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CRÍTICA: JEAN YVES OSSONCE DIRIGE 'CARMEN' DE BIZET EN LA TEMPORADA DE ÓPERA DE BILBAO

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Autor: Rubén Martínez
17 de febrero de 2014

 

Foto: E. Moreno Esquibel

"À COUPS DE NAVAJA"

Por Rubén Martínez

Palacio Euskalduna, sábado 15/02/2014. Director musical, Jean Yves Ossonce. Orquesta Sinfónica de Euskadi. Reparto: Piunti, Machado,Álvarez, Alberola

   Hace unas semanas conocíamos la sustitución como Don José del previsto Francesco Meli por el venezolano Aquiles Machado y apenas unos días después se informaba de la indisposición médica de la mezzo Sonia Ganassi para cantar la función de estreno, aunque en el anuncio de ABAO se daba a entender que la italiana asumiría el rol en el resto de funciones. Finalmente no ha sido así, y el papel titular será compartido por Giuseppina Piunti y Ana Ibarra, subiendo al escenario la valenciana el martes 18 y el sábado 22 de febrero según se anuncia en la web de ABAO-OLBE.

   La historia reciente de la Carmen de Bizet en las temporadas líricas bilbaínas ha estado marcada por las cancelaciones, castings no muy acertados y resultados artísticos mediocres, sobre todo en lo que se refiere a la pareja protagónica. La propia Ganassi estaba prevista para las funciones que tuvieron lugar en febrero de 2009, cancelando en aquél entonces, como ahora, y asumiendo el papel una discreta Natascha Petrinsky. Años antes, en octubre de 2003, una Carolyn Sebron totalmente fuera de rol y un desacertado César Hernández volvieron a dejar pasar la oportunidad de reivindicar un elenco de alto nivel para una de las obras más populares del repertorio lírico.

   No tenemos certeza de ello pero se nos antoja plausible que estos abandonos guarden cierta correlación con la exigente dirección escénica que plantea Calixto Bieito en esta producción, uno de las más veteranas en su catálogo operístico a punto de cumplir quince años desde su estreno en Peralada durante el festival de 1999 en lo que también suponía el debut de Bieito dirigiendo ópera en España. Transcurrido este tiempo más que considerable y habiéndose presentado esta producción en varias ciudades de toda Europa, se constata que sigue sin dejar indiferente al espectador originando muestras de rechazo en ciertos sectores del público así como una sólida aprobación en otros. Bieito ya ha explicado en numerosas ocasiones su concepción de esta ópera, a la que ha pretendido despojar de su componente folclórico, del que apenas quedan un puñado de símbolos, incidiendo en la marginalidad de sus protagonistas destinados a una vida tan intensa como breve y con una constante presencia del concepto de frontera y territorialidad. Encontramos elementos habituales del burgalés en forma de una violencia expuesta con crudeza y sin tapujos así como una sexualidad omnipresente, características intrínsecas a esta historia que pocas veces se han manifestado con esta dosis de verismo y crudeza teatral. No hay duda de que Bieito exige a los cantantes que participan en sus producciones un desarrollo de sus capacidades actorales muy superior a la media ocurriendo lo mismo con las masas corales y de figuración. El resultado es un dinamismo escénico más que notable, atípico, contracorriente pero que no deja impasible al espectador. Con independencia de que se esté más o menos de acuerdo con su visión que, indudablemente, incluye elementos de provocación que al público más conservador pueden molestar (y es algo totalmente lícito que así sea) no se puede negar que sobre el escenario se ven ideas y trabajo, mucho trabajo, y hoy en día eso ya es de agradecer. Este dinamismo también se ve favorecido por un esquema muy fluido de los números musicales con una presencia puramente testimonial del texto lo que unido a una iluminación impactante y original de Alberto Rodríguez terminan convenciendo incluso hasta el espectador más reacio.

   La italiana Giuseppina Piunti fue la encargada de tomar las riendas del indomable personaje de Carmen y su prestación global debe calificarse como más que notable, habida cuenta del poco tiempo del que ha dispuesto para integrar una producción de semejante dificultad escénica. Su instrumento no es de mezzo sino de soprano corta. De hecho su carrera la inició asumiendo roles sopraniles de cierto empaque dramático como la Odabella de Attila o la Amelia de Un ballo in maschera. Su actual registro agudo le permite salir airosa (y no siempre con comodidad) en esta partitura resultando suficiente aunque no desbordante en la zona grave. Sus mejores cartas las despliega por el lado de la credibilidad escénica de su personaje. Sus rasgos latinos y raciales son idóneos para dar vida a la cigarrera un poco en la línea de una Béatrice Uria-Monzón. A ello debemos unir una voz suficientemente dimensionada y homogénea como para no tener mayores problemas en hacerse oír en el temible Euskalduna. El público agradeció su entrega y fue recompensada notoriamente en los saludos finales.

   Confesamos que teníamos nuestras dudas sobre la adecuación de Aquiles Machado a una producción de la singularidad de la que nos ocupa y debemos reconocer que nos ha sorprendido muy favorablemente. Hacía tiempo que no éramos testigos de un Machado tan comprometido con su personaje algo que, sin duda, también benefició a su prestación vocal. Su instrumento sigue luciendo un centro ancho, robusto, sonoro y de hermoso timbre mientras que la zona de paso sigue con la habitual tendencia a abrirse y su alergia a la cobertura del sonido. No obstante,  en un rol como Don José estos sonidos casi desgarrados son más tolerables que en otros repertorios y ayudan incluso en la vestimenta dramática de su escritura vocal. Fue ovacionado a escena abierta tras su aria del segundo acto y especialmente en los saludos finales, apreciándosele notablemente emocionado.

El malagueño Carlos Álvarez volvía a pisar el escenario del Euskalduna tras aquél ya lejano Figaro de Barbero de Sevilla en diciembre de 1999 compartiendo escenario con Juan Diego Flórez en su debut en España. Es un placer y una satisfacción constatar día a día y producción a producción la consolidación vocal de su vuelta a los escenarios tras su obligado paréntesis. Es cierto que comenzó su “Votre toast” con cierta cautela y su instrumento ha perdido parte del impacto sonoro que causaba en su mejor momento. La inseguridad en la zona de paso se apreció al evitar la cobertura del fa natural en “à grand fracas” y “et frappe encor”. No obstante, su intervención del tercer acto le encontró con la voz más a punto una vez superados los temores de la primera escena y Álvarez nos hizo recordar de forma más genuina los quilates de su instrumento, un material que aún derrocha elegancia, musicalidad, legato y la personalidad tímbrica de los grandes. Buena muestra de encontrarse más cómodo fue el uso del paso en el fa natural de “j’en suis ravi mon cher” y la luminosidad del oppure en sol natural en “veillez sur vous” luciendo uno de los registros agudos más hermosos del panorama baritonal de los últimos tiempos.

   Un peldaño por debajo del resto de protagonistas nos resultó la Micaela de la soprano valenciana Maite Alberola. Ni por figura ni por vocalidad se nos antojó adecuada para un rol tradicionalmente asociado a la fragilidad, la ingenuidad y el amor no correspondido, uno de los personajes que en esta producción Bieito enfoca de forma más confusa convirtiéndola en una especie de víctima de una pegajosa e inmadura obsesión por Don José que no genera especial empatía con el público y sí alguna que otra carcajada. Aún dentro de un nivel de evidente corrección y musicalidad, el material de Alberola se tornó en exceso metálico con falta de control sobre el vibrato en las notas más agudas.

   De auténtico lujo se puede calificar la presencia de la donostiarra Elena Sancho Pereg como Frasquita, cuya carrera en plena ascensión le depara con total seguridad una agenda cargada de compromisos cada vez más exigentes. Su emisión es de una naturalidad, homogeneidad, frescura y espontaneidad de las que no abundan y la voz corrió por la inmensa sala con facilidad. A ello debemos unir su esbelta figura y unas dotes de actriz nada desdeñables. A su lado no es menos lujo haber contado con la Mercedes de Itxaro Mentxaka, apabullante en lo vocal y escénico, que ya había participado con anterioridad en esta producción.

   El barcelonés Vicenç Esteve se lució como Remendado con una impecable caracterización y sus ya conocidas armas dramáticas que desplegó con holgura en un papel que le va como anillo al dedo aparte de poner en valor un material vocal nada desdeñable como lo demostró incluso yéndose al do agudo al final del segundo acto. El barítono Damián del Castillo puso en valor su timbrada voz en las no excesivas oportunidades que le ofrece el papel de Dancairo mientras que el italiano Federico Sacchi como Zúñiga destacó más por su desempeño escénico que por su material vocal. Dentro de un nivel similar de corrección y musicalidad el Morales de Giovanni Guagliardo que culminaba un elenco de roles de carácter de muy notable nivel.

   El maestro Jean Yves Ossonce firmó una buena actuación con gesto fluido, elegante y preclaro, al frente de una Orquesta Sinfónica de Euskadi que nos llegó con un sonido especialmente dúctil y empastado siempre ajeno a la chabacanería a la que con tanta facilidad descienden muchos directores al enfrentarse a esta partitura.

   Mención especial debe realizarse para el Coro de Ópera de Bilbao así como para el Coro Infantil de la Coral de Bilbao que han resuelto con nota el auténtico desafío que supone enfrentarse a esta producción. Arropados por la numerosa figuración (bravo también a sus integrantes), los exigentes movimientos escénicos fueron ejecutados con naturalidad, dinamismo y fluidez sin que se dejaran entrever fallos ni descoordinación aparentes. En lo vocal, tras unos compases iniciales ligeramente titubeantes supieron crecerse hasta completar una actuación más que destacable.

Foto: E. Moreno Esquibel

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