Crítica de Óscar del Saz del recital ofrecido por la mezzo Catriona Morison en el Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM], acompañada al piano por Malcolm Martineau
Morison convence en clave germano-británica
Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid, 22-VI-2026. Madrid. Teatro de la Zarzuela. XXXII Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Recital 8. Obras de Johannes Brahms (1833-1897), Josephine Lang (1815-1880), Gustav Mahler (1860-1911), Ralph Vaughan Williams (1872-1958), Herbert Norman Howells (1892-1983), Bertha Frensel Wegener-Koopman (1874-1953), Ivor Gurney (1890-1937), Edward Elgar (1857-1934). Catriona Morison (mezzosoprano), Malcolm Martineau (piano).
Fue en junio de hace dos años cuando conocimos a la debutante -en ese momento- mezzosoprano escocesa Catriona Morison (1986), que con Katharina Konradi y junto al pianista israelí Ammiel Bushakevitz (1986), cerraron brillantemente el XXX Ciclo de Lied del CNDM. Con toda justeza, y dado el éxito previo, se la convoca merecidamente en solitario en esta velada, aportando una muy buena combinación de canto textual, flexibilidad tímbrica y densidad expresiva, junto a otro grande al piano, que no es otro que el experimentado Malcolm Martineau (1960), con una visión de 360 grados, «orquestal», del acompañamiento y una técnica que le permite «muellear» sobre las teclas administrando ágiles digitaciones que sobrevuelan sobre el teclado.
El programa que presentaron ambos intérpretes trazó un hilo conductor muy expresivo, abarcando desde el Lied romántico alemán en su apogeo (Brahms y Lang, como olvidada enseña femenina del Lied) hasta la canción británica de raíz popular con refinamiento postromántico, pasando por el universo mucho más simbólico y desgarrado de Mahler. O lo que es lo mismo, la puesta en voz y piano de un intimismo contemplativo, sublimado, complejo en la ejecución, que transitó en la segunda parte hacia un entorno marino de la tradición del Reino Unido, siempre dentro de coordenadas sensibles, poéticas, aunque menos comprometidas vocalmente hablando, destacando una sola pieza del corpus compositivo de Vaughan Williams y los pictogramas acuáticos de Elgar.
El Brahms de Morison fue elegante y recatado reflejando memoria, muerte y naturaleza, con la primacía puesta en el texto, con un Martineau tejiendo un sonido que lo envuelve todo y que fue más allá del acompañamiento. Como ejemplos, en «Die Mainacht [La noche de Mayo]», pausada y lánguida, se desplegó un buen control del ‘legato’ y una regulación dinámica extrema, con ‘pianissimi’ sostenidos. En la amorosa «Meine Liebe ist grün [Mi amor es verde]», demostró vitalidad primaveral, con voz articulada y emitida muy limpiamente. En la trágica «Auf dem Kirchhofe [En el cementerio]», disfrutamos del bonito registro grave de Morison, así como de la ‘coralidad’ en acordes administrada por Martineau.
Josephine Lang, una más de las compositoras olvidadas del Romanticismo, cercana a los círculos de Mendelssohn y Schumann, cuya selección se interpretó por primera vez en el Ciclo, revela tanto economía de medios, atención exquisita al texto y una concepción específica en cuanto a la intimidad femenina se refiere, con transiciones emocionales sutiles. Nos gustaron mucho en la voz de nuestra protagonista, «Scheideblick [Mirada de despedida]», con textos de Lenau y ambigüedad emocional plena, y «Mignons Klage [Lamento de Mignon]», poema de Goethe, que contiene una carga dramática muy profunda.
Los Lieder mahlerianos de «Des Knaben Wunderhorn» pudieran considerarse como un laboratorio de su propio lenguaje, en el que se funde lo popular y lo sinfónico, lo trascendente con lo grotesco, de modo que son la semilla de algunas de sus sinfonías. «Rheinlegendchen [Pequeña leyenda del Rhin]», narrativa y ‘parlateada’ es de aparente simplicidad, pero se ayudó de una muy buena precisión rítmica de la cantante. «Das irdische Leben [La vida terrenal]», o canción de muerte por inanición de un niño que pide repetidamente comer pan, estuvo muy bien reflejada en tensión dramática creciente, con certeras repeticiones obsesivas del piano. La maravillosa «Urlicht [Luz Primigenia]», sonorización de la espiritualidad pura, fue la que más nos emocionó de todo el recital.
La segunda parte, envuelta en la tradición británica, que requiere menos artificio técnico que lo alemán, y nos resultó un tanto más aburrida que la primera parte, prestó más atención al color vocal natural, manteniendo autenticidad ‘folk’, como ocurrió en las tradicionales canciones escocesas «Ye banks and braes [Riberas y colinas]» y «Ca’ the yowes [Arrea las ovejas]». Elevando un poco más el artificio, Ralph Vaughan Williams, y su «Silent Noon», se interpretó tal cual es, una bella canción de amor aprovechándose de un flotante y buen control del ‘fiato’ de Morison. De Herbert Howells, compositor clave del siglo XX, escuchamos «King David», como ejemplo del misticismo anglicano que Morison ofició adecuadamente entre el lirismo y la declamación.
De la neerlandesa, y poco conocida, Bertha Frensel Wegener-Koopman, la canción «Day after day» se interpretó con sensualidad contenida, acompañada por una textura pianística delicada y refinada. «Sleep», de Ivor Gurney, muy fiel al estilismo de la canción tradicional inglesa, denotó -sin más- la belleza de la simplicidad.
Para finalizar, un bloque de cuatro canciones de Edward Elgar, músico que heredó la grandeza del romanticismo centroeuropeo. De su cuaderno «Sea Pictures», transcrito para piano, dado que su origen es orquestal, se ofrecieron -también por primera vez en el Ciclo- «Sea Slumber Song», «In Haven», «Where Corals Lie» y «Sabbath Morning at Sea», de distintos caracteres (marina, doméstica, misteriosa, elevada), que requieren una voz de amplitud lírica y una densidad textural y orquestal en el piano muy en sintonía con lo que el binomio Morison-Martineau ofreció de forma virtuosa.
Sin lugar a duda, la ganadora del «BBC Cardiff Singer of the World» en 2017, Catriona Morison, es poseedora de una voz de timbre aterciopelado y una gran intuición e inteligencia interpretativa, con sutileza y naturalidad, con excelente control del registro medio-grave y un instrumento igualado en toda su extensión para poder realizar con solvencia interpretaciones introspectivas, nunca exhibicionistas ni excedidas.
Gracias a ello y a su pianista acompañante, el recital fue muy del gusto del público, quizá no demasiado arriesgado -sobre todo en la segunda parte-, pero sí detallista y emotivo, que premió con largas salvas de aplausos -aunque no enfervorizados- a los intérpretes, que acabaron felices y sonrientes en el escenario del Teatro de la Zarzuela, obligándose a conceder dos bellas propinas: «Madrid», compuesta por la famosísima y polifacética Pauline Viardot (1821-1910) -una de las hijas de Manuel García, con más de cien títulos en su haber, mezzosoprano, pianista y pedagoga-, que narra en francés que nuestra capital es una de las ciudades más bellas del mundo. Después, se ofreció una bonita serenata de Brahms, que terminó por contentar y despedir al respetable.
Deseamos toda suerte de parabienes a Joan Cerveró -que se incorpora el próximo 2 de octubre, como nuevo director del CNDM- y las gracias al saliente Francisco Lorenzo, que entendemos ha diseñado el próximo XXXIII Ciclo de Lied, cuya nómina de cantantes, pianistas y repertorio nos ha parecido sumamente interesante, además de que vuelve a haber cantantes y pianistas españoles. También deseamos a los amables lectores un placentero descanso estival lleno de buena música. Nos encontramos a la vuelta.
Fotos: Rafa Martín
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