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Crítica: 'Chateau Margaux' y 'La viejecita' de Manuel Fernández Caballero en el Teatro de la Zarzuela

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Autor: Nuria Blanco Álvarez
29 de marzo de 2017

CABALLERO, SOSTÉN DE LA ZARZUELA

   Por Nuria Blanco Álvarez | @miladomusical
Madrid. 25-III-2017. Teatro de la Zarzuela. “Chateau Margaux” y “La viejecita” de Manuel Fernández Caballero y libreto respectivamente de José Jackson Veyán y Miguel Echegaray, en una versión libre de Lluís Pasqual. Jesús Castejón, Ruth Iniesta, Borja Quiza, Ricardo Velásquez, Emilio Sánchez, Miguel Sola, Antonio Torres y Lander Iglesias. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Director Musical: Miquel Ortega. Director de escena: Lluís Pasqual.

   Se han puesto en la escena del Teatro de la Zarzuela dos joyas musicales de Manuel Fernández Caballero, Chateau Margaux y La viejecita, con libreto de José Jackson Veyán y Miguel Echegaray, respectivamente, en una versión libre del propio director de escena, Lluís Pasqual, en una coproducción del Teatro Arriaga de Bilbao, Teatro Campoamor de Oviedo y Festival Grec de Barcelona de 2009. Hace unos días, dábamos cuenta en estas mismas páginas de CODALARIO, de cómo eran originalmente estas dos zarzuelas para poder comprender en su totalidad la versión que ahora nos ofrece el coliseo de la calle Jovellanos y hablábamos de la estrella del estreno de la segunda de ellas allá por 1897, la mezzo Lucrecia Arana, que hacía el papel travestido protagonista de La viejecita, que en esta ocasión lo interpreta el barítono Borja Quiza. Estas funciones están dedicadas precisamente a ella, y es su foto la que ilustra el programa de mano, en el que se ha sustituido su cabeza por un antiguo micrófono de radio. Y es que ahora, la acción se ha trasladado a los años cincuenta del pasado siglo, a los estudios de un programa de radio donde se retransmite en directo el concurso de canciones “Camino a las estrellas”, una excusa para interpretar los distintos números musicales de la zarzuela Chateau Margaux, que en ningún momento se ve escenificada como tal, ni argumentalmente ni teatralmente, tan solo la partitura es la que permanece intacta en la versión de Lluís Pasqual. A pesar de esto, debemos reconocer que la “nueva” obra está muy bien hilada y enlaza de forma muy natural con la segunda de las zarzuelas de la noche, como comentaremos más adelante.

   Un extraordinario Jesús Castejón presenta el programa en el que participa una exultante Ruth Iniesta -Premio Codalario a la Artista Revelación en 2015- que con un enorme desparpajo escénico hace el papel de la andaluza Angelita Vargas, que interpreta en primer lugar el tema Siempre lo decía nuestra directora y que concluye con el famoso Vals de Chateau Margaux, vino patrocinador del concurso en esta adaptación. Iniesta goza de una bonita voz que maneja a su antojo salvo en los agudos, que aún están destemplados, sin encontrar su sitio, sin duda un aspecto que tratará de solventar más pronto que tarde para que no se pueda poner ningún “pero” a su bello instrumento. Dibujó a una andaluza que se movía con gracia y salero por el escenario, especialmente en su dúo con otro de los concursantes, Manuel Fariñas, para el desempate final, Que a mí me ahogan, personaje interpretado por un fantástico Emilio Sánchez que nos deleitó con su vis cómica en este personaje gallego, brillante en su doble papel en el capricho cómico Ay serrana, mi serrana, donde un juego con su corbata nos indicaba el personaje que interpretaba en cada momento pasando constantemente del flamenco a la gallegada en esta brillante pieza quasi bufa del maestro Caballero. Resultaba imposible contener la risa viendo este número. En toda esta inteligente versión sÓlo hay una cosa que no acaba de encajar y es que la protagonista femenina no siempre habla y canta con acento andaluz y resulta confuso para el espectador, cuestión aclarada en la obra original por los efectos del vino en la joven.

   Para otorgar mayor verosimilitud al programa radiofónico, se intercalaron los tradicionales anuncios musicados, que muchos de ustedes recordarán, como Bicarbonato Torres Muñoz, Colonia 1041, Nesquik y, para evitar herir susceptibilidades, también Colacao.

   Sin solución de continuidad, se pasa a la representación de la segunda zarzuela, La viejecita, con la excusa de realizar una radionovela contando esta historia. Poco a poco las intervenciones de los locutores y la escena y el vestuario gris, dejan paso a la aparición de los personajes reales que participan en la obra y el estudio de radio desaparece en un abrir y cerrar de ojos para dejar ver el fastuoso salón de baile, con doble escalera, en el que se desarrolla la acción, creación del escenógrafo Paco Azorín. La escena se llena entonces de color con el vestuario de época de Isidre Prunés, que ya llamó la atención en la primera parte recreando entonces perfectamente el estilo de los años cincuenta. Un golpe maestro de Pasqual que enlaza brillantemente su versión radiofónica con una puesta en escena tradicional para la segunda zarzuela de la noche.

   Sin embargo, la orquesta, situada en el propio escenario, que acompañaba correctamente a los cantantes en el estudio radiofónico, amplía su sonoridad al abrir el espacio escénico en la segunda parte tapando entonces las voces de algunos solistas, especialmente cuando cantaban desde el fondo de las escaleras, e incluso a la parte femenina del propio Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, que además debería haber trabajado más la parte coreográfica. En muchos momentos de la velada los violines de la Orquesta de la Comunidad de Madrid ofrecieron un sonido descuidado, algo imperdonable siendo los titulares de uno de los teatros más importantes de nuestro país. No obstante, la versión del director fue coherente en términos generales y estuvo bien llevada, tanto musicalmente como en su coordinación con los cantantes, algo nada fácil porque tuvo que dirigir de espaldas a ellos. Miquel Ortega es además el responsable de la edición crítica de Chateau Margaux mientras que el profesor Emilio Casares, una eminencia en el mundo de la zarzuela y padre de la musicología en España, se encargó de hacer lo propio con la partitura de La viejecita. Por cierto, es el comisario de una bellísima exposición sobre Barbieri en la Biblioteca Nacional, que no deberían perderse, es de entrada gratuita y permanecerá abierta hasta el 28 de mayo.

   A pesar de ser en términos generales una versión musical correcta, se apreciaron algunos pasajes carentes de la solemnidad que merecían y el número principal de La viejecita, la Canción del espejo, se ejecutó con un tempo demasiado lento, poco apropiado para las cualidades vocales del barítono que tuvo algún problema para mantener el legato en el fraseo, no sólo por la dificultad de un registro que originalmente estaba escrito para una mezzo, sino también por la fatiga propia de tener que recorrer el escenario, subiendo y bajando las largas escaleras una y otra vez y a una velocidad de vértigo. Aun así, Borja Quiza hizo un papel extraordinario como Viejecita,  empleándose a fondo en la parte dramática, que bordó, incluyendo el acento argentino al interpretar a la anciana señora también durante su canción. Licencia que se tomó el director de escena, puesto que en el libreto original se indica que la mujer viene de Méjico, aunque entendemos que puede resultar más sencilla la imitación del acento del país andino que del azteca, especialmente en las partes cantadas. En esta ocasión Ruth Iniesta, en el papel serio de Luisa, estuvo algo más discreta dramáticamente, aunque cierto es que su personaje no daba para mucho más. También llamó la atención el toque gay que se le confirió al tío de Luisa, interpretado con habilidad por el propio Jesús Castejón. Miguel Sola, Antonio Torres y Lander Iglesias estuvieron a la altura de este maravilloso espectáculo, dotando a sus respectivas interpretaciones de gran profesionalidad.

   Para finalizar, se nos vuelve a la realidad radiofónica haciendo que aquella concursante andaluza interprete de nuevo el Vals de Chateau Margaux, como broche al espectáculo que el locutor pasa a despedir nombrando uno a uno a los participantes en el concurso y en la radionovela, oportunidad para aplaudir a los artistas de este magnífico espectáculo. El locutor, Jesús Castejón, resultó ser la estrella de la noche y el que salió en último lugar a recibir sus merecidos aplausos. Llama la atención no obstante, que sea un personaje inventado, que no consta en las obras originales, y además un actor sin participación vocal, el que tuviera el privilegio de salir en último lugar a saludar al respetable, sin menosprecio de que mereciera tal honor por su impecable trabajo. Y también que fuera el barítono el que sacara al escenario al creador de este espectáculo, Lluís Pasqual, en lugar de la tradicional soprano. Hemos asistido a una versión que seguramente gustaría al compositor, Manuel Fernández Caballero, que probablemente aplaudiría desde su habitual sitio junto a la concha del apuntador, donde acostumbraba a marcar el compás con su bastón durante los ensayos, dejando su marca en el suelo. Tenían que cambiar esas tablas constantemente y finalmente el propietario por entonces, Sr. Cicilia, mandó poner en ese lugar una placa de cobre dedicada al músico, que también era empresario del coliseo en esos años, en la que rezaba “A Caballero, sostén de la zarzuela”. Cuando el maestro lo vio, se asegura que dijo sonriendo: “Mil gracias; y después de todo mucha verdad hay en ello, pues cuando no la sostengo con mis obras, la sostengo con mi dinero”. Desgraciadamente la placa fue retirada por orden del nuevo director artístico, tambien compositor, cuando Caballero dejó de ser empresario del Teatro de la Zarzuela, y no estaría de más que volviera a reponerse. Sin duda, el autor lo merece.

Foto: Javier del Real

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