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Crítica: Chano Domínguez y Javier Colina visitan el Ciclo Jazz del CNDM

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23 de enero de 2017

ENTRE VIEJOS AMIGOS

   Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 19-I-2017. CNDM. Auditorio Nacional de Música. Sala de Cámara. Ciclo Jazz. Chano Domínguez (piano) y Javier Colina (contrabajo). 

   Bill Frisell, el San Francisco Jazz Collective o próximamente Brad Mehldau, Avishai Cohen, Pat Metheny y Joe Lovano. La gran mayoría de los nombres que componen la presente temporada del Ciclo Jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) han tenido, tienen o tendrán apellidos no muy cómodos de pronunciar. Es más, casi todos ellos provienen de un territorio muy concreto: Estados Unidos. No obstante, el pasado jueves (en la que es la tercera cita de un ciclo ya imprescindible en la capital y que se celebró en la Sala de Cámara del Auditorio Nacional) los dos protagonistas, un gaditano y un pamplonica, podían presumir de unos antropónimos más cercanos, más reconocibles, que sonaban más familiares. Para algunos esto también es necesario. Porque el acierto de una programación con afán de servicio público en gran medida reside en que convivan los grandes nombres con figuras de menor proyección o menos conocidas; en que se acojan propuestas más populares con estéticas más minoritarias, vanguardistas o audaces; pero también en que se conjuguen intérpretes internacionales con músicas y músicos de aquí.

   Chano Domínguez y Javier Colina, una estirpe ya solariega y con una amplísima proyección y popularidad, pusieron, asimismo, el acento local del Ciclo Jazz 2016/2017. Ambos pertenecen a esa generación de jazzistas españoles que fueron abriendo el camino a un género sin especial popularidad en nuestro país. Ambos se erigieron en buena parte como responsables de unas maneras que tienen mucho de fundacionales. Ambos fueron precursores, en definitiva, de un jazz en español, de un jazz entendido a la española –de los muchos posibles– cuando en torno a los años ochenta y junto a instrumentistas como Pedro Iturralde, Jorge Pardo o Carles Benavent salieron al encuentro de un lenguaje universal –porque el jazz hace mucho que es una lengua vehicular– tiñéndolo de una expresión local.

   Y a partir de ahí se construyó una tradición, un capítulo distinto de la música española y de la historia del jazz que no se entiende sin nombres como los de Chano Domínguez o Javier Colina, posiblemente quienes se revelaron como los músicos más visibles –que no los únicos– de esa gran generación de pioneros. Chano es posiblemente el pianista de jazz más (re)conocido de España, si bien es cierto que no se prodiga con excesiva frecuencia por aquí. O no lo hace, al menos, en la misma medida que Javier Colina, uno de esos músicos que tienen el don de la ubicuidad y seguramente el contrabajista más solicitado de este país. Por supuesto que con razones.

   Así, el pasado jueves lo que tuvo lugar fue un reencuentro de dos viejos amigos que se sorprendieron manteniendo una conversación que ya había tenido lugar en numerosas ocasiones. Eso sí, casi siempre con la presencia de Guillermo McGill a la batería en ese trío iniciático del jazz moderno en España –con permiso del triunvirato, en este caso fundacional, de Tete, Horacio Fumero y Peer Wyboris–. Pero ahora, uno frente a otro, a dúo, desnudos, emularon aquella aventura que el propio Colina había vivido con Montoliu practicando un diálogo no excesivamente frecuente de piano y contrabajo en un ejercicio de atrevimiento y, en ocasiones, poco agradecido.

   Sin embargo, la vergüenza del desnudo se supera con tiempo y confianza. Chano y Colina han pasado más de la mitad de su vida sobre un escenario y buena parte de ese tiempo lo han hecho juntos. Por eso el pianista conoce que Javier Colina posee una intuición musical extraordinaria por lo natural, por lo innata, porque consigue que parezcan sencillas todas aquellas ideas con las que simplemente tropieza. A su vez, Colina comparte y se reconoce en el pensamiento musical de Chano, que no viene tanto de Debussy o Ravel como de Albéniz o Falla, de sus ritmos, de sus toques, de unas armonías que se extienden pero sin perder su sentido telúrico. Siempre hubo magia entre pianista y contrabajista. Y así, mano a mano repasaron un buen número de obras: unas firmadas por Colina, otras por Chano, algún standard, algún tema de Miles Davis y un merecido homenaje a Paco de Lucía a punto de cumplirse tres años de su desaparición. Todo ello durante hora y media de música en la que Chano y Colina interpretaron su particular Iberia: un homenaje a la tradición de la música española, una decantación de jazz con mucho flamenco, citas cultas y melodías bop con el sello de Thelonius Monk pero pasadas siempre por el tamiz de la guitarra y el cajón.

   No sorprendió que rápidamente se colgara el cartel de entradas agotadas porque cada aparición de estos músicos fundacionales siempre supone un acontecimiento que reclama, por otra parte, a un público altamente heterogéneo. Un público que con su presencia reconoció el mérito de dos figuras que todavía tienen mucho que contar y que celebró calurosamente un reencuentro de dos viejos amigos dispuestos a resumir una generación del jazz en español. Existen y existirán otras, pero ellos abrieron el camino.

Autor:Juan Carlos Justiniano
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