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CD: Eduardo Grau. Concertos for Soloists and String Orchestra [Naxos]

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Autor: David Marín Ariza
7 de enero de 2024

Crítica del CD «Eduardo Grau. Concertos for Soloists and String Orchestra», editado por Naxos

Crítica del CD «Eduardo Grau. Concertos for Soloists and String Orchestra», editado por Naxos

Naxos nos descubre la música de Eduardo Grau

Por David Marín Ariza
Eduardo Grau. Concertos for Soloists and String Orchestra. Jana Jarkovská, flauta. Simon Reitmaier, Clarinete. Ana María Valderrama, violín. David Fons, viola. Miklos Szitha, timbal. Fabio Banegas, piano. Anima Musicae. Chamber Orchestra. Francisco Varela. Naxos.

   Ha tenido Naxos el gran acierto de darnos a conocer este reciente otoño música inédita del compositor hispano-argentino Eduardo Grau (Barcelona 1919 - Buenos Aires 2006) y de hacerlo, además, con un extraordinario e internacional elenco en el que el hispanismo está magníficamente representado: el violista valenciano David Fons, la violinista madrileña Ana María Valderrama, el argentino Francisco Varela (a cargo de la orquesta de cámara Anima Musicæ) y el pianista rosarino con nacionalidad estadounidense Fabio Banegas, instigador, además de esta fantástica conspiración musicológica y musical que viene a seguir reconstruyendo el repertorio del siglo XX. Completan el paisaje de esta traducción sonora Austria, Chequia y Hungría, de cuya Academia Franz Liszt proviene la mentada camerata y donde se gestó la grabación.

   El interés de esta grabación es, en primer lugar, musicológico, pues constituye una necesaria recuperación musical proveniente del Instituto de Investigación Musicológica Carlos Vega de la Universidad Católica Argentina, templo custodio de la mayor parte de las partituras reliquias de Grau y en el que los musicólogos Nilda Vineis y Julián Mosca, junto con el propio Banegas, han sido sacerdotes necesarios para dar vida sonora a las reliquias. Un sonido cuyo estilo nos adentra en el neoclasicismo, dotado de una constante y transparente frescura en lo que a forma, estructura y lenguaje tonal se refiere, pero en cuyas cadencias obliga Grau al solista a habitar un deslumbrante virtuosismo al tiempo que dibuja melodías, acordes y transiciones que ocasionalmente eclipsan tanto lo tonal como lo modal. 

   La mezcla de texturas que el oyente encontrará, la variedad de timbres y ritmos explorados, por momentos de evocación minimalista, así como armonías de imprevista resolución conforman el resto de ingredientes de este grato cóctel sonoro, si bien con aromas extra musicales en sus extremos (la primera y última obra de la grabación). Arranca el disco con el Concierto de Yuste para violín, piano, timbales y orquesta de cuerdas, opus 88, feliz homenaje al monasterio en el que quien fuera el hombre más poderoso del mundo (el flamenco de nacimiento y castellano de vocación, Carlos V) quiso terminar sus días, allá por 1558. El concierto abre con un enérgico Cántico. Allegro giusto, de colores atonales pero cuyas líricas melodías del violín solista y continuas escalas, arpegios, trinos y pizzicati del acompañamiento mantienen una gravedad formal que invitan a seguir escuchando. Tanto timbales como piano tejen así, en perfecta conjunción con las cuerdas, sorprendentes estructuras rítmicas y armónicas que solo se ven interrumpidas por esporádicas texturas monofónicas de las cuerdas, evocando una religiosidad ya perfectamente presente en el segundo movimiento. Siguiendo el jerónimo homenaje (orden predilecta de los Austrias), el Salmo. Larghetto, abre con el modo gregoriano protus auténtico, dibujando melódicamente el violín un acorde ascendente que parte del re y llega a su séptima menor (do) para una vez allí descender, haciéndonos así profanadores de claustros y refectorios góticos. Melodía salmódica que sopoetada sobre un tutti que parte del mismo re pero que asciende, no obstante, por grados conjuntos y con notas éstas prolongadas, creando así hermosos «melismas» del solista hasta llegar al cuarto grado (sol), momento a partir del cual una atmósfera religiosa y solemne impregna toda la pieza, sin renunciar no obstante a cambios de modo, de armadura ni a sutiles texturas ora contrapuntísticas ora corales y homófonas que culminarán en un luminoso acorde de do mayor. El tercer movimiento, Himno, Allegro vivo, es donde los timbales, el piano y los cambios de ritmo cobran especial importancia, trazando épicas escenas, alegoría de las que tantas protagonizó el Emperador en pro de una Europa unida y de la civilización hispana. Y para civilización, la interpretación de Valderrama.

   El Concertino para viola, piano y orquesta de cuerdas (con el 124 como número del catálogo), ofrece al oyente, como única novedad musical con respecto a la obra anterior, en mi opinión, el solo lucimiento tímbrico y virtuosístico de la viola, por lo que los amantes de este instrumento no debemos dejar de escuchar y admiraremos así los limpios y bellísimos colores extraídos por el arco de David Fons. Las cuerdas y el piano de Banegas se fusionan a la perfección en un solo alma, tanto en las escalas rápidas como en los acordes largos y de amplias tesituras del primer movimiento,  Andante - Allegro assai. El segundo, Adagio, quasi largo, presenta un lirismo que explora las dinámicas potentemente ejecutadas en sus fortísimi. En el Allegro, ritmos, armonías y dinámicas de aparentes laberínticas resoluciones recuerdan, una vez más, que este es un repertorio más que interesante. 

   El Concierto para clarinete y orquesta de cuerda, op. 184, ha sido traducido a las leyes de la acústica por la impecable técnica del austríaco Simón Reitmaier, conduciendo la ejecución del primer movimiento, junto con el maestro Valera, entre lo lírico, lo pastoral y lo minimalista (ahí es nada), hasta que Grau desnuda al instrumento en la cadencia con lirismo, arpegios y ornamentos, cerrando este Moderato assai con contundencia. Lento, contemplativo y Allegro scherzando completan esta joya del repertorio camerístico-solístico que supone un reto de técnica solística y de ejecución de conjunto, pues implica, en sus tres movimientos, una amalgama de limpia ejecución de notas repetidas y de columna de aire en los largos fraseos (si hablamos del viento) y de ejecución clara y empastada en las rápidas sucesiones de pizzicati (si hablamos de las cuerdas). Retos que son resueltos a la perfección por este conjunto (en esta obra sí) austro-húngaro.

   Y cierra esta propuesta de Naxos otra reivindicación de lo hispano y lo europeo, pues La flor de Gnido, concierto para flauta y orquesta de cuerda con piano, Op. 198, nos lleva al mestizo Perú de Garcilaso y a la mitología clásica que da nombre al poema que inspiró Eduardo Grau. Allegro assai, Larghetto sostenuto y Allegro vivace no son sino una demostración más de la sabiduría de Grau, un alarde de sorprendentes resoluciones armónicas, inesperadas modulaciones, lirismo contenido y gratas texturas camerísticas. Todo traducido con pulcritud y gran musicalidad por la flautista checa Jan Jarkovská.

  La rima castellana del Siglo de Oro, la religiosidad de Yuste, la épica y la ética del César pintado por Tiziano, la mitología greco-latina, los modos gregorianos: es mucha y muy potente la simbología recogida en esta grabación. Una pequeña joya, vaya, para los hispanófilos de vocación. Es deseable, por tanto, que estas obras pasen a formar parte del repertorio habitual de alumnos, músicos y programadores. Aunque no seré yo quien diga a nadie dónde ni cuándo estrenar estas obras en nuestro país, (de hecho cuanto antes, insisto, mejor), que el Concierto de Yuste suene en el propio monasterio durante la próxima entrega del Premio Europeo Carlos V no sería mala cosa. El barcelonés y el flamenco lo merecen. A quien corresponda.

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