa, e incluso irónica manera de hacer esta sinfonía está, de alguna forma, el nombre de una amiga y, quién sabe si, más allá de positivas certezas historiográficas, como alta revelación, el amor más profundo jamás desvelado.  

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